domingo, 7 de junio de 2026

La humildad de las guardesas y los guardabarreras (y II)

El oficio de guardabarreras desapareció oficialmente en España en 2012, pero ya desde bastantes años antes se fueron instalando barreras automáticas accionadas desde el control centralizado de tránsito. A medida que iban desapareciendo, en toda Europa, fueron apareciendo pinturas, textos y películas que hablaban de ellos con nostalgia.

Julio Llamazares, incluyó el relato Paso a nivel sin barreras en el volumen En mitad de ninguna parte (1995). Un guardabarreras sigue acudiendo a su puesto de trabajo a pesar de que la compañía ha cerrado la línea. Siguiendo el último horario de trenes, cierra puntualmente las barreras, pero a medida que pasa el tiempo, va aumentando la frecuencia de las circulaciones. Su actitud recalcitrante, que él vive como una resistencia vital, vuelve locos a los viajeros que circulan por la carretera y a toda la cadena de mando de la compañía. La empresa quita las barreras, pero el guardabarreras jubilado sigue deteniendo los vehículos con su bandera y aumentando las frecuencias de paso. Cuando la guardia civil, después de intentar razonar con él, amenaza con detenerlo, roba una locomotora y se suicida. Así arranca el relato:

–Lo siento.

Dijo lo siento como podía haber dicho cualquier otra cosa, me da igual, o hasta luego, por ejemplo. El jefe de la línea dijo lo siento y a continuación se subió al coche y desapareció por la carretera sin detenerse siquiera, al cruzar la vía, para mirarle por última vez.

Nocedo le vio alejarse, esperó a que se perdiera tras la curva y, luego, entró en la caseta como durante veinte años había venido haciendo después del paso de cada tren. Incluso llevaba la bandera y la gorra bajo el brazo, como en los viejos tiempos.

Hacía veinte años que trabajaba en el ferrocarril, los veinte en el mismo sitio: aquel paso a nivel perdido en medio del páramo por el que el tren hullero atravesaba la carretera de Santander. Aunque los veinte anteriores también los había pasado allí. Antes que él, su padre había ocupado el puesto.

Cuando su padre se jubiló Nocedo cogió el relevo. El sueldo no era gran cosa, pero tampoco había mucho donde elegir y, además, el trabajo no era duro. Aunque sí de responsabilidad. Y sujeto. Había que estar atento al paso de cada tren para bajar e izar las barreras. Entonces, cuando él empezó, había trenes cada hora (era la época del esplendor de las minas y todavía había gente en los pueblos) y tenía que estar todo el día pendiente del reloj. Cualquier descuido suyo hubiese provocado un accidente.

Radicalmente diferente es la tozudez de la guardabarreras que aparece en la película Guantanamera (1995) de los directores cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. En ella se  incluye una divertida escena que transcurre alrededor de una caseta de guardabarreras entre Camagüey y Santo Espíritu. A pesar de que no hay anunciada ninguna circulación de trenes, la “guardiavía” (así se la denomina) baja la barrera cuando ve acercarse el camión de uno de sus amantes. Mientras lo retiene en el interior de la caseta para pedirle explicaciones por sus pocas visitas, llega al paso a nivel el coche en el que viaja la mujer que el camionero quiere conquistar para casarse; y para completar el cuadro, un convoy de mercancías que debería pasar de largo, se detiene porque el maquinista también tiene amores con la guardabarreras.



Le président et la garde barrière (1997, El presidente y la guardabarrera) es un telefilme dirigido por Jean-Dominique de La Rochefoucauld basado en un hecho real sucedido en 1920.

El presidente de la república francesa Paul Deschanel, que está viajando en tren y ha tomado somníferos para poder dormir, cae accidentalmente por la ventana de su compartimento. Camina de noche siguiendo las vías hasta llegar a  la caseta del paso a nivel de Mignières-Gondreville. Allí trabaja Marie, una ex monja y enfermera en el frente, convertida en guardabarreras tras la muerte de su prometido en la guerra. Marie está dolida con su novio “por dejarla” y desea conocer a otro hombre. Reza a Bernadette Soubirous con esta intención cuando el presidente llega a su caseta. Durante su febril delirio, el presidente le dice a la guardabarrera que es traicionado por su asesor, el barón Hubert, un espía al servicio de Alemania que utiliza al presidente para romper las relaciones diplomáticas entre Francia y Gran Bretaña. A Paul Deschanel le gusta la pequeña y sencilla casa de Marie y le habla de arqueología, su pasión. Policías y ferroviarios buscan al Presidente a bordo de una dresina hasta encontrarlo. Su rival político, Georges Clemenceau, aprovecha este incidente para ridiculizarlo en la prensa y la guardabarrera deja su trabajo y se va a París para reunirse con Paul Deschanel y defenderlo. Pero este incidente acabará con su carrera política.

En 2019 se realizó un cortometraje con el mismo tema y título dirigido por Jean-Marc Peyrefitte.

Seguimos en Francia. La novela gráfica de Bruno Heitz Les fantomes du garde-barriére (1999, Los fantasmas del guardabarrera) tiene por protagonista un tendero que también hace de detective privado. En esta entrega, el tendero investiga la muerte bajo la apariencia de suicidio de Toto el Cojo, guardabarreras en la línea férrea París-Morneville. Con toques de humor negro, la acción transcurre en la Francia rural.

