El oficio de guardabarreras desapareció oficialmente en España en 2012, pero ya desde bastantes años antes se fueron instalando barreras automáticas accionadas desde el control centralizado de tránsito. A medida que iban desapareciendo, en toda Europa, fueron apareciendo pinturas, textos y películas que hablaban de ellos con nostalgia.
Julio Llamazares, incluyó el relato Paso a nivel sin barreras en el
volumen En mitad de ninguna parte (1995). Un guardabarreras sigue
acudiendo a su puesto de trabajo a pesar de que la compañía ha cerrado la
línea. Siguiendo el último horario de trenes, cierra puntualmente las barreras,
pero a medida que pasa el tiempo, va aumentando la frecuencia de las
circulaciones. Su actitud recalcitrante, que él vive como una resistencia
vital, vuelve locos a los viajeros que circulan por la carretera y a toda la
cadena de mando de la compañía. La empresa quita las barreras, pero el
guardabarreras jubilado sigue deteniendo los vehículos con su bandera y
aumentando las frecuencias de paso. Cuando la guardia civil, después de
intentar razonar con él, amenaza con detenerlo, roba una locomotora y se
suicida. Así arranca el relato:
–Lo siento.
Dijo
lo siento como podía haber dicho cualquier otra cosa, me da igual, o hasta
luego, por ejemplo. El jefe de la línea dijo lo siento y a continuación se
subió al coche y desapareció por la carretera sin detenerse siquiera, al cruzar
la vía, para mirarle por última vez.
Nocedo
le vio alejarse, esperó a que se perdiera tras la curva y, luego, entró en la
caseta como durante veinte años había venido haciendo después del paso de cada
tren. Incluso llevaba la bandera y la gorra bajo el brazo, como en los viejos
tiempos.
Hacía
veinte años que trabajaba en el ferrocarril, los veinte en el mismo sitio:
aquel paso a nivel perdido en medio del páramo por el que el tren hullero
atravesaba la carretera de Santander. Aunque los veinte anteriores también los
había pasado allí. Antes que él, su padre había ocupado el puesto.
Cuando su padre se jubiló Nocedo cogió el relevo. El sueldo no era gran cosa, pero tampoco había mucho donde elegir y, además, el trabajo no era duro. Aunque sí de responsabilidad. Y sujeto. Había que estar atento al paso de cada tren para bajar e izar las barreras. Entonces, cuando él empezó, había trenes cada hora (era la época del esplendor de las minas y todavía había gente en los pueblos) y tenía que estar todo el día pendiente del reloj. Cualquier descuido suyo hubiese provocado un accidente.
Radicalmente diferente es la tozudez de la guardabarreras que aparece en la película Guantanamera (1995) de los directores cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. En ella se incluye una divertida escena que transcurre alrededor de una caseta de guardabarreras entre Camagüey y Santo Espíritu. A pesar de que no hay anunciada ninguna circulación de trenes, la “guardiavía” (así se la denomina) baja la barrera cuando ve acercarse el camión de uno de sus amantes. Mientras lo retiene en el interior de la caseta para pedirle explicaciones por sus pocas visitas, llega al paso a nivel el coche en el que viaja la mujer que el camionero quiere conquistar para casarse; y para completar el cuadro, un convoy de mercancías que debería pasar de largo, se detiene porque el maquinista también tiene amores con la guardabarreras.
Le
président et la garde barrière (1997, El presidente y la guardabarrera) es un telefilme dirigido por Jean-Dominique de La Rochefoucauld basado en un
hecho real sucedido en 1920.
