miércoles, 8 de enero de 2014

Publicidad con inspiración ferroviaria I


La publicidad de productos farmacéuticos de nuestros días tiende a presentarnos las fosas nasales, los conductos digestivos y los pulmones como tuberías y el calmante, el protector gástrico o el laxante como un líquido desatascador en manos de un fontanero. Estas comparaciones parecen muy simples si las comparamos con esta curiosa publicidad aparecida en la revista francesa L'Illustration el 30 de junio de 1923. El anuncio reza:
"Urodonal evita la arteriosclerosis al desenquilosar las arterias y limpiarlas de todas las escorias y depósitos ureicos y calcáreos que lesionan y petrifican sus paredes.
Esta limpieza general es al organismo lo que la limpieza de su caldera y de sus tubos es a la locomotora, la cual no dejaría de rehusar cualquier servicio el día que sus diferentes piezas, invadidas por el polvo, las incrustaciones y los residuos acumulados, acabaran deteniendo su movimiento normal y regular."
Que el año 1923 una publicidad estableciera comparaciones entre el cuidado de las arterias y el de los tubos de la caldera de una locomotora es un indicador del conocimiento general sobre el funcionamiento del ferrocarril que había en aquel momento. ¿Podemos imaginar una publicidad actual comparando el cuerpo humano con motores de combustión interna o sistemas controlados por PLC? Probablemento no, y el motivo es que la cultura tecnocientífica media de la ciudadanía no mejora al ritmo que lo hacen las consecuciones tecnológicas.

Más anuncios:


¿Qué tienen en común una hoja de afeitar, una máquina de escribir mecánica y un reloj de pulsera? Que son consecuciones de la tecnología mecánica a las que se les demanda precisión, rapidez y seguridad. Visto así, no es de extrañar que los publicistas que recibieron estos tres encargos coincidieran en utilizar el ferrocarril como referente.

La hoja de afeitar argentina tomó como modelo una versión más fantasiosa que real de las locomotoras de vapor aerodinámicas americanas de su época. Pueden reconocerse las formas del diseñador Raymond Loewy que han servido de inspiración para el dibujo.

La marca italiana de máquinas de escribir apostó por la idea de rapidez, aunque pude apreciarse una cierta analogía de formato: el teclado se asemeja al apartavacas y el frontal de la máquina de escribir, a la mitad inferior del testero.

En una publicidad reciente, pero que busca una estética retro, la marca de relojes suizos propone una correlación entre su reloj de acero y el diseño de los trenes americanos de los años dorados del diesel transcontinental.

La idéntica perspectiva de los tres trenes se debe a que un ferrocarril en marcha da sensación de poderío, la misma que se insinúa que tendrá el observador si compra los productos anunciados.