El novelista siciliano Andrea Camilleri publicó en 2008 Il casellante (El guardabarrera), una obra ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial con referencias al mito clásico de Dafne. El guardabarrera Nino y su mujer Minica ocupan la caseta de un paso a nivel en un paisaje árido y solitario frente el mar. La violencia de la guerra y del fascismo provoca la pérdida del hijo que están esperando. Entonces, Minica sufre una metamorfosis, como Dafne, y una quimera vegetal le hace creer que puede convertirse en árbol, echar raíces y dar frutos. Su marido, enamorado y solícito, la secunda con la esperanza de que ese hijo llegue a pesar del entorno hostil. Estos son los primeros compases de la novela:

El tren de vía estrecha que partía despacio de Vigàta-Cannelle a Castellovitrano, último pueblo servido por la línea, tardaba más o menos medio día en llegar a destino, dado que las paradas previstas eran casi veinte, sin contar las imprevistas debidas a atravesamientos de rebaños de cabras y ovejas, o a alguna vaca a la que se le ocurría dormirse entre los rieles.

[…]

Eran lentísimos. Hasta tal punto que en verano, antes de que las locomotoras tomaran la cuesta en las cercanías de la Scala dei Turchi, a menudo los pasajeros más jóvenes tenían tiempo de desvestirse —llevaban el bañador en vez de los calzoncillos—, tomar un baño rápido en el mar, coger nuevamente el tren, que aún se afanaba, jadeando, en mitad de la subida, y tumbarse a secar en la galería.

Es en este contexto ferroviario que trabaja el guardabarreras protagonista:

Las casetas parecían cortadas con el mismo patrón. Pintadas de amarillo, eran de una planta. Abajo estaba el comedor, la cocina y el retrete. Además de la puerta de entrada, había una ventana lateral. Una escalera llevaba a la planta superior, donde estaban el dormitorio y un cuartito. La ventana de esta habitación estaba en perpendicular sobre la puerta de entrada. Al lado de cada caseta había una especie de trastero en mampostería para guardar los equipos de mantenimiento.

En marzo de 1942 llegó a la caseta Nino Zarcuto, treintañero, guapo, alto, pelo y ojos negros como el inca, que ya no podía hacer de maniobrista porque al enganchar dos coches se había cogido la mano izquierda entre los topes, perdiendo el anular y el meñique. Por la misma razón no había podido partir como soldado a la guerra.

Muchos de los escritores actuales, con su mirada nostálgica o de rememoración del pasado, evocan el final de la profesión. Jesús Carrasco, en su novela Intemperie (2013), asocia la desaparición de un puesto de guardagujas con el final de la vida en un pueblo a causa de la sequía:

Antes de la sequía, el padre atendía la barrera y se encargaba de asistir al jefe de estación en los cambios de vías. Cuatro veces al día accionaba el mecanismo que hacía bajar el madero al tiempo que tañía una campana de mano. Algunos camiones paraban sus motores y los conductores se bajaban y liaban sus cigarros mientras veían pasar lentamente los convoyes en dirección al mar. Eran tiempos en los que los mercancías llegaban vacíos y se marchaban cargados con la avena, el trigo y la cebada del silo. Luego llegó la sequía y las llanuras languidecieron hasta morir. Dejó de crecer el grano y la compañía de ferrocarriles desguazó los vagones o los dejó varados. Cerraron la estación y destinaron al jefe a un puesto más al este. En un año se marcharon más de la mitad de las familias. Aguantaron los pocos que tenían pozos profundos, los que habían hecho dinero con el cereal y algunos que no tenían ni una cosa ni la otra, pero que se sometieron a las nuevas reglas de la tierra seca. Su familia no tenía pozo ni fortuna, pero se quedó.

El tema sigue inspirando, como es el caso de Josep Molet Rosell y su novela La guardesa (2022). La protagonista narra en primera persona qué le ha llevado a anunciar en la prensa que se suicidará tirándose al tren en su paso a nivel si no ocurre un hecho determinado. La novela es un thriller inverosímil en cuenta atrás coprotagonizado por una periodista que intenta desentrañar el misterio y salvar la vida de la guardesa. Desde los primeros compases, usando los tópicos al uso, el autor intenta reflejar la soledad, la rutina y la dureza de la profesión. Dice la protagonista de su madre, también guardesa, que la abandonó de pequeña:

Lo que no soportó, pienso yo, era tener que pasar los días enteros encerrados en el interior de esta pequeña caseta de madera esperando atenta para advertir la llegada del tren en la lejanía y cerrar el paso con las cadenas a los vehículos y carruajes. [sic]


Los guardabarreras no han escapado a las burlas y las críticas de los dibujantes. El ilustrador victoriano Thomas Crane publicó la ilustración Train Gatekeeper in Northern France (c. 1850, Guardabarrera en el norte de Francia) acompañando un poema en el que se explica que la mujer ha de cerrar la barrera y atender el paso del tren con la bandera y la corneta porque su marido es un holgazán que no atiende sus obligaciones. Es la ilustración que encabeza esta entrada.

La litografía de Henri-Georges Meunier de principios del siglo XX nos muestra, aparentemente, un guardabarrera distraído o perezoso, pero, en realidad es una sátira a las insensatas exigencias de los automovilistas que participaban en las carreras entre ciudades que empezaron a popularizarse en aquella época.

En la postal de 1936, bajo el título Le devoir, vemos a un guardabarreras muy celoso de su cometido, pues le dice a los campesinos: «Je suis le gardien de “ces rails” et je n’ouvre qu’aux coupés.» («Yo soy el guardián de estos railes y sólo abro a las calesas.») El juego de palabras está en que “ces rails” suena como “serail” (serrallo o harén); “coupés” (cortados) se refiere a los eunucos.

Cuatro años antes se había estrenado en Madrid la revista musical La pipa de oro, con música de Ernesto Pérez y Manuel Martínez y texto de Enrique Paradas y Joaquín Jiménez, que contenía el pasacalle La guardabarrera cuya letra está impregnada del feminismo incipiente que era muy común en este tipo de canciones.

Yo soy la guardabarrera
tengo mi paso a nivel,
la que pone la cadena
cuando va a pasar el tren.

Me pretendió un maquinista
y me buscó un guardafrenos,
y hoy me quiere un guardagujas
y me adora un fogonero.