El presidente de la república francesa Paul Deschanel, que está viajando en tren y ha tomado somníferos para poder dormir, cae accidentalmente por la ventana de su compartimento. Camina de noche siguiendo las vías hasta llegar a la caseta del paso a nivel de Mignières-Gondreville. Allí trabaja Marie, una ex monja y enfermera en el frente, convertida en guardabarreras tras la muerte de su prometido en la guerra. Marie está dolida con su novio “por dejarla” y desea conocer a otro hombre. Reza a Bernadette Soubirous con esta intención cuando el presidente llega a su caseta. Durante su febril delirio, el presidente le dice a la guardabarrera que es traicionado por su asesor, el barón Hubert, un espía al servicio de Alemania que utiliza al presidente para romper las relaciones diplomáticas entre Francia y Gran Bretaña. A Paul Deschanel le gusta la pequeña y sencilla casa de Marie y le habla de arqueología, su pasión. Policías y ferroviarios buscan al Presidente a bordo de una dresina hasta encontrarlo. Su rival político, Georges Clemenceau, aprovecha este incidente para ridiculizarlo en la prensa y la guardabarrera deja su trabajo y se va a París para reunirse con Paul Deschanel y defenderlo. Pero este incidente acabará con su carrera política.
En 2019 se realizó un cortometraje con el mismo tema y título dirigido por Jean-Marc Peyrefitte.
Seguimos
en Francia. La novela gráfica de Bruno Heitz Les fantomes du garde-barriére
(1999, Los fantasmas del guardabarrera) tiene por protagonista un
tendero que también hace de detective privado. En esta entrega, el tendero
investiga la muerte bajo la apariencia de suicidio de Toto el Cojo,
guardabarreras en la línea férrea París-Morneville. Con toques de humor negro,
la acción transcurre en la Francia rural.
El novelista siciliano Andrea Camilleri
publicó en 2008 Il casellante (El guardabarrera), una obra
ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial con referencias al mito
clásico de Dafne. El guardabarrera Nino y su mujer Minica ocupan la caseta de
un paso a nivel en un paisaje árido y solitario frente el mar. La violencia de la
guerra y del fascismo provoca la pérdida del hijo que están esperando. Entonces,
Minica sufre una metamorfosis, como Dafne, y una quimera vegetal le hace creer
que puede convertirse en árbol, echar raíces y dar frutos. Su marido, enamorado
y solícito, la secunda con la esperanza de que ese hijo llegue a pesar del
entorno hostil. Estos son los primeros compases de la novela:
El tren de vía estrecha que partía despacio de Vigàta-Cannelle a
Castellovitrano, último pueblo servido por la línea, tardaba más o menos medio
día en llegar a destino, dado que las paradas previstas eran casi veinte, sin
contar las imprevistas debidas a atravesamientos de rebaños de cabras y ovejas,
o a alguna vaca a la que se le ocurría dormirse entre los rieles.
[…]
Eran lentísimos. Hasta tal punto que en verano, antes de que las
locomotoras tomaran la cuesta en las cercanías de la Scala dei Turchi, a menudo
los pasajeros más jóvenes tenían tiempo de desvestirse —llevaban el bañador en
vez de los calzoncillos—, tomar un baño rápido en el mar, coger nuevamente el
tren, que aún se afanaba, jadeando, en mitad de la subida, y tumbarse a secar
en la galería.
Es en este contexto
ferroviario que trabaja el guardabarreras protagonista:
Las casetas parecían cortadas con el mismo patrón. Pintadas de amarillo,
eran de una planta. Abajo estaba el comedor, la cocina y el retrete. Además de
la puerta de entrada, había una ventana lateral. Una escalera llevaba a la
planta superior, donde estaban el dormitorio y un cuartito. La ventana de esta
habitación estaba en perpendicular sobre la puerta de entrada. Al lado de cada
caseta había una especie de trastero en mampostería para guardar los equipos de
mantenimiento.
En marzo de 1942 llegó a la caseta Nino Zarcuto, treintañero, guapo, alto,
pelo y ojos negros como el inca, que ya no podía hacer de maniobrista porque al
enganchar dos coches se había cogido la mano izquierda entre los topes,
perdiendo el anular y el meñique. Por la misma razón no había podido partir
como soldado a la guerra.