jueves, 2 de enero de 2014

El tren de los aitas, por Iñaki Arregui Goñi


Iñaki Arregui Goñi, un entrañable seguidor de este blog, a raíz de la publicación de la entrada titulada “El primer chispazo de un romance ferroviario”, en la que se hacía referencia a la novela Pilar Prim de Narcís Oller, remitió este texto que encaja de lleno en la literatura memorialista de tema ferroviario. Los padres del autor, como tantas parejas, se conocieron e iniciaron su idilio en el tren, en este caso en el de Irurtzun a Zumárraga y éste es el relato según la tradición familiar:
Si existo es gracias al ferrocarril, ya que sin él mis padres no se hubieran conocido y yo no existiría. Esta es la historia de un amor a primera vista en el tren:
Gabina Goñi subió al tren para ir a visitar a su hermana que tenía una plaza de maestra en el pueblo de Antzuola , un pequeño pueblo de unos 1500 habitantes del Alto Deva en Guipúzcoa. Era la primavera de 1930 y con 19 años había salido de madrugada de las Ventas de Arraitz en Navarra y con el coche de línea se había acercado hasta la estación del ferrocarril de Pamplona. Previamente había pasado por una confitería para comprar unos bombones de chocolate para llevar a su hermana, con quien pensaba estar unos días. El bolso y una pequeña maleta eran todo su equipaje. Era una de las pocas ocasiones que había tenido que viajar en tren hasta esa edad. Prácticamente no había salido de su pequeño pueblo en las montañas de Navarra.
El tren la llevó por Irurtzun y, pasando por todos los pueblos de la Barranca, hasta Alsasua, importante nudo ferroviario ya que desde allí una línea continuaba hacia Irún y la otra hacia Vitoria. Había un importante depósito de locomotoras y se cambiaban las máquinas de los convoyes y se cargaban de agua. La parada era larga. La Gabina debía cambiar de tren para continuar hasta Zumárraga, en la línea de Irún, desde donde se dirigiría en taxi hasta Antzuloa, población cercana a aquella estación.
Estaba en el andén esperando su tren y su desconocimiento viajero y su inseguridad le hicieron dirigirse a un joven, que también parecía esperar un tren, para preguntarle en qué andén pararía el tren que ella debía tomar.
Aquel joven, Ramón Arregui, venía de Vitoria y se dirigía hacia su pueblo, Oñate, y por eso le indicó bien qué tren debía tomar ya que era el mismo que el suyo, hacia Zumárraga. Desde allí cada uno iría hacia su destino.
Llegó el tren y Ramón, como chico galán, se ofreció para subirle la maleta y colocarla en el estante porta-maletas y se sentaron juntos sabiendo que iban al mismo destino. El tren se puso en marcha y los jóvenes iniciaron una conversación de cortesía, los motivos del viaje: ella explicó la visita a su hermana y él su trabajo en Vitoria. Ah! Pero ella llevaba unos bombones en el bolso, el hambre ronroneaba en el estómago y, con decisión, los sacó y ofreció uno a aquel joven que había sido tan amable con ella.
De Altsasu a Zumárraga aquel tren humeante debía tardar cerca de una hora parando en todos los apeaderos, tiempo suficiente para intercambiar algunas palabras y pocas cosas más... a parte de comer algunos bombones. Al llegar a Zumárraga, el galante Ramon bajó la maleta de Gabina hasta el andén y se despidieron cortesmente.
Alguna chispa amorosa debió saltar en ese tren además de las chispas que saltaban al aire por la chimenea de la locomotora, pero pobrecitos... sin WhatsApp, ni correo electrónico, ni móvil... aquella despedida podía ser el punto final de ese encuentro.
Pero no, a Ramón, que sólo sabía que aquella linda chica rubia y de ojos claros se llamaba Gabina (Gabi) y que tenía una hermana maestra cerca de su pueblo, algo le quedó en el corazón. Ella, Gabi, con coquetería quizás, había explicado a su hermana maestra, la hermana mayor, el encuentro con aquel simpático y “gixajo” muchacho, el ofrecimiento de los bombones que había aceptado de buen grado y la conversación en el vagón durante el viaje. Las dos hermanas habían reído a su costa.
Ramón, sin pensárselo dos veces, escribió una carta dirigida a la maestra de Antzuola, de quien no sabía ni cómo se llamaba, para que le diera a su hermana un escrito que iba dentro del sobre, aquella con la que habían coincidido en el tren. Le explicaba cuan agradable le resultó aquel viaje gracias a su compañía y que le gustaría volver a verla y bla.... bla.... bla...
Ya os podéis imaginar el resto de la historia y todas sus vicisitudes. Al cabo de unos años esos jóvenes se casaron y yo llegué a este mundo.
Ah, si no hubiera sido por ferrocarril... !

domingo, 29 de diciembre de 2013

Nuevo número de Des Rails, la revista francesa del imaginario ferroviario


Des Rails, la revista semestral francesa de literatura de tema ferroviario, ya tiene disponible en su web el número 16 correspondiente a diciembre de 2013. Incluye relatos y, especialmente en esta edición, poemas. Puede leerse o descargarse aquí.

Éste es el índice:

Anick Baulard – Train de nuit page 
Gisèle Guertin– Aurélien, chef de gare page 
Claudine Bertrand – L’Amérique sous la neige page 
Françoise Coulmin – On attend le printemps page 
Chantal Danjou – Fragmentation page 
Katia Lemieux – Témoin oculaire page 
Laurent Quessette – Le chemin de fer de Cotonou page 
Thanh-Vân Tôn-Thât – La vie est rapide page 
Skaelenn Baron – Le carnet de Monsieur Séraphin page 
Lucien Francœur – Train de vie page

lunes, 16 de diciembre de 2013

Las historias del AVE de Marta Alòs


Se dice que el tren de vapor y los viajes en los expresos de entreguerras generaban más literatura que los modernos AVE o TGV. No es exacto. Hace cuatro años, la diputada autonómica Marta Alòs, que hacía casi a diario el trayecto en Ave entre Lérida y Barcelona, publicó un entrañable libro de relatos titulado Històries de l’Ave (Historias del Ave).