No me asusta ningún hombre,
pues los conozco muy bien
y por eso a todos ellos
los comparo con el tren. ¡Ah!

Hay hombres que son correos,
expresos y mercancías,
y hay algunos que son cortos
como los trenes tranvías.

[…]

miércoles, 6 de mayo de 2026

La humildad de las guardesas y los guardabarreras (I)

 

¿Guardesas o guardabarreras? Si la palabra guardabarreras es invariable y tanto sirve para designar a un hombre como a una mujer que ejerza este empleo ¿por qué en el vocabulario ferroviario existe esta distinción? El motivo hay que buscarlo en el siglo XIX cuando el estado obligó a las compañías ferroviarias a poner vigilancia en los pasos a nivel y éstas, para ahorrarse dinero, decidieron asignar esta tarea a mujeres de empleados que vivieran en casetas adyacentes a las barreras. Esto les permitió pagarles un salario muy inferior al de los hombres que ejercían la misma función. Denominarlas guardesas y no guardabarreras fue una manera de reflejar la discriminación en el lenguaje (*).

La ilustración que encabeza esta entrada la publicó Juan Martínez Abades en la revista Blanco y Negro nº 634 (1903) y deja testimonio del trabajo de las guardesas. La imagen, idealizada, muestra su uniforme consistente en un delantal azul con franja carmesí, un pañuelo de cabeza en invierno y un sombrero de paja en verano.

La revista Le Petit Journal dejó testimonio de que la contratación de mujeres para hacer la función de guardesas no fue una exclusiva de las compañías ferroviarias españolas. La ilustración de la portada del 14 de febrero de 1909, con la leyenda «Una guardabarrera víctima de su dedicación», muestra a una guardesa que se pone en peligro para intentar salvar a un anciano imprudente. El suplemento literario de Le Petit Journal de la misma fecha, publicaba la misma escena en portada y, en el interior, reseñaba lo siguiente:

Un terrible accidente acaba de ocurrir en el paso del tren rápido "Cote d'Azur", calle de la Industria, a Saint-Fons, donde la carretera se cruza con la vía. Un anciano, Dominique Daurnl, de 93 años, aunque la barrera cerrada indicando que un tren estaba cerca, cometió la imprudencia de entrar en el doble vía pasando por el pabellón reservado a los peatones. Estaba en medio de la vía, cuando apareció, a menos de 800 metros, el "Cote d'Azur", a la velocidad de cien por hora. Daurat, que era duro de oídos, ni siquiera vio venir la muerte, pero la guardabarrera, Madame Clément, no pudo, a pesar del peligro, evitar ir en ayuda del nonagenario. ¡Ay! Heroísmo vano. El rebufo del  "Cote d'Azur " truncó dos vidas. El rápido, por así decirlo, había atrapado a la guardabarrera y al nonagenario que fueron encontrados en pedazos. La señora Clément, de 52 años, había ocupado el cargo en el que perdió la vida durante veintiún años. Varias veces había dado pruebas de gran coraje y arrebatado los imprudentes a la muerte. La mujer fue víctima de su dedicación.

La de guardabarrera era una tarea esclava y solitaria, con baja remuneración, aunque no de baja responsabilidad. La responsabilidad es precisamente lo que pesa sobre el ferroviario de la portada de la revista En Patufet del 30 de octubre de 1920 realizada por Joan García Junceda. Mientras arrastra la cadena, el hombre dice: «Ya lo veo, tengo cadena para toda la vida; y si me distraigo y pasa alguna desgracia, cadena perpetua.» Junceda por estos años ya realizaba un dibujo muy esquemático que resaltaba los aspectos más costumbristas y el trasfondo social de las situaciones que representaba. La composición del dibujo se centra en el espacio vacío en el que se cruzan la vía del tren y el camino, y a su alrededor se desgranan el resto de los elementos: la caseta humilde, pero con las flores trepando por ella para darle un poco de vida, la guardesa en segundo término con el banderín, la escasez del sueldo representado por las alpargatas y el parche en el pantalón, y el gesto del guardabarrera que transmite rutina y cansancio.

La revista Lecturas publicó en 1921 el relato El guardabarrera (c. 1900) de François Coppée, un autor de poemas y relatos de tema popular y sentimental muy leído en Francia. Las ilustraciones llevan la firma Calderé. Narra como el tren en el que viaja la reina de Bohemia se ve detenido por la nieve acumulada en la vía. La soberana va París a visitar a su madre para llorar sobre sus hombros sus penas de amor, pues ha descubierto que su marido, el rey, tiene como amante a la primera danzarina del teatro de Praga y que había tenido tres hijos con la condesa que le había adjudicado como primera dama de honor. La reina tiene un hijo, pero lo mira con desapego a causa de los engaños del rey y cada vez son más frecuentes sus viajes en solitario fuera de Praga. Detenido el tren, la reina y sus dos acompañantes se refugian en la caseta de un humilde guardabarrera. El hombre tiene una hija de tres años, cuya madre los ha abandonado, que se niega a dejar en manos de terceros y cuida con esmero a pesar de su esclavo trabajo. Le cuenta a la reina que:

–Por la noche no tengo más remedio que dejarla ahí, chillando y llorando, cuando oigo silbar el tren. De día, en cambio, la llevo conmigo, y es muy valiente la pequeñina; no le tiene miedo al ferrocarril... Mire usted: ayer la tenía sobre el brazo izquierdo, mientras con la mano derecha presentaba mi banderín; pues bien: ni siquiera se estremeció al paso del rápido...

