El ferrocarril en la literatura, el cine y las artes plásticas. Por Jordi Font-Agustí.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Los trenes de James Bond
lunes, 3 de diciembre de 2012
Pacific 231 de Jean Mitry
martes, 16 de octubre de 2012
Fernando Pessoa y el ferrocarril
El tren es el mirador para apreciar el paisaje en Alentejo visto de comboio y el medio escogido para un viaje de mucha más trascendencia en Víspera de viaje.
¡No me avisen con excesiva estridencia!
Quiero disfrutar del reposo de la estación del alma que tengo
antes de ver avanzar hacia mí la llegada de hierro
del tren definitivo,
antes de sentir la partida verdadera en la boca del estómago,
antes de poner en el estribo un pie
que nunca aprendió a no emocionarse siempre que tuvo que partir.
miércoles, 3 de octubre de 2012
¿Homenaje o plagio?
En ocasiones nos divierte ver películas de segundo o tercer orden para descubrir agujeros en el guión, encontrar gazapos de montaje, reírnos con las situaciones inverosímiles o detectar plagios. Todo esto se puede hacer con el telefilme Evasive Action (1998, Evasión sin límite). Su argumento no es muy original: un grupo de convictos peligrosos transportados por ferrocarril escapan del coche de transporte de presos, se apoderan del tren, toman rehenes y luchan contra la policía que…
domingo, 16 de septiembre de 2012
El exprimido tren expreso de Campoamor
lunes, 6 de agosto de 2012
El corredor mediterráneo en once cuadros
sábado, 30 de junio de 2012
La partida del tren, de Clarice Lispector (1920 – 1977)
viernes, 8 de junio de 2012
Portadas con vías
viernes, 1 de junio de 2012
50 elementos de arquitectura e ingeniería ferroviarias
martes, 22 de mayo de 2012
Yo serví al rey de Inglaterra
sábado, 12 de mayo de 2012
La escondida (1955)
jueves, 3 de mayo de 2012
El tren fantasma (México 1926)
martes, 17 de abril de 2012
El pintor británico Terence Cuneo (1907- 1996)




lunes, 9 de abril de 2012
Cubiertas con trenes I
Los trenes industriales de Sheeler
jueves, 29 de marzo de 2012
El tren para primero

El tren pasa primero (2005) de Elena Poniatowska es una novela centrada en la vida de un líder sindical ferroviario mejicano del siglo pasado. La historia sigue con rigor los hechos históricos: la huelga de 1958, la represión del gobierno, el encarcelamiento de los líderes y su liberación diez años después. La novela es desigual, en los primeros capítulos se narra el trabajo ferroviario, la acción de los sindicatos, sus enfrentamientos con la dirección de la compañía o los intentos de control de la huelga por los partidos; después la novela se centra en los años de prisión y, en la tercera parte, se extravía en los orígenes del protagonista y su vida personal.
Las descripciones del mundo ferroviario son magníficas: el trabajo de los carrileros, la actividad en la estación, los corridos de tema ferrocarrilero, el cambio del vapor al diesel, el afecto de los empleados por sus locomotoras, la mirada de los niños sobre los trenes. Cuando la huelga toma cuerpo, se pone de manifiesto cómo el ferrocarril es la espina dorsal de la economía del país. De los muchos fragmentos interesantes desde la óptica de la afición ferroviaria, quizá el más entrañable sea el que describe, con ecos a pasajes semejantes de Zola y Platonov, la relación entre ferroviarios y locomotoras:
Muy pronto Saturnino aprendió que ninguna locomotora era igual a otra. Cuando vio entrar a la Niágara se le detuvo el corazón. A lo largo de sus trayectos aprendió que había que cuidar la máquina porque era aún más compleja que un ser humano, por eso cada una tenía su tripulación que la conocía mejor que a la mujer amada. “¿Sientes aquí? ¿Eso te gusta más? Dímelo por favor.” Los ferrocarrileros enamoraban a su locomotora.
miércoles, 21 de marzo de 2012
P. D. James, amante del ferrocarril