Los protagonistas, y a menudo voz narrativa, de los dieciséis relatos son pasajeros de distinto sexo, edad y condición, azafatas del tren, dependientas del puesto de periódicos de la estación, aficionados al ferrocarril que pasan las horas en los andenes… Algunos de los relatos tienen una acción mínima, como Juegos de caza, en el que una joven, un rico ejecutivo y la protagonista practican el juego de las miraditas y los signos sutiles. Otros, como El vagón de las quinientas, tienen una dimensión fantástica: la existencia de un coche que vaga por la red ferroviaria y aparece en las estaciones para acoger a quien tiene cara de sufrimiento y proporcionarle una aventura en la selva o una fiesta de lujo. Los ejecutivos chulescos y estresados (La brevedad de la vida) y las ejecutivas autosuficientes (El éxito de la soledad) aparecen como personajes desgraciados al lado del calor humano que desprenden los que aprecian una buena conversación (El poder de la palabra), los que se reencuentran después de años (Dime adiós) o los que contemplan con ojos nostálgicos una estación fuera de servicio (Tiempo de silencio).

El Ave es presentado como un lugar propicio para la comunicación, la aventura, el drama e incluso lo mágico y, en este sentido, Marta Alòs le hace tomar el relevo a los trenes tradicionales como escenario literario. Sus relatos se inscriben de lleno en la tradició europea de la buena literatura de tema ferroviario, de la gótica a la costumbrista, de la erótica a la memorialista. Por todo ello, el libro merece una traducción al castellano.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El "oataku" de Haruki Murakami


Oataku es la palabra japonesa que designa, no sin un cierto tono despectivo, a los que profesan un apego obsesivo a una afición. El mundo ferroviario está lleno de ellos, los hay en todos los rincones del globo, también en Japón, y Tsukuru Tazaki, el protagonista de Los años de peregrinación del chico sin color (2013, 色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年), la última novela de Haruki Murakami, es uno de ellos.
Este es el argumento: Cuando Tsukuru Tazaki era adolescente, se sentaba durante horas en las estaciones para ver pasar los trenes. Ahora, con treinta y seis años, es un ingeniero que diseña y construye estaciones de ferrocarril y que lleva una vida tranquila, tal vez demasiado solitaria. Cuando conoce a Sara, una mujer por la que se siente atraído, empieza a plantearse cuestiones que creía definitivamente zanjadas. Entre otras, un traumático episodio de su juventud: cuando iba a la universidad, el que fue su grupo de amigos desde la adolescencia cortó bruscamente, sin dar explicaciones, toda relación con él, y la experiencia fue tan dolorosa que Tsukuru incluso acarició la idea del suicidio. Ahora, dieciséis años después, quizá logre averiguar qué sucedió exactamente.

El protagonista comparte perfil con los de novelas anteriores: solitario, pulcro, misterioso, con algo pendiente en su interior, con un pie en una especie de realidad paralela. Así describe la voz narrativa la afición de  Tsukuru Tazaki:
Tal vez podría considerarse una afición el hecho de que le encantaran las estaciones de tren. No sabía por qué, pero desde que tenía uso de razón siempre le habían fascinado. Ya se tratara de las enormes estaciones del tren bala, de pequeñas estaciones rurales de una sola vía, o de estaciones para carga y descarga de mercancías, no importaba: todo lo que tuviera que ver con las estaciones le apasionaba.
De niño le fascinaban las maquetas de trenes, igual que a todo el mundo, pero lo que realmente le interesaba no eran las locomotoras ni los vagones construidos hasta el más mínimo detalle, ni las vías que se extendían por complejos entramados, ni los diversos dioramas, sino simplemente las maquetas de estaciones normales y corrientes. Le gustaba mirar cómo los trenes de juguete pasaban por las estaciones, cómo iban aminorando la velocidad hasta detenerse justo delante del andén. Imaginaba el trasiego de los pasajeros, le parecía oír los avisos por megafonía y la señal de partida de los trenes, se figuraba los vivos ademanes de los empleados de la estación. En su cabeza se mezclaban realidad y ficción, e incluso a veces la emoción le hacía estremecerse. Sin embargo, era incapaz de explicar a quienes lo rodeaban por qué le atraían tanto las estaciones de ferrocarril. Y aunque hubiera conseguido explicarlo, lo más probable es que lo hubiesen considerado un bicho raro. En ocasiones, él mismo pensaba que quizá tuviera un lado no muy cuerdo.
¿Qué aficionado ferroviario no se siente identificado o retratado en esta descripción? A unos nos fascinan las locomotoras y los trenes de mercancías, otros añoramos las viejas locomotoras de vapor, un tercer grupo preferirá cazar trenes en lugares remotos y, realmente, a todos nos sería difícil explicar porqué preferimos una faceta a otra. A Tsukuru le fascinan tanto las estaciones que acaba siendo ingeniero y el lector, por ajeno que sea a la afición y al mundo ferroviarios, lo comprende perfectamente después de leer el parrafo reproducido. La clave no está en si a Murakami le gustan o no los trenes, sino en su capacidad, como gran escritor que es, de usar la empatía, destreza clave de su oficio, y ponerse en la piel, la mente y el corazón de sus personajes.