La reina se enternece y toma en brazos a la criatura. «¿Se sabrá nunca lo que pensó la joven Reina de Bohemia en aquella noche de invierno en que acunó durante una hora a la hija de un pobre guardabarrera?». La línea queda expedita y el tren retoma la marcha, pero antes de subir a su compartimento, la reina deja «sobre la cuna de la pequeña Cecilia su portamonedas lleno de oro y el ramito de violetas que llevaba a la cintura.» Transformada por la experiencia, «su Majestad no ha pasado más que dos días en París. Ha regresado enseguida a Praga, de donde ya no se ausenta nunca y donde se consagra por entero a la educación de su hijo. Si todavía hay reyes en Europa cuando el pequeño Wladislas sea hombre, será el que no ha sido su padre: un buen rey. A los cinco años es ya popular, y cuando viaja con su madre en esos vagones ferroviarios de Bohemia, que marchan como coches de plaza, al ver por la ventanilla del coche-salón a un guardabarrera que lleva un crío al brazo y que presenta con el otro su banderita, el augusto niño, al que su madre hace una seña, le envía siempre un beso.»

A juzgar por la obras plásticas de Georg Scholz, de Wada Sanzo, de Josep Subirats y de Ramon Calsina, diríase que el de guardabarreras es un oficio tedioso.

Georg Scholz, expresionista alemán adscrito a la corriente de la nueva objetividad, pintó en 1924 el óleo La caseta del guardabarreras, en el que la actitud del ferroviario es fiel reflejo de las esperas largas y vacías hasta la llegada del siguiente tren.

El que dibujó el japonés Wada Sanzo en 1940 tiene un aire entre aburrido y fatigado, se apoya en la barrera mientras sostiene la bandera y no presta ninguna atención a los que esperan que la levante.

En 1950 Josep Subirats, en el dibujo Pas a nivel (Paso a nivel) hecho en el barrio de Poblenou de Barcelona cuando aun pasaba por allí la línea de Barcelona a Mataró, incluye un guardabarreras, caracterizado por la gorra y el banderín, que expresa los tiempos muertos de su trabajo. Destaca la voluntad del autor de dar rigor técnico al dibujo de la catenaria y del mecanismo de contrapeso de la barrera.

Ramón Calsina, en su dibujo El guardabarrera (1956), contenido en el libro Treinta litografías de Ramon Calsina comentadas por el propio artista, da una visión más amable del trabajo, aunque al ferroviario, comenta Calsina, «la intemperie y el tiempo lo han asimilado al tono polvoriento e indefinido de la caseta. Cuando pasan los trenes, el gran estrépito de hierro desgarra el silencio somnoliento, y lo saludan.»

Si comparamos estos cuadros con el trabajo que han realizado algunos fotógrafos, encontraremos en estos últimos una mayor voluntad de ser testimonio gráfico de la naturaleza del trabajo.

El fotógrafo badalonés Josep Cortinas, que se significó por su fotografía costumbrista y social, realizó una serie sobre el ferrocarril en su ciudad que incluye una instantánea de un guardabarreras en pleno esfuerzo para arrastrar la barrera.

Javier Cejuela Nieto, que fue presidente de la Asociación Navarra de Amigos del Ferrocarril y fotógrafo amateur, captó el trabajo de un guardabarrera, pero también las condiciones lamentables de su caseta.

Merecen una mención especial las fotografías que, en los años 60 del siglo pasado, realizó Fernando Monllor Lillo de Aurora Lillo Monllor, guardesa de Renfe en Sant Vicent del Raspeig (Alicante). La serie, de una treintena larga de instantáneas, nos muestra a la ferroviaria en su caseta y las visitas que le realizaba su familia.

La película Grandes amigos (1966) de Luis Lucia, que va de un chaval que encuentra una imagen de un niño Jesús en una cueva y lo visita para pedirle milagros, contiene una escena que ilustra el trabajo de una guardesa. El tren se acerca, la guardesa que es la madre viuda del niño, acciona la manivela, la campanilla repica  y las barreras bajan, un coche por un lado y tres campesinos en burro por otro se detienen sin prisa, con ganas de ver pasar el convoy. El fogonero le da un balón al maquinista para que se lo lance al hijo de la guardesa. Todos se conocen por los nombres de pila, se saludan, ríen y la vida continua. Ninguna referencia a la discriminación salarial de las guardesas respecto a los guardabarreras.

(*) Véase: Ballesteros Doncel, Esmeralda (2003) La construcción del empleo ferroviario como una profesión masculina, 1857-1962. En ¿Privilegios o eficiencia? Mujeres y hombres en los mercados de trabajo. Universidad de Alicante, Alicante.

lunes, 6 de abril de 2026

El gesto de los guardagujas

En la producción pictórica y literaria, la imagen y las descripciones de los guardavías y de los guardagujas a menudo se confunden. En ocasiones, incluso los guardabarreras parecen confundirse con ellos. El motivo es doble, por un lado, estas tareas han evolucionado con el ferrocarril y, en muchas ocasiones, un empleado podía desempeñar diversas funciones a la vez; por otro, en las obras de algunos artistas es difícil distinguir cuál de los oficios quería representar.


En ilustraciones tan tempranas como London & Birmingham Railway Engine House (1836), al representar el depósito de locomotoras, John C. Bourne no dejó de representar un guardagujas a la salida del edificio. Bourne había recibido el encargo de la compañía ferroviaria de documentar el progreso de las obras y el aspecto final de las estaciones e instalaciones.


El trabajo de guardagujas estuvo caracterizado desde buen principio por una gran responsabilidad que no necesariamente se correspondía con la cuantía del salario. La publicación mensual británica The British Workman, que tenía como cometido «promover la salud, el bienestar y la felicidad de las clases trabajadoras» desde una visión mezcla de socialismo y protestantismo, dedicó su portada a los guardagujas con una ilustración de John Gilbert titulada Mind Your Points (Ocúpate de tus cambios de agujas). En 1867 aun eran fuertes los ecos del accidente de Staplehurst de 1865, que fue vivido en persona por Charles Dickens y generó cierta desconfianza respecto del personal ferroviario. La ilustración puede interpretarse como una llamada a la responsabilidad profesional.