Entre agosto de 1997 y agosto de 1998, la escritora de novela negra británica P. D. James llevó un dietario que publicó en 1999 con el título de Time to Be in Earnest y que fue traducida en español como La hora de la verdad. En realidad se trata también de unas memorias porque, al hilo de los lugares que visita o las personas con las que habla, rememora su vida. En esos años, la novelista realizaba numerosos viajes para promocionar sus novelas y dar conferencias, y siempre que podía, viajaba en tren.
La primera de las entradas del dietario, está escrita en un tren y, en varias de ellas, describe con una literatura llena de referentes pictóricos el paisaje por el que viaja.
Domingo 3 de agosto
Escribo esto sentada en un compartimiento casi vacío de primera clase del tren de las tres treinta y dos que va de Newton Abbot a Paddington, mientras contemplo el paisaje rojizo de Devon, ahora tan borroso que parece desleírse en la lluvia; incluso el trecho costero de Dawlish y Teignmouth, que con tanta ilusión aguardaba, ha perdido su magia habitual.
Jueves, 2 de abril
La primera parte de este viaje (Edimburgo – Londres) es la más emocionante: costa escarpada antes y después de Berrwick, el mar embravecido salpicando rocas irregulares, y el primer tojo, de un amarillo brillante, en los promontorios. Después el río Tweed, fluyendo bajo el Ultimo puente para unirse al mar en Berrwick. Ahora estamos en un país mas calmo y el tiempo ha cambiado, de gris a lluvioso; gotas de lluvia, como renacuajos plateados, serpentean por los cristales. El norte parece pintado al óleo en tonos oscuros y con trazo vigoroso; el sur, a la acuarela. Ahora, sin embargo, el paisaje borroso parece una pintura puntillista, con los campos apenas garabateados por el amarillo limón de la colza.
Demuestra tener un buen conocimiento de este medio de transporte en Inglaterra, no en vano era el que articulaba el territorio durante los años de la infancia y primera juventud de la autora, pero ella demuestra tener un interés y atención especiales sobre él, que incluyen un buen conocimiento de la red y criterio sobre la transformación de las estaciones.
Lunes, 18 de agosto
Hoy he ido a Cambridge en el tren de las diez y media que sale de King's Cross. El viaje ha durado menos de una hora. Actualmente, el servicio a Cambridge es muy rápido y cómodo. Cuando era niña, los trenes rápidos iban siempre a Liverpool Street y los lentos a King's Cross, pero ahora sucede justo lo contrario. Para mí, la vieja estación de Liverpool Street era el pórtico de Londres, una terminal emocionante y romántica.
Domingo, 14 de septiembre
El viernes fui a Southwold con una amiga de Orlord, la novelista Ann Pilling. Ella no tenía coche, de modo que vino muy temprano en autobús y tomamos un taxi hasta Liverpool Street. Era la primera vez que Ann veía la estación restaurada. A mí, desde el punto de vista arquitectónico, me parece una de las más logradas de Londres. Me encanta el meticuloso enladrillado y el modo en que han conservado y reparado los grandes arcos de hierro. Recuerdo la Liverpool Street de mi infancia: llena de humo, misteriosa, emocionante. Para mi, representaba Londres y todo lo que ese mundo tenía de aventura, historia, diversión y cierto aire de peligro.
Avanzándose a una medida que años más tarde pondrían en vigor la mayoría de operadores, reivindicó el poder viajar en silencio, sin la tortura de los móviles o los auriculares.
Jueves, 2 de abrilEscribo esto en el tren de Edimburgo a King's Cross, tras mi charla para la Scottish Medico- Leegal Society. El vagón va casi vacío y estoy disfrutando de lo que más me gusta, un viaje tranquilo e ininterrumpido. En York subió un hombre y de inmediato se puso a hablar por su teléfono móvil. Sentí un miedo terrible a que la paz se hubiera acabado, pero sólo hizo una llamada. Estaría bien que hubiera vagones aparte para las personas que quieren hacer negocios a viva voz durante el viaje, pero no estoy a favor de aumentar el número de prohibiciones. Quizá seria mejor poner carteles pidiendo a la gente que sólo usen sus teléfonos móviles en el pasillo o entre compartimientos. Eso transmitiría el mensaje de que no se trata de una práctica bien vista.
Descubrimos, finalmente, que este afecto de P. D. James por el ferrocarril arranca en su niñez y que también ella vincula ferrocarril con oportunidad de aventura.
Domingo, 12 de julio
A casa de mi nieta Eleanor y su pareja, Scott, para tomar el te y ver su piso de West Hampstead. Es pequeño pero encantador; la luz entra a raudales por los ventanales y el tragaluz, y hay una terraza que han convertido en un pequeño jardín. Da a la estación, pero nunca me ha molestado el sonido de los trenes al pasar. Cuando de niña vivía en The Woodlands, en las afueras de Ludlow, desde la cama oía pasar los trenes más allá de los campos, un sonido confortador y emocionante al mismo tiempo, que contenía la promesa de viajes imaginados. En nuestros paseos dominicales de la infancia corríamos campo a través al menor indicio de que un tren se aproximaba, nos encaramábamos a la tapia y saludábamos al maquinista y al fogonero. En todas las ocasiones nos devolvían el saludo. Si teníamos suerte, el fogonero estaba echando carbón a la caldera y atisbábamos el corazón en llamas del monstruo.
(Se ha utilizado la traducción de Victoria Simó para Ediciones B, S.A., publica en 2002 en Suma de Letras, S.L.)domingo, 11 de marzo de 2012
Jean Giraud, Moebius.