martes, 26 de noviembre de 2013

Trenes rigurosamente poetizados


En 2007, la bióloga, poetisa y cantautora Assumpció Forcada publicó un poemario bilingüe titulado Rails / Raíles. El libro se alineaba con obras anteriores tituladas Hábitat, Ecosistema, Cosmos o Prisma, y con las posteriores Metereología o Tecnología, lo que ya nos da idea de que la autora hace poesía con elementos de la tecnociencia. Raíles contiene poemas con títulos como Vía sin tren, Estación, Catenaria, Furgón, Señal de semáforo o Deflector de piedras hasta un total treintaisiete. He aquí una muestra:

TREN DE CARGA

Lentamente sigues la via de la vida,
como un tren de carga,
que arrastra como puede
los vagones de los años.

Paras en todas las estaciones
para dar preferència
a un tren de gran velocidad
que no para.

Te han dejado sin cafeteria,
sin pasajeros,
hasta el vagón de correos,
està prácticamente vacío.

Poco a poco se comen tu horario,
te van retirando,
hasta dejarte cualquier dia
sin servicio.

TOCA LA CAMPANA

Toca la campana
de la estación de la memòria.
Tienes las vías del tren,
llenas con hierbas de las dudas,
pero tu corazón es la màquina
que late y quema el carbón,
el lastre de los días,
aún llevas ilusiones en los vagones
que quieres compartir.

Assumpció Forcada utiliza los elementos ferroviarios para construir símiles con la naturaleza y el comportamiento humanos, o como escenarios que se ajustan al estado de ánimo o a la experiencia vital del protagonista del poema; un protagonista que nunca es la propia autora, sino una segunda persona del singular a la cual se dirige la voz narrativa. Con el avance del libro, los elementos ferroviarios (campana, furgón, traviesa, catenaria, billete, cambio de agujas, estructura metálica, barrera, báscula) van cobrando significado poético, pero los poemas no logran hacerlos vibrar como lo haría el paso de un tren, quizás porque la autora tampoco parece implicarse ni vibrar con su propia poesía. Una ocasión, un tren perdido.

martes, 19 de noviembre de 2013

Los chicos del ferrocarril llegan a España


Por fin aparece en español la traducción de un clásico de la literatura juvenil y ferroviaria como es Los chicos del ferrocarril (1906, The Railway Children), una de las obra más populares de la escritora británica Edith Nesbit. Ha sido editada por Berenice con traducción de Nuria Reina Bachot.

El argumento de la novela es típicamente eduardiano: Cuando Padre desaparece de forma inesperada, y en extrañas circunstancias, Roberta, Peter y Phyllis y su madre tienen que abandonar su feliz y holgada vida familiar en Londres para ir a vivir a una pequeña casita en una aldea en el campo. Allí los niños encuentran entretenimiento en una cercana estación de ferrocarril y hacen amistad con el mismísimo Jefe de Estación, con Perks el Mozo y con el intrigante Anciano Caballero, que les saluda puntualmente desde el tren de las 9:15. Pero no logran olvidar el misterio que ha producido tantos cambios en su vida. Madre no quiere decir nada y los chicos saben que es mejor no preguntar pero ¿dónde está Padre? ¿Volverá algún día?

En Inglaterra se han hecho diversas versiones teatrales, televisivas y para la gran pantalla. La BBC hizo una serie en el año 1951, existe una versión para el cine de 1970, dirigida por Lionel Jeffries para EMI y otra de 2000 firmada por Catherine Morshead como telemovie de Cralton Television.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La ternura en el metro de NY según Matt Weber


El fotógrafo neoyorquino Matt Weber se enamoró de la ciudad y de las gentes de Neva York cuando trabajaba de taxista y su posterior obra como fotógrafo es un testimonio de la belleza de la ciudad, pero también de la gente que sufre en ella. A lo largo de treinta años de trayectoria artística ha firmado sucesivos reportajes sobre los sintecho, la pobreza, la violencia y la exclusión social, pero nunca ha dejado de tomar instantáneas de las parejas que flirtean y se besan en los espacios públicos. Uno de los escenarios preferidos de Weber es el metro y a esta serie corresponden estas tres fotografías. Para saber más sobre el fotógrafo y su obra puede visitarse http://weber-street-photography.com/.



domingo, 20 de octubre de 2013

De la influencia de la prensa feminista comprometida sobre la vida cotidiana


Así reza el pie de esta postal de época ambientada en un coche de ferrocarril, pero las apariencias engañan porque se trata de una creación actual de la editorial suiza Plonk and Replonk. La imagen ironiza sobre las postales de estética semejante de principios del siglo XX, cuando las sufragistas eran el blanco de la burla de muchos dibujantes e ilustradores, hombres, naturalmente.