El inventor y poeta francés Charles Cros reflejó, en el poema Tableau (1873, Cuadro) la servitud de la vida de los guardagujas.
Encerrado en los rieles, abonado con escoria,
su pequeño huerto atrae mis ensoñaciones.
El padre es guardagujas en la Estación de Lyon.
Hace con honestidad y sin rebeldía
su duro trabajo. Su esposa, ¡ay! que sería rubia
sin el glaseado de carbón, le secunda.
Su hijo, ángel rosa nacido en este infierno,
hace pequeños castillos con clinker.
A los quince venderá periódicos, puros.
¡Quizás la felicidad sólo está en las estaciones!
La revista española Blanco y Negro también dedicó una portada a este oficio en su número del 19 de marzo de 1898. Es la imagen que encabeza esta entrada. El título de la ilustración es El paso del express. Vemos como el guardagujas muestra al maquinista de la locomotora que se acerca un banderín amarillo para indicar, seguramente, que debe avanzar con precaución por el sentido de las puntas de las agujas. Obsérvese el divertido detalle gráfico del banderín rojo haciendo sombra sobre las letras del nombre de la revista.

En el cuaderno literario que se publico en Valls en 1883 con motivo de la llegada del ferrocarril a esta ciudad tarraconense, el ingeniero ferroviario Damas Calvet publicó un poema titulado Lo guarda agullas (El guardagujas) en el que narra el siguiente drama: Un guardagujas, cuando ve a su hijo jugando en la vía por donde debe pasar el tren que se acerca, a pesar de tener la mano en la palanca del cambio de agujas que podría desviarlo, le grita que se tienda en el suelo y no duda en dejar pasar el tren por encima suyo en lugar de enviarlo a la vía desviada, porque sabe que, si lo hiciera, provocaría una catástrofe. He aquí el fragmento inicial:
Hay en la vía un tren que espera
para dar paso al tren del rayo,
y el tintineo, el timbre eléctrico
dice que el tren se va acercando.
Hace rato que el guardagujas
su casita ha dejado,
y, las manos en la palanca,
oye a la máquina silbar.
Un muchacho de pelo rubio,
alejándose del portal
de la barraca, con las piedras
en la vía está jugando.
Cuando el padre se da cuenta
ya tiene el tren... y está en su mano
por la curva desviada,
o por la vía directa, hacerlo pasar.
[…]

La representación de los guardagujas ha evolucionado con la evolución de los movimientos artísticos. En 1934, el fotógrafo Antoni Campañà, realizó una fotografía de un guardagujas en un estilo que él practicaba a menudo: el pictorialismo. La pretensión de Campañà era que su fotografía no fuera una mera reproducción de la realidad, sino que tuviera un valor propio como imagen artística, de ahí el desenfoque del convoy que se acerca desde el fondo y la especial atención al gesto del ferroviario.

Con muchas semejanzas con textos que hemos visto en los artículos dedicados a los guardavías, el escritor chileno Vicente Huidobro publicó en el diario santiagueño La Razón del 5 de noviembre de 1939 un relato breve titulado La hija del guardagujas. Arranca así:
La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.
La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas.
Allí vive el guardagujas con su mujer, contemplando pasar los trenes cargados de fantasmas que van de ciudad a ciudad. Cientos de trenes, trenes del norte al sur y del sur al norte. Todos los días, todas las semanas, todo el año. Miles de trenes con millones de fantasmas, haciendo crujir los huesos de la montaña.
La mujer, como buena mujer, le ayuda a enhebrar los trenes por el justo camino.
[…]
En este ambiente tan opresivo vive y juega la hijita del guardagujas, un ambiente tan de riesgo que el guardagujas y su esposa prevén el dramático desenlace.


A pesar de la innovación tecnológica muchas compañías ferroviarias en todo el mundo mantuvieron cambios manuales en algunas instalaciones y la gesticulación de los guardagujas ha seguido atrayendo a los pintores, como es el caso del ruso Vladimir Gremitskikh y su óleo de 1959.

Los guardagujas que hemos visto representados hasta ahora trabajaban en los tiempos en que su tarea se realizaba a pie de vía junto al cambio de agujas, posteriormente, las operaciones se realizaron desde una instalación centralizada desde la que se accionaban las agujas mediante cables de acero. Con este cambio, a estos ferroviarios los vemos representados en las casetas de enclavamientos o en la sala correspondiente de las estaciones. 


Es el caso de la ilustración de 1882 que representa la caseta de enclavamientos del depósito que la Compagnie des Chemins de Fer du Nord tenía en La Chapelle-Horloge, cerca de la estación París-Nord. A la derecha pueden verse los comandos de los semáforos, a la izquierda las palancas de los cambios de aguja y, más a la izquierda, la mesa de enclavamientos.


En 1924 se estreno la película norteamericana The Signal Tower (La caseta de señales) dirigida por Clarence Brown. Un empleado ferroviario tiene su puesto de trabajo en una caseta aislada a las afueras de la ciudad y vive en una casa a poca distancia. Cuando llega al puesto un nuevo compañero, le ofrece alojarse en una habitación libre de su casa para tener un ingreso más con el alquiler. El nuevo guardagujas resultar ser pendenciero, descuidado en el trabajo y, encima, acosa a la mujer del protagonista. El drama está servido, con riesgo de grave accidente ferroviario incluido.


Las casetas de enclavamientos no han dejado de ser atractivas a los ojos de pintores e ilustradores. En noviembre de 1942 la revista norteamericana Railroad le dedicó una portada. 


Terence Cuneo captó el trabajo de los guardagujas dentro de las casetas en su litografía de 1984 para British Railways, titulada On Early Shift (En turno temprano), en la que reproduce el enclavamiento de Greenwood en New Barnet.

Los cambios de agujas accionados por levas y cables de acero hace tiempo que han dejado paso a los sistemas con motores eléctricos accionados a distancia desde los centros de control de tráfico, pero las casetas de enclavamientos siguen siendo un tema atractivo para el arte. 


Con ojos nostálgicos, la pintora inglesa Margaret Stella Murray Whatley pintó Sarnau Signal Box a finales del siglo XX; en este caso el ocupante de la caseta también debía ocuparse de las barreras del paso a nivel. 


La misma mirada nostálgica tenía el artista eslovaco Jiri Bouda en Noc na Karlstejne (2006, Noche en Karlstejne); en esta ocasión tenemos a un ferroviario trabajando en turno de noche.

Como homenaje final a este oficio ferroviario desaparecido, el aficionado nostálgico puede hacer una visita al guardagujas que le espera en la estación de Alcazar de San Juan, obra de la escultora María Isabel Pérez Gago.

sábado, 7 de marzo de 2026

La soledad del guardavía (y II)

 

Veintidós años después de que Dickens publicara The Signalman, el novelista y dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann editaba la novela corta Bahnwärter Thiel (1888, El guardavía Thiel). La obra narra la degradación mental de un guardavía, Thiel, que tiene su puesto en los bosques de Brandeburgo. Su bajada a los infiernos empieza en el momento en que su esposa muere de parto y, para no tener que dejar a su hijo Tobias al precario cuidado de una anciana de la vecindad, se casa con Lene, una vaquera del pueblo. Thiel adora secretamente en su garita a su primera esposa muerta, al tiempo que lidia con Lene, que resulta ser una mujer ardorosa y sexualmente dominante que maltrata a Tobías desde el momento que alumbra a su propio bebé. La muerte de Tobías, atropellado por una locomotora en un descuido de Lene, precipita el derrumbe psicológico de Thiel que, en un ataque de locura, mata a su esposa y a su hijo.

Si la narración de Dickens transita en el terreno de lo gótico, con fantasma incluido, la de Hauptmann lo hace por el naturalismo y por la psicología del inconsciente y pone todo su talento como narrador a la tarea de transmitir al lector lo esclavo y rutinario del trabajo de guardavía.

A continuación, la campana anunció, con tres agudos toques, que se repitieron, que un tren había partido de la estación próxima en dirección a Breslau. Sin dar la menor señal de prisa, Thiel siguió aún un buen rato dentro de la garita. Al fin salió despacio con la bandera y la cartuchera en la mano y se encaminó a pasos lentos y como contados por el estrecho sendero de arena hacia el paso a nivel, como a unos veinte pasos. Las barreras las cerraba y abría Thiel cuidadosamente antes y después de cada tren, si bien raramente pasaba alguien por aquel camino.

(…)

Para matar el tiempo, decidió Thiel inspeccionar la línea tan pronto como alborease. Con una barra en la mano izquierda y una larga llave inglesa en la derecha se puso a caminar pues sobre el dorso de un raíl, al filo del crepúsculo gris sucio. De cuando en cuando apretaba con la llave algún tornillo o golpeaba la juntura de hierro que unía los raíles entre sí.

El tren pasa siempre como una exhalación ante Thiel y, a cada nueva circulación, la descripción que Hauptmann hace de ella es más y más impresionista. En este primer fragmento pueden reconocerse ecos de Dumbey and Son (1848) de Dickens:

A ráfagas iba creciendo, acercándose por los aires un resoplido, un bramido. Luego, súbitamente, se rasgó el silencio. Un rabioso estrépito, un furioso estruendo llenó el espacio; los raíles cedían, la tierra temblaba, ­una potente corriente de aire, una nube de polvo, vapor y humareda... y el negro y jadeante monstruo había pasado.

Conforme avanza la narración, las descripciones hacen la función de correlato de la degradación mental del protagonista:

Fue haciéndose visible –se aproximaba ya– y la negra chimenea de la máquina lanzaba bocanadas de vapor en incontables y atropellados resoplidos. En esto brotaron uno, dos, tres chorros de vapor blanco lechoso, derechos como una vela, y al punto vibró en el aire el pitido de la máquina.

(...)

Una oscura humareda se estiraba a lo lejos sobre la línea, y el viento la empu­jaba hasta el suelo. A sus espaldas percibió el jadeo de una maquina que resonaba como la respiración fatigosa y vacilante de un gigante enfermo. Una fría penumbra se extendía sobre aquel paraje. Al poco rato, al esfumarse la humareda, reconoció Thiel al tren del balasto.

Esta novela corta suele estar incluida en las antologías literarias del XIX alemán y existen versiones para la pantalla y el escenario.

En 1900, Eduardo Zamacois, conocido entre la afición ferroviaria por sus Memorias de un vagón de ferrocarril, publicó una colección de relatos, De carne y hueso, en el que se incluía uno titulado La muerta. Narra el drama de Martina, una guardavía casada con Juan, maquinista del mismo ferrocarril, que la tiene muy abandonada. Está destinada en un emplazamiento que se parece mucho al del protagonista del relato de Dickens:

Aquella caseta de peones camineros fue puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da a los trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros fronteros...

El paso de los trenes contagia a la guardavía el deseo vivir una aventura erótica.

Aquel sempiterno trajín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.

Acabará teniendo una aventura con Pedro, el fogonero de su marido. Cuando el fuego de la pasión se acaba, arrepentida y enloquecida, se arroja a la vía cuando pasa el tren de su esposo.

Fue una tarde, a la puesta del sol. De pie, junto a la vía, con el banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornose sordo y como opaco, fue creciendo, más, más... hasta convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oír... y el tren pasó...

El poeta modernista Salvador Rueda incluyó en el volumen En tropel (1911) el poema El guarda-vía. En él aparecen de nuevo el tema del aislamiento y el del mundo desfilando ante el ferroviario, pero ahora, además, mientras sigue atento a la prestación del servicio, el guardavía vela a su esposa muerta.

Allá en lo más oscuro, más hondo de la noche,
donde las sombras tristes tejen su baile negro,
brilla una luz confusa, brilla una luz medrosa,
es la del centinela del progreso.

Entre los cuatro muros de su vivienda pobre,
rendido a su constante monologar eterno,
ante su esposa gime, su muda esposa muerta,
sin nadie que acompañe su velatorio tétrico.

Ninguna voz cercana consuela sus gemidos,
la muerte y él recorren los mundos del silencio;
el huracán tan solo arranca su himno bárbaro
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.

(…)

El tren suena a los ojos con su trajín furioso,
le aguarda el hombre inmóvil junto a su hogar desierto,
la humanidad desfila con su tropel alegre
de cantos y de risas, de amores y deseos.

El hombre viene a tierra, su obligación cumplida,
sobre la yerta forma que idolatró otro tiempo,
¡y el viento de la noche arranca un Dies irae
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.

El cine expresionista recurrió con frecuencia a los ferroviarios. Es el caso del director alemán Lupu Pick y su película Scherben (1921, Añicos). Narra la historia de un guardavía que recibe la inesperada visita de un inspector de la compañía ferroviaria en su casa aislada, donde vive junto a su mujer y a su hija. El inspector turba la tranquilidad del guardavía, seduciendo a su hija y rechazando después cualquier tipo de compromiso. La fuerza premonitoria del expresionismo se manifiesta en el hecho de que la hija caiga seducida simplemente por las botas del inspector, en la incapacidad del guardavía de enfrentarse a los abusos de la autoridad y en el final trágico.



Poca representación tienen los guardavías en la pintura, la ilustración y la fotografía si la comparamos con la de maquinistas, fogoneros, jefes de estación o guardagujas. En julio de 1931 la revista americana Railroad Man’s Magazine le dedicó la ilustración de portada con el título All Clear Ahead (Vía libre). 

En 1848, al inaugurase la línea entre Barcelona y Mataró, a raíz de verse por la noche a los guardavías recorriendo el carril con un saco al hombro para recoger carbón, corrió el bulo malintencionado de que la compañía de los ferrocarriles secuestraba a niños porque su grasa era la más adecuada para lubricar las locomotoras. La dirección del ferrocarril tuvo que publicar un desmentido en los periódicos. En 2019, el dibujante de viñetas Ferran Martín recreó la historia.

Es difícil encontrar imágenes, películas o textos referidos a los guardavías más allá del primer tercio del siglo XX, a no ser que se trate de reelaboraciones de obras anteriores, lo cual se debe tanto a la modificación y desaparición de este perfil profesional como a cambios en los intereses de los creadores al atender el ferrocarril.

lunes, 9 de febrero de 2026

La soledad del guardavía (I)


Si ha habido un oficio solitario en el mundo del ferrocarril, éste es el de guardavía, especialmente cuando se estaba destinado a una zona alejada de las poblaciones y los caminos. Era el empleado que estaba al cuidado de un tramo de la vía. Debía revisarlo, reparar los pequeños desperfectos si estaba en su mano, como apretar tirafondos o reponer balasto, y dar parte cuando se requería una intervención mayor. En el caso de que el desperfecto detectado pudiese dar lugar a un accidente, debía hacer la señal de alto a los convoyes que se acercaran con un banderín rojo o una lámpara con vidrio del mismo color. Con una señal verde indicaba a los maquinistas que no había novedad en la vía. En ocasiones la tarea de guardavía se compatibilizaba con la de guardabarrera o la de guardagujas.

Existían guardavías de día y guardavías de noche (llamados también guardanoches en algunas compañías), a estos últimos se les solía encargar, además de la revisión de la vía, y cundo no había circulaciones, la tarea de recoger en un saco los trozos de carbón que hubieran caído de las locomotoras.

La ilustración de 2018, que encabeza esta entrada, es una recreación expresa de un guardavía nocturno realizada por el dibujante y heraldista José Ramón de Travi, pero cuando se trata de revisar las pinturas y dibujos realizados en el siglo XIX y principios del veinte, la diversidad de denominaciones y el hecho de que en muchos casos estos ferroviarios realizaran varias funciones según su localización, lleva a una cierta confusión.


El magnífico óleo del danés Laurits Andersen Ring Banvakten (1884, El guardavía) representa a un ferroviario en funciones de guardavía como su título indica, pero la sombra de la barrera en el suelo nos hace pensar que se trata de un guardabarreras o que hace las dos funciones. Más allá de esta cuestión, el cuadro está considerado una excelente representación de la soledad de la profesión y del desarraigo de los campesinos que cambiaron su entorno por el mundo del ferrocarril.


En The Night Signal (c. 1880) del norteamericano Charles Felix Blauvelt, la función del ferroviario es mucho más evidente.

Esta profesión tan solitaria y, por ello, expuesta a padecimientos mentales, enseguida fue del interés de los escritores. El primero en dedicarle un relato fue Charles Dickens en The Signalman (1866, El guardavía), incluido en el libro Mugby Junction. Se trata de un relato de fantasmas la voz narrativa del cual es la de un viajero que, al pasar cerca de la trinchera del ferrocarril, ve al guardavía y siente curiosidad por él y su trabajo. Así describe su ubicación:

Su caseta estaba en el lugar más sombrío y solitario que yo hubiera visto en mi vida. A ambos lados, se elevaba un muro pedregoso y rezumante que bloqueaba cualquier vista salvo la de una angosta franja de cielo; la perspectiva por un lado era una prolongación distorsionada de aquel gran calabozo; el otro lado, más corto, terminaba en la tenebrosa luz roja situada sobre la entrada, aún más tenebrosa, a un negro túnel de cuya maciza estructura se desprendía un aspecto rudo, deprimente y amenazador. Era tan oscuro aquel lugar que el olor a tierra lo traspasaba todo, y circulaba un viento tan helado que su frío me penetró hasta lo más hondo, como si hubiera abandonado el mundo de lo real.
(…)
Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había referido.
El viajero baja a conversar con el guardavía y logra que le describa su trabajo, explicación que interrumpe cada vez que el servicio le requiere:
¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía suficiente responsabilidad sobre sus hombros; pero lo que más se requería de él era exactitud y vigilancia, más que trabajo propiamente dicho; trabajo manual no hacía prácticamente ninguno: cambiar alguna señal, vigilar las luces y dar la vuelta a una manivela de hierro de vez en cuando era todo cuanto tenía que hacer en ese sentido.
(…)
Varias veces fue interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor.

La trama sigue el curso característico de los relatos de su género: el guardavía cuenta al viajero que se le aparece una misteriosa figura espectral en la boca del túnel que le advierte de tragedias y accidentes que nunca tardan en ocurrir. Una vez leído el desenlace, el lector se da cuenta de que, detrás del relato gótico, hay una crítica de las condiciones de trabajo del ferroviario.


En 1976, la BBC hizo una adaptación de este relato dentro de la serie Ghost Story for Christmas, dirigida por Lawrence Gordon Clarke.


En 2004, Daniel Celaya y Andrea Trigo dirigieron la película El guardavias basada también en el cuento de Dickens. Ahora el protagonista es un profesor de literatura borracho y en paro, hijo de un guardavía que dice que ve fantasmas, y de una mujer fuerte y analfabeta. Al morir el padre, su madre le manda a la ciudad a estudiar y ya no regresa. Al morir la madre, y tras treinta cinco años de ausencia, el protagonista visita de nuevo el pueblo y se avivan las visiones y el miedo. El guardavias fue un proyecto de la escuela de cinematografía Orson the Kid y fue la primera película hecha casi íntegramente por niños y niñas de 10 a 16 años.


De especial soledad es el caso del personaje del monólogo Lo tren 50 (1896, El tren 50) de Salvador Badosa Rius. El guardavía protagonista es un hombre que, absolutamente alterado y desesperado, explica al público su desgraciada vida. El autor nos indica que «la acción es contemporánea y pasa en las afueras de un pueblo de la montaña en los que hay línea de Ferro-carril, durante la época actual».

La descripción de la escena y las primeras frases del texto nos dan a entender que nos encontramos ante un drama modernista: «La escena representa un bosque espeso, con varias rocas repartidas por la escena. A la derecha, la entrada de una caseta. A la izquierda, una garita, y a su lado representa que hay la línea del tren que, cuando se indique, debe simularse que pasa. Es una noche tormentosa, durante toda la obra se ven muchos rayos seguidos de truenos».

Al levantarse el telón, se producen un rayo y un trueno muy fuertes, aparece en la escena el Guardavía, con farola y bocina, y con desespero, dice:
¡Relámpago del cielo, ven a mí! ¿Por qué te detienes? Párteme aquí por la mitad como débil caña que así acabaré mis amarguras. (Escuchando.) ¡Aún siento sus llantos! ¡Oh, no me engaña!... ¿Veis su sangre?... ¡Pobres criaturas! ¡No te detengas! tu muerte espero. (Por el rayo.) ¡De mi cuerpo no ha de salir ni un ay! de queja...
El llanto y la sangre a las cuales se refiere son de sus hijos, a los que ha arrojado bajo las ruedas del tren 50 para no verles morir de hambre, como ha visto morir de miseria a su mujer. A pesar de su desespero y arrepentimiento, cumple sus obligaciones:
(Se oye el tren ya muy cerca y le van faltando las fuerzas.)
¡La máquina ya viene!
Sus resoplidos como gemidos infernales llegan aquí. (En el corazón.)
(Hace esfuerzos como si le fallara el aire y tose con tos pequeña y seca como de tísico, coge el farol y, tambaleándose, va hacia la vía; que el público lo vea.)
¡No respiro... quiero aire... ese ahogo de muerte es...
(Pone la farola a la vista del tren, toca la bocina y se oye como pasa. A medida que va pasando las fuerzas le fallan. Cuando figura que el tren ha pasado, queda pensativo, haciendo una pequeña pausa, deja la farola en el suelo y vuelve a delirar.)
No hace falta haber visto o leído muchos dramas modernistas para adivinar cómo acaba el monólogo:
¡Oh! La vista se me apaga, ¡y qué tormento! ¿Qué es lo que siento, oh, Dios omnipotente?Es la sangre que venganza viene a reclamarme.
(Se oye llegar el tren.)
¡Dios mío, sí, es el tren, el tren cincuenta!...
(Después de un rato de lucha, se levanta tambaleándose y aguantándose por doquier, coge la farola y la encara al tren, que va oyéndose más cerca.)
¡Es la hora de expiar el crimen, tengo tiempo todavía! ¡No, no, ese sufrimiento ya no me asusta! (Se oye más cerca.) ¡Hijos míos, ya voy! ¡Ya voy, esposa santa! Aquí arriba viviremos juntos... ¡¡Viene vuestro padre!!...
(Tira la farola en medio de la escena y figura que se tira debajo del tren que en ese momento pasa.)
TELÓN RÁPIDO

En los tiempos en que se escribió este drama, la profesión de ferroviario era muy buscada porque representaba una estabilidad laboral que la industria difícilmente garantizaba. Un ferroviario era, según las revistas frívolas, un buen partido, pero este monólogo no es la única obra literaria que aborda el tema de las grandes diferencias en las categorías y, sobre todo, en los sueldos.