lunes, 5 de marzo de 2012
8 de marzo

sábado, 18 de febrero de 2012
El tren en la pantalla... de 1942
El semanario español de cinematografía Primer Plano, editado por el Departamento de Cine de la Vicesecretaría de Educación Popular, en su número 80 (Año III) del 26 de abril de 1942, publicó una doble página titulada El tren en la pantalla. Sorprende que, lo que a primera vista parece un texto pensado para completar cuatro fotografías supuestamente tomadas al azar, contiene los temas que habitualmente se utilizan como ejes en los ensayos sobre cine y ferrocarril: el paralelismo entre la proyección y el tren en movimiento, el hecho de que las primeras cintas captaran trenes, la consideración del tren como contenedor de la escena y la gradación de sus usos en las películas, desde “tema esencial” a “leve capricho ornamental” pasando por las películas con “escenas tremendas”, “planos plácidos” o “trucos deliciosos”.
Las cuatro fotografías (mal numeras, por cierto) corresponden a Señales de alarma (¡?), Kongo Express (1939, Kongo exprés) dirigida por Eduard von Borsody, Un marido barato (1941) de Armando Vidal y Sarasate (1941) de Richard Busch, que en aquel momento todavía no se había estrenado en España.
El artículo lo firma Fernando Castán Palomares (1898 – 1963), un aragonés que fue periodista, realizador cinematográfico, crítico taurino y autor de libros sobre cine.
martes, 7 de febrero de 2012
Bicentenario del nacimiento de Charles Dickens