Muchos de los
escritores actuales, con su mirada nostálgica o de rememoración del pasado,
evocan el final de la profesión. Jesús Carrasco, en su novela Intemperie
(2013), asocia la desaparición de un puesto de guardagujas con el final de la
vida en un pueblo a causa de la sequía:
Antes de la sequía, el padre atendía la barrera y se encargaba de asistir al jefe de estación en los cambios de vías. Cuatro veces al día accionaba el mecanismo que hacía bajar el madero al tiempo que tañía una campana de mano. Algunos camiones paraban sus motores y los conductores se bajaban y liaban sus cigarros mientras veían pasar lentamente los convoyes en dirección al mar. Eran tiempos en los que los mercancías llegaban vacíos y se marchaban cargados con la avena, el trigo y la cebada del silo. Luego llegó la sequía y las llanuras languidecieron hasta morir. Dejó de crecer el grano y la compañía de ferrocarriles desguazó los vagones o los dejó varados. Cerraron la estación y destinaron al jefe a un puesto más al este. En un año se marcharon más de la mitad de las familias. Aguantaron los pocos que tenían pozos profundos, los que habían hecho dinero con el cereal y algunos que no tenían ni una cosa ni la otra, pero que se sometieron a las nuevas reglas de la tierra seca. Su familia no tenía pozo ni fortuna, pero se quedó.
El tema
sigue inspirando, como es el caso de Josep Molet
Rosell y su novela La guardesa (2022). La protagonista narra en primera
persona qué le ha llevado a anunciar en la prensa que se suicidará tirándose al
tren en su paso a nivel si no ocurre un hecho determinado. La novela es un thriller inverosímil en cuenta atrás coprotagonizado
por una periodista que intenta desentrañar el misterio y salvar la vida de la
guardesa. Desde los
primeros compases, usando los tópicos al uso, el autor intenta reflejar la
soledad, la rutina y la dureza de la profesión. Dice la protagonista de su
madre, también guardesa, que la abandonó de pequeña:
Lo que no soportó, pienso yo, era tener que pasar los días enteros encerrados en el interior de esta pequeña caseta de madera esperando atenta para advertir la llegada del tren en la lejanía y cerrar el paso con las cadenas a los vehículos y carruajes. [sic]
Los guardabarreras no han escapado a las
burlas y las críticas de los dibujantes. El ilustrador victoriano Thomas Crane
publicó la ilustración Train Gatekeeper in Northern France (c. 1850, Guardabarrera
en el norte de Francia) acompañando un poema en el que se explica que la
mujer ha de cerrar la barrera y atender el paso del tren con la bandera y la
corneta porque su marido es un holgazán que no atiende sus obligaciones. Es la ilustración que encabeza esta entrada.
La litografía de Henri-Georges Meunier de principios del siglo XX nos muestra, aparentemente, un guardabarrera distraído o perezoso, pero, en realidad es una sátira a las insensatas exigencias de los automovilistas que participaban en las carreras entre ciudades que empezaron a popularizarse en aquella época.
En la postal de 1936, bajo el título Le devoir, vemos a un guardabarreras muy celoso de su cometido, pues le dice a los campesinos: «Je suis le gardien de “ces rails” et je n’ouvre qu’aux coupés.» («Yo soy el guardián de estos railes y sólo abro a las calesas.») El juego de palabras está en que “ces rails” suena como “serail” (serrallo o harén); “coupés” (cortados) se refiere a los eunucos.
Cuatro años antes se había estrenado en
Madrid la revista musical La pipa de oro, con música de Ernesto Pérez y Manuel
Martínez y texto de Enrique Paradas y Joaquín Jiménez, que contenía el
pasacalle La guardabarrera cuya letra está
impregnada del feminismo incipiente que era muy común en este tipo de
canciones.
Yo soy la guardabarrera
tengo mi paso a nivel,
la que pone la cadena
cuando va a pasar el tren.
Me pretendió un maquinista
y me buscó un guardafrenos,
y hoy me quiere un guardagujas
y me adora un fogonero.
No me asusta ningún hombre,
pues los conozco muy bien
y por eso a todos ellos
los comparo con el tren. ¡Ah!
Hay hombres que son correos,
expresos y mercancías,
y hay algunos que son cortos
como los trenes tranvías.
[…]