miércoles, 30 de abril de 2014

Eric Lomax: ferrocarril, tortura y perdón

Ya puede verse en las carteleras auropeas la película The Railway Man (Un largo viaje) del director Jonathan Teplitzky. Esta producción australiano-británica estuvo en la sección oficial del festival de San Sebastián del año pasado. En España se ha anunciado su estreno para septiembre de este año. La película es una adptación del libro autobiográfico The Railway Man de Eric Lomax.

El escocés Eric Lomax (1919 - 2012) vivió una horrible experiencia durante la Segunda Guerra Mundial cuando cayó prisionero de los japoneses. Estuvo en un batallón que realizaba trabajos forzados en la construcción del ferrocarril con que los nipones quisieron unir Burma y Siam. A raíz de la confección artesanal de un receptor de radio clandestino, fue detenido y castigado junto con otros soldados, pero cuando le encontraron un mapa de la línea ferroviaria, que había trazado por pura afición al ferrocarril, lo entregaron a la Kempei que lo torturó y encerró en una cárcel inhumana bajo la acusación de espionaje. 

Su estremecedora experiencia la plasmó en el libro editado por Vintage Books en 1995, en el que
narra el trato recibido, las secuelas que le dejó la tortura, cómo se rehizo de ellas, el odio larvado hacía los japoneses y su encuentro final de reconciliación con Takashi Nagase, su interrogador durante la sesiones de tortura por ahogo con agua. El libro, que lamentablemente no se ha traducido al español, es de un gran interés humano, pero también ferroviario. Desde adolescente Eric Lomax se consideraba a sí mismo un aficionado ferroviario profundo. En el libro nos narra sus observaciones ferroviarias en la Gran Bretaña y cómo durante la guerra y su cautiverio no perdía ocasión de practicar su afición, lo que no extrañará a cualquier entusiasta ferroviario. La fascinación de Lomax por las consecuciones de la tecnología queda recogida en los primeros párrafos del libro.
Es difícil explicar a los jóvenes nacidos en países que casi han olvidado la metalurgia pesada como eran de imponentes los procesos industriales que han conformado nuestra vidas; para mi padre, y para mi después, las grandes máquinas no eran temibles ni penosas, sino constructos admirables, tan fascinantes como la naturaleza, criaturas creadas por los humanos.
Eric Lomax fue testigo de la construcción de un ferrocarril al cual renunciaron los colonos europeos pues consideraron que el precio que se pagaría en vidas humanas sería demasiado alto. Del intento de los japoneses se dice que produjo un muerto por cada traviesa. A pesar de vivir en este infierno, su fascinación por el ferrocarril no se enfrió.
Incluso aquí, en un campo de prisioneros cercano a los responsables de organizar la crueldad a gran escala y capaces de una crueldad espontánea e inimaginable con los individuos, yo fui capaz de disfrutar con las locomotoras que me gustaban y a las que ahora estaba involuntariamente tan cercano. Un día, poco después de la partida de los grupos F y H, del lado de la nueva línea de Burma se levantó una columna de humo y vapor. No había habido antes locomotoras sobre estos raíles, y yo me levanté rápidamente. El tren, pequeño y con tres o cuatro vagones de mercancías, entró en el campo de prisioneros. Era una bella máquina preservada, construida en el cambio de siglo por Krauss de Munich. Recuerdo la alegría de su súbita aparición entre las palmeras.
En el tramo final de libro, cuando se narra el emotivo encuentro entre Lomax y Nagase, entre el torturador que pide perdón y el torturado capaz de perdonar, el autor no puede evitar describirnos la locomotora preservada que hace de muda testigo desde un monumento cercano al puente sobre el río Kwai donde se produce la cita:
Hay una locomotora de vapor C56 inmaculada, descrita por los autores del monumento como la primera en circular por la línea de Burma. Se yergue orgullosa, sus deflectores de humo pulidos, sus grandes ruedas motrices presionando la grava, su belleza, un monumento a la barbarie.
Estas famosas C56 fueron construidas a partir de 1934 para las líneas de larga distancia del Japón. Unas 90 unidades fueron construidas para anchos de vía de 1067 i 1000 milímetros y destinadas a las ocupadas Birmania y Tailandia.