La obra de Charles Dickens (1812 – 1870) ha contribuido a conformar la imagen que tenemos ahora de la Inglaterra victoriana, un paisaje literario que incluye la expansión del ferrocarril. En Dumbey and Son (1848, Dumbey e hijo), la familia protagonista está relacionada con el negocio ferroviario y, cuando describe la irrupción en Londres de la trinchera entre Camden Town y la estación de Euston, el novelista utiliza frases cortas y expresiones que percuten en el lector como las herramientas que abren la zanja:
Se aleja con un chillido, un aullido, un ruido metálico, excavando su guarida entre los hogares de los hombres, zumbando por las calles, iluminando los prados por un momento, horadando la tierra húmeda, bramando en la oscuridad y el aire espeso, con un chillido, un aullido, un ruido metálico, a través de los campos, a través de los cereales, a través de la paja, a través del forraje, a través de la arcilla, a través de la roca, entre los objetos próximos, casi a tocar de la mano, siempre alejándose volando del viajero, a una distancia engañosa siempre moviéndose en su interior, como si siguiera los pasos del despiadado monstruo: la muerte.
La novela Hard Times (1854, Tiempos difíciles), repleta de referencias a la industrialización, tiene el ferrocarril de fondo. El guardavías (1866) es un relato de fantasmas ambientado en la caseta de señales de la boca de un túnel. En el relato Mugby Junction (1866) se describe el ferrocarril como un fenómeno colectivo que envuelve a hombres y a máquinas.
Entonces se oyó un lejano tañido de campanas y resoplido de silbatos. Después, cabezas de hombres cómo muñequitos asomándose a las ventanas y escondiéndose otra vez. Después, prodigiosas hoces de vapor comenzaron a afeitar la atmósfera. Después, algunas locomotoras comenzaron a dar alaridos y a moverse en diversas direcciones. Después, llegó un tren. Después, se vieron venir dos trenes más, pera se detuvieron antes de entrar. Después, el tren se dividió en trozos. Después, locomotoras de maniobra los movieron. Después, las locomotoras unieron los trozos de tren y se marcharon con el tren entero.
Se ha aducido en múltiples ocasiones que Dickens no veía el tren con buenos ojos, pero quizá sea más exacto considerar que, en su mirada crítica sobre los efectos no agradables de la industrialización, lo utilizó como símbolo de la desaparición de la Inglaterra idílica de su infancia.
[Ilustración: Scharf, George - The Birmingham Railroad in Progres on the Hampstead Road (1836)]
domingo, 5 de febrero de 2012
Streamline Express (1935, El expreso aerodinámico)
De las películas que se citan en Al hilo de febrero, la menos conocida es Streamline Express (1935, El expreso aerodinámico). Un año antes, el M-10000 de la Union Pacific y el Zephyr de la Burlington habían hecho su aparición triunfal en la red ferroviaria estadounidense, y ambos trenes se habían convertido en estrellas de la pantalla. Streamline Express fue, pues, una secuela de The Silver Streak (El rayo de plata) y de Twentieth Century (La comedia de la vida). Mientras en las dos películas de 1934 los trenes protagonistas eran reales, en la de 1935 ni siquiera se utilizaron. Un decorado fantasioso y futurista fue suficiente para contener la acción. Los fotogramas que se reproducen, que corresponden a la escena de la inauguración, al interior del tren y a una circulación nocturna, no necesitan mayor comentario.
jueves, 26 de enero de 2012
Andréi Platonov y el ferrocarril

Al día siguiente Zajar Pávlovich acudió al depósito. El maquinista-maestro, un viejecito que desconfiaba de las personas vivas, estuvo observándole durante largo rato. Amaba las locomotoras con tanta pasión y celo que sentía pavor al verlas en marcha. Si estuviera en su poder daría descanso eterno a todas las locomotoras para que no las estropearan las bastas manos de gente ignorante. Opinaba que las personas eran muchas, y las máquinas pocas; que las personas eran seres humanos vivos que podían defenderse por sí mismos, mientras que las máquinas eran seres delicados, indefensos y quebradizos; y que para llevarlas como es preciso había que abandonar a la esposa, quitarse de la cabeza todas las preocupaciones y mojar el pan en oleonafta: sólo entonces podía permitirse que un hombre se acercara a las máquinas, y eso tras diez años de paciente espera!
En este otro fragmento, Platonov avanza la visión que tendrán los antropólogos de la segunda mitad del siglo XX sobre la vinculación entre tecnología y humanidad.
–¡Fíjate en los pájaros! [dijo el maestro maquinista] ¡Son preciosos, pero como no trabajan no queda nada tras ellos! ¿Has visto algo hecho por pájaros? ¡Absolutamente nada! Bueno, algo hacen para conseguir alimentos y cobijo. Pero, ¿dónde están sus productos instrumentales? ¿Dónde el ángulo de avance de sus vidas? No lo tienen, ni lo pueden tener.
–¿Y el hombre? –preguntó Zajar Pávlovich, que no acababa de entender al maestro.
–¡El hombre tiene las máquinas! ¿Comprendes? El hombre es el principio de todo mecanismo, mientras que los pájaros son el final de sí mismos.