Si en la entrada anterior
vimos relatos, teatro y obras plásticas en las que aparecían jefes de estación
en el ejercicio de sus funciones, ahora veremos historias en las que el autor
ha tomado a uno de ellos para contar una historia que bien podría haber sido
protagonizada por cualquier otro oficio cambiando el escenario. En algunas de estas
obras cabe decir que la elección de esta categoría de ferroviarios tiene mucho
que ver con la importancia social del ferrocarril en el momento de ser escritas
o filmadas.
En 1883
Anton Chéjov publicó el relato El jefe de estación, que arranca
explicando que Sheptunov queda solo en
su puesto en verano cuando su ayudante se va de permiso.
En verano el tren número 8 pasaba
por su estación a las dos y cuarenta de la madrugada. Es una hora poco
agradable. En vez de dormir, Sheptunov tenía que recorrer la plataforma y
quedarse junto al telégrafo hasta que amanecía. Pero, pese a esto, no todas las
noches se aburría. En ocasiones, con la oscuridad, venía a verlo María
Ilínichna, la mujer del administrador Nazar Kutzapiétov, desde la hacienda
vecina. No era una mujer particularmente joven, ni particularmente guapa, pero,
caballeros, ¡en la penumbra hasta un poste se confunde con un alguacil! Y
además, el aburrimiento es hermano del hambre. Normalmente, cuando María
llegaba a la estación, Sheptunov la cogía de la mano, descendían hasta la
plataforma y se dirigían hasta los vagones de mercancías. Y entre los vagones,
esperando al tren número 8, se arrancaba con promesas hasta que se escuchaban
los silbidos del tren.
Una de las noches, aparece el marido de María con un palo. El jefe de estación huye y tropieza, y cuando el perseguidor lo alcanza le hace una proposición sorprendente: consiente que se entienda con su mujer a cambio de un cuarto de rublo y de que le consiga empleo a su sobrino. Este relato, sin duda, podría estar protagonizado por cualquiera con una posición similar a la del jefe de estación, pero en el entorno en que se ubica, quizás fuera la única persona a la que el administrador podría hacer tal proposición.
El relato Llama de cera (1927) de Concha Espina es un auténtico dramón protagonizado por un soldado veterano que, al causar baja del ejército, se casa con una mujer más joven que él y consigue empleo de jefe de estación. El mozo de la estación será el padre biológico de sus tres hijos, pero el hombre no lo sabrá hasta que, el día que entierran a su mujer, una vecina le informa. El mozo huye por miedo a las represalias, pero el jefe de estación se queda con los niños haciendo virtud de su obligada resignación.
Una gran historia con jefe de
estación es Stationschef Fallmerayer (1933, Jefe de estación
Fallmerayer) del escritor austríaco Joseph Roth. El protagonista vive con
su mujer y sus dos hijas gemelas, contento con su puesto de trabajo en la
estación L y esperando que la vida no le dé sobresaltos, pero…
Ya desde B, el expreso había reportado un ligero retraso. Dos minutos antes
de que llegara a la estación L y a causa de una aguja mal colocada, chocó
contra un tren de carga que esperaba. He ahí la catástrofe.
Con una linterna que empuñó rápidamente y que era del todo inútil, el jefe
de estación Fallmerayer corrió por los rieles hasta salir al encuentro del
escenario de la tragedia. Había sentido la necesidad de tomar cualquier objeto;
le parecía imposible correr hacia el siniestro con las manos vacías, en cierto
modo desarmadas. Corrió diez minutos sin abrigo, sintiendo el constante
latigazo de la lluvia en la nuca y los hombros.
Por circunstancias de la operación de
salvamiento, Falmerayer acaba acogiendo en su casa a una aristócrata rusa que,
indica el médico, debe descansar tres días antes de reiniciar su viaje. El jefe
de estación se enamora de la mujer y, cuando se va, no puede dejar de pensar en ella. Estalla la Primer Guerra Mundial y se
alista con la intención de ser enviado a la región donde vive ella. El
argumento del relato es magnífico, pero, a partir de aquí, el hecho de que Fallmerayer
sea ferroviario deja de tener relevancia.
De estos años son la acuarela Triste despedida (1955) de Ángel del Campo, que encabeza esta entrada, o las baldosas hidráulicas pintadas a mano (1969) de José Estévanez.
Paralelamente, los jefes de estación irán apareciendo en un sinfín de películas en las que tendrán escaso protagonismo. Son sólo un figurante obligado en las escenas de andén en las que los protagonistas se reencuentran o se despiden. Por poner algunos ejemplos de países distintos, podemos verlos en acción en la francesa Le plaisir – El placer (1952), la estadounidense High Noon - Solo ante el peligro (1952)...
... las españolas El hombre que perdió el tren (1960) o Plácido (1961), la rusa La última estación (2009), la británica Downton Abbey (2013) o la japonesa The Wind Rises (2013).
La enumeración podría ser
mucho más larga, pero los ejemplos citados son suficientes para ver la
diversidad de películas y series que los han incluido.
Conviene destacar que, con el control de tránsito centralizado, los jefes de estación van desapareciendo de los andenes y eso queda reflejado en series y películas. Las excepciones, claro está, son las producciones ambientadas en épocas pasadas. A partir de cierto momento, lo que impera es la nostalgia.
En 1985 Antonio Tabucchi publicó el relato
Cine en el volumen Pequeños equívocos sin importancia.
La pequeña estación estaba casi desierta. Era la pequeña estación de una
localidad costera, con palmeras y pitas junto a los bancos de madera. En su
inicio, más allá de la verja de hierro forjado, había una calle que llevaba al
pueblo; al fondo, una escalinata de piedra bajaba hasta la playa.
El jefe de estación asomó de la cabina de cristal con tablero de mandos y
caminó bajo la marquesina hasta las vías. Era un hombrecillo gordo con bigotes.
Encendió un cigarrillo y miró con incertidumbre el cielo lleno de nubes. Sacó
una mano fuera de la marquesina para ver si comenzaba a llover, luego dio media
vuelta y metió las manos en los bolsillos con aire absorto. Los dos obreros que
aguardaban el tren, sentados en el banco bajo el rótulo con el nombre de la
localidad, le hicieron un breve saludo y él contestó con un gesto de la cabeza.
En el otro banco estaba sentada una anciana vestida de negro, con una maleta
atada con un cordel. El jefe de estación miró a uno y otro lado de las vías, la
campana que anunciaba la llegada de los trenes comenzó a sonar y él entró de
nuevo en la cabina.
Cabe preguntarse qué tiene de especial
este pasaje. Quizás nada, pero es un buen ejemplo de cómo la literatura retrata
la figura del jefe de estación y de cómo lo utiliza para crear el ambiente
necesario en una estación. De echo, lo que hemos leído es la descripción de una
escena de un rodaje realizado en el año del relato y ambientado en Italia
durante la Segunda Guerra Mundial.
En el cómic Poppoya (1998) de
Takumi Nagayasu, que fue llevado al cine el año siguiente por Yasuo Furuhata,
conocemos la historia de un jefe de estación que ha sacrificado de tal manera su
vida al servicio de la compañía, que no estuvo presente ni en la muerte de su
esposa ni en la de su hija. La historia arranca como recuerdos del ferroviario
cuando le comunican que cerrarán la línea al agotarse la explotación minera que
servía.
El jefe de estación que pinta el francés Michel Calvet a principios de siglo XXI, es un retrato de un ferroviario que hubiera vivido en el XIX.
Y están cargadas de nostalgia las tres esculturas contemporáneas de jefes de estación que podemos ver en Stargard (Polonia)...
... Mogilev (Bielorrusia)...
... y Yekaterinburgo (Rusia).
Acabaremos con literatura de alto nivel:
el relato Estación, del volumen Voces de humo (2007) de Pablo
Andrés Escapa, ambientado en el entorno del ferrocarril Ponferrada –
Villablino. La voz narrativa es la de un jefe de estación convaleciente que va desgranando
recuerdos al hilo de las páginas de un viejo reglamento:
«Los Jefes de Estación deberán cerciorarse personalmente de que los
semáforos, las agujas y las placas giratorias se hallan en la posición
conveniente, y de que las vías y cambios que han de recorrer los trenes se
encuentran completamente libres». Apenas tres líneas —recuerda la
disposición del texto en la página— que pueden suponer vagones enteros de.
vidas preservadas. Lo cual tiene poco que ver con esa idea de que el jefe de
estación se pasa las horas paseando el uniforme por las oficinas. Semejante
calumnia la tiene él discutida muchas veces. Y otras peores que lo pintan de
inquilino ocioso del andén. Lo que no sabe nadie -suspira calculando las
responsabilidades incomprendidas- es la de minucias que han de observar los
jefes de estación celosos de su cargo. Los de su grave rango -repasa el
compromiso que postulan los adjetivos- deben ejercer una constante vigilancia
sobre los empleados que están a sus órdenes, cuidando de su buen porte,
correctas maneras y exquisita limpieza, y asegurarse a menudo de que comprenden
y ejecutan las prescripciones de las leyes, reglamentos y órdenes. Mucho le ha
dado que pensar lo del «a menudo» puesto en el artículo once. Porque la fórmula
no deja de ser una tibieza comparada con la severidad adjetival que gasta el
reglamento; sobre todo cuando piensa en algún mozo de los que tiene a su cargo,
Misolino el de facturación, por encima de todo el cuerpo de subordinados. ¡Ay,
si el celo se redujera al cuidado de las correctas maneras y a la exquisita
limpieza! Pero, ¿dónde brindan las ordenanzas la fórmula capaz de amparar la
cruzada del jefe de estación contra la blasfemia diaria? ¿O dónde se hallará
amonestación precisa contra el caudal de los esputos?
El jefe de estación de la fotografía (c.
2010) del alemán Kai Ziehl, parece que regrese a su despacho llevando a sus
espaldas toda la carga del relato de Pablo Andrés Escapa.