Esperemos que, con el estreno en España de la película, nos llegue también una buena traducción del libro.

jueves, 24 de abril de 2014

Rompenieves, releyendo la novela gráfica


Se ha anunciado para el 9 de mayo el estreno en España de Transperceniege (Rompenieves) la adaptación al cine de la novela gráfica del mismo nombre. Mientras esperamos la película, es tiempo de recordar el cómic.

En 1984 el guionista Jacques Loeb (Lob) y el dibujante Jean-Marc Rochette, publicaron el primer volumen de la serie. En un futuro en el que el cambio climático ha helado el planeta hasta hacer imposible la vida, un tren de 1001 coches contiene toda la humanidad superviviente debidamente clasificada en coches dorados, coches de segunda y vagones de mercancías para los parias. El tren es arrastrado por una locomotora, divinizada por la población, que va equipada con un motor y una fuente de energía que, aunque muy poco a poco, va agotándose.

Un héroe que logra salir de la parte trasera, y que cuenta con el apoyo de una activista pro derechos de los viajeros de cola, consigue recorrer el tren y descubrir sus secretos y las intenciones de la clase dominante. El guión tiene una clara intencionalidad política y mantiene el interés de manera creciente, pero el dibujo, aunque es adecuado al argumento, no representa muy bien la acción y tiene un tempo desequilibrado.

En 1999, el guionista Benjamín Legrand tomó el relevo del fallecido Lob para realizar la segunda y la tercera parte de la historia. Los protagonistas de estas nuevas entregas son un explorador del exterior y la hija del presidente de la Hermandad de la Santa Locomotora, una creadora de viajes virtuales para la población que viaja en el tren. La diferencia entre el guión de Lob y los de Legrand radica en que el primero plantea el argumento en términos éticos, mientras que el segundo se pierde en una deriva sin mucho fundamento que aboca a un final nihilista. Incluso la coherencia feroviaria se rompe en las entregas dos y tres: el lector puede llegar a olvidar que la acción transcurre en un tren, sobretodo cuando éste abandona la vía sobre unas orugas y cruza la superficie helada del mar en busca del origen de una lejana señal de radio.

No es de estrañar, pues, que la versión cinematográfica se base exclusivamente en la primera parte de la novela gráfica.

A continuación unas viñetas del primer volumen que dan idea de su planteamiento.



Y ahora unas viñetas del segundo volumen, con los exploradores en acción tras una parada del tren.


Y finalmente, estas viñetas del tercer volumen con el tren avanzando por el mar helado sobre las orugas.

martes, 15 de abril de 2014

Ferrocarriles en la cartoteca


Esta es una fotografía de una carta auxiliar para la enseñanza del francés. Uno de los actos del centenario del Institut Escola del Traball (Instituto Escuela del Trabajo) de Barcelona, ha sido una exposición de piezas de la cartoteca histórica del centro. Entre mapas y láminas diversas, la mayoría técnicas como corresponde a la naturaleza del centro, destacan por su factura las destinadas a la enseñanza del francés.

Las cartas fueron publicadas a principios del siglo XX por el editor de Burdeos G. Delmas y las ilustraciones son de Emile Poissonie. Los Tableaux Auxiliaires Delmas llegaron a Barcelona en los años treinta por el pedido del profesor de francés del centro sr. Francesch Pastor.