Los guiños no acaban aquí porque esta postal imita con fidelidad el aire de las series de fotografías que contaban pequeñas historias a modo de fotonovela, a menudo en verso. En Francia las llamaban cartes de fantasie y una de estas series, la tomada como modelo por Plonk and Replonk, titulada En wagon, con textos de Marcel Houjan y editada por Phototypie A. Bergeret et Cie de Nancy (Francia) en los primeros años del siglo XX, transcurre en el interior de un coche de segunda de compartimentos aislados. He aquí las postales 1 y 9 de la serie, con la correspondiente traducción:


En un vagón de segunda clase
Tomé plaza una hermosa  mañana
Frente a una carita bonita;
Y mientras mi desconocida
Bajó la mirada ingenua
Yo lo admiraba sigilosamente.


Yo defendí tan bien mi causa
Que mi bella, sonrojada,
Dejó con una sonrisa encantadora
Y una mirada llena de ternura
caer mi alma en la embriaguez,
Y yo la atraje triunfante.

Con lo visto y leído uno ya se hace a la idea de la estética y la mentalidad del momento... sobretodo si sabemos que la postal décima y última proclama: "Desde entonces viajamos juntos, / Esto es natural, me parece, / Porque ella es mi esposa ahora." Aunque el final sea moralista porque los tiempos lo requerían, el tema de la colección de postales es un clásico: la oportunidad de galanteo que ofrece el coche ferroviario, y éste es un tema que nació con el mismo ferrocarril y que sigue vigente en la literatura y el cine actuales. 

martes, 8 de octubre de 2013

El primer chispazo de un romance ferroviario


El primer capítulo de la novela Pilar Prim (1906) de Narcís Oller transcurre en un viaje en tren entre Barcelona y los Pirineos. Los párrafos iniciales describen muy bien los usos de la época, como vestir un guardapolvo al viajar en tren, usar el servicio durante el viaje o la existencia de compartimientos para mujeres solas:


La primera cosa que buscó Deberga al entrar en el muelle de la Estación del Norte fue un compartimiento vacío; y ya desesperaba de encontrarlo, y a punto estaba de meterse, enojado, en uno de los que menos gente contenía, cuando, haciéndole notar su criado que el conductor retiraba la placa de un reservado de señoras, corrió a meterse en él. Era medianos de julio, el cenit de la escapada estival de los barceloneses. El tren rebosaba de viajeros. Encontrar un compartimiento vacío donde poder tumbarse era sacar la lotería. Satisfecho del descubrimiento, puso en la red la bolsa de mano que llevaba, se endosó el guardapolvo, encendió un cigarrillo, se tumbó en el diván de utrecht rojo y abrió el periódico para adormecerse mejor.

Pero no viajará solo: la joven viuda Pilar Prim se instala con su hija de diecinueve años y su hijo menor en el compartimiento que ocupa el apuesto Marcial Deberga y se inicia el juego del interés y las miradas

Salió el tren de su cueva negra, avanzando con brío por las soleadas huertas del Vallés y entonces los compañeros de viaje se saludaron con frialdad, abrieron libros y periódicos, y pasaron ratos examinándose mutuamente, ya por encima de las hojas que no leían, ya a través de la tenue trama de pestañas que a menudo, contra su voluntad, el fulgor del sol les hacía cerrar.
–Es bien guapo –dijo al cabo de media hora la joven a la oreja de la mayor.
–Mucho –afirmó Pilar repasando, con toda la minuciosa observación de mujer, las facciones del aludido.
(…)
–¡Buena jembra! –exclamó, para sí, aquel sátiro ciudadano, formulándose la impresión en andaluz bien marcado. Y estuvo un rato hechizado, extasiado en la contemplación de aquella mujer.

El autor capta a la perfección el impulso instintivo, el chispazo de interés que se produce entre los viajeros y que acabará propiciando el romance que centra el argumento de la novela. Desde la misma aparición del ferrocarril, la literatura esta llena de aventuras nacidas en el acogedor anonimato de las estaciones y los trenes, pero en este capítulo inicial, Oller combina como pocos la descripción casi costumbrista del viaje con los sutiles inicios del romance.