La carta que se reproduce ilustra una estación de ferrocarril. Todos sus elementos están numerados para que profesores y alumnos puedan referirse a ellos: ferroviarios, material rodante, elementos arquitectónicos, pasajeros, equipajes, servicios, material auxiliar... Merece la pena entretenerse con los detalles.





viernes, 4 de abril de 2014

Un momento erótico y ferroviario de Marguerite Duras


Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Marguerite Duras (Gia Dinh, Vietnam, 1914 – París, Francia, 1996), novelista, guionista y directora de cine francesa. En 1986 publicó Le train de Bordeaux (El tren de Burdeos), un relato breve que se limita a aprehender un instante, a describir una experiencia vivida durante un viaje en tren. Una anécdota que se inscribe de lleno en el erotismo ferroviario.
Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño.
La joven entabla conversación con el hombre, le narra historias de la vida en las colonias, de sus planes de futuro. Cuando es hora de dormir, él sale a buscarle una manta y la tapa.
Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado. 
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer (1).
Parece claro que el hecho relatado fue vivido por la autora o, al menos, es la reelaboración literaria de una experiencia personal, como ya ocurría en su obra más conocida, L’amant (1984, El amante), que narra la apaisonada relación amorosa entre una adolescente de quince años y un rico comerciante chino de veintiseis. Recibió el premio Goncour del mismo año.

Marguerite Duras es una más de la larga nómina de autores que han ambientado episodios eróticos en el ferrocarril.

(1) Traducción de Menene Gras Balaguer

miércoles, 19 de marzo de 2014

Viajando en tren con Jules Verne

Los de mi generación no leemos Julio Verne, lo releemos, y en esta ocasión le ha tocado a Claudius Bombarnac (1892). La novela narra el viaje del corresponsal del Siglo XX en el Gran Transasiático de Tiblisi a Pequín. El periodista selecciona los pasajeros que espera le proporcionen materiales para su pluma y relata el trayecto con la esperanza que algún incidente o aventura le permita enviar a París un buen reportaje. Los tendrá: ataques de bandidos, casamiento a bordo, polizones, sabotajes...


La mirada de Verne sobre el ferrocarril es poco interesada, se dan los detalles técnicos imprescindibles sobre el trazado y la construcción de la línea y sobre la composición del tren, pero no hay la misma pasión por el medio de transporte que percibimos en el viaje a la luna o en el viaje submarino. Aun así, nos da algunos detalles técnicos, como la fuelizació de la locomotora rusa:
Las calderas de las máquinas están alimentadas por medio de un aparato pulverizador, con los residuos provenientes de la destilación de esta nafta, que Bakou y Derbent proveen de manera inagotable. En determinadas estaciones de la línea existen vastos depósitos llenos de dicho combustible mineral, vertido en los recipientes del ténder, y quemado en las parrillas de que están provistas las máquinas. También se emplea la nafta en los vapores que surcan el Volga y otros afluentes del Caspio.
Cita velocidades (50 km/h en Rusia y 30 km/h en China), pero es poco cuidadoso con algunos detalles esenciales, como en esta referencias a los bogies:
Nuestro tren comprende una locomotora montada sobre cuatro ruedecillas, lo que le permite seguir las curvas más pronunciadas, un ténder con depósito de agua y combustible, un furgón de cabeza...
Se atreve con la manera de hacer explotar la caldera para parar el tren que va camino de caer por un
precipicio:
Kinko (el polizón), enérgico y resuelto, no ha perdido su sangre fría… En vano trata de manejar la palanca, de dar contravapor y de apretar los frenos… No sabe cómo hacerlos funcionar. —¡Hay que avisar a Popof!… exclamé yo. —¿Y qué va a hacer?… Sólo hay un medio … —¿Cuál? —Activar el fuego, responde Kinko con calma; cerrar las válvulas, y hacer que la locomotora estalle … Este es el único medio… medio desesperado de detener al tren antes que llegue al viaducto… Kinko ha llenado el horno de enormes paletadas de carbón. Prodúcese un tiro excesivo, que abrasa masas de aire al través del horno… La presión sube. Escapa el vapor por las válvulas y junturas con estridentes silbidos. Ronquidos de la caldera… Espantosos aullidos de la máquina. La velocidad se acelera, y debe de pasar de cien kilómetros…
Explota la caldera, cuando es poco probable que una locomotora de aquellos años no tuviera válvulas de seguridad: las mecánicas de muelle que se abren con la sobrepresión y un tapón de aleación de plomo que se funde con el exceso de temperatura y provoca que el agua de la caldera caiga sobre el fuego y lo apague. Otra descripción poco verosímil es la de la explosión: destroza la locomotora por arriba y por los costados, pero no por la parte inferior, de manera que “las ruedas han resistido, la locomotora ha continuado corriendo lo suficiente para que la velocidad disminuyese paulatinamente. El tren, pues, se ha parado por sí mismo.”

Algunos aspectos de la novela, resultan ahora anacrónicos, como el uso indiscriminado de estereotipos nacionales en los personajes y los pueblos. Otros son eco de la idea circulante en aquella época de que el tren uniría los pueblos de Europa y Asia en una hermandad y un progreso comercial que evitaría nuevas guerras. El sueño terminó ahora hace justo 100 años con la Gran Guerra.

(Se ha tomado la traducción editada por RBA en 2012. Las ilustraciones son de la época de la primera edición en francés)


miércoles, 12 de marzo de 2014

Caminos de hierro 2014, la selección del bloguero


La semana pasada se dieron a conocer los ganadores de la vigésimo séptima edición del concurso fotográfico Caminos de hierro convocado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. La obra ganadora fue A puertas abiertas. La autora, Encarna Mozas, retoma en su trabajo la apreciación del frrocarril como posibilidad de marcha, de mejora, de huida, de búsqueda de nuevas oportunidades. Es tal el arraigo de esta idea, que el espectador indentifica enseguida el espacio como vestíbulo de estación e interpreta la luz exterior como el objetivo que alimenta la esperanza del personaje en tránsito y le impulsa a tomar el tren.

Encarna Mozas, con sus palabras, completa lo que nos ha dicho con la imagen: "Los cambios y convulsiones sociales, políticas y ante todo económicas han provocado a lo largo de toda la historia movimientos migratorios. En los lugares donde habita el abandono, se percibe el poso de lo que existió, las puertas que no cerraron los que se fueron o las que abren los pillastres o los habitantes de paso. Entre unos y otros la naturaleza va abriéndose camino por las puertas abiertas."

Hay dos obras, y aquí viene la selección personal del bloguero, que destacan por ser fruto de miradas fascinadas e interesadas por los constructos tecnocientíficos ferrovarios en tanto que objetos autónomos en el plano artístico.


José Torres Tabanera, el ganador del segundo premio, explica que "la serie a la que pertenece la fotografía La Edad de Hierro, 2 fue realizada el pasado otoño en una estación ferroviaria abandonada de la localidad de Riotinto, en Huelva. Respecto al tema, siempre me han fascinado los trenes, las locomotoras de vapor, los cambios de vía, las estaciones abandonadas... Y he intentado plasmar la imagen que tengo de ese mundo desde la niñez; un lugar laberíntico y misterioso dominado por la oscura belleza de la maquinaria..."

Riotinto era el escenario ideal para que la mirada del artista sobre los vestigios del pasado industrial tuviera la misma calidez, respeto y minuciosidad que la del que contempla y fotografía, digamos, las ruinas de un puente romano.


Lluís Pujolàs, al revisitar su serie Catenaria, que obtuvo un accésit nos cuenta: "Al realizar las imágenes me venían a la mente palabras como soledad, distancia o inadvertencia… Pensaba en la importancia de los elementos de la catenaria que normalmente pasan desapercibidos para la mayoría de nosotros. Pensaba en la transcendencia de su uso. En la facilidad con la que nos acomodamos y disfrutamos de los viajes, despreocupados de la infinidad de mecanismos que nos permiten deleitarnos del trayecto. La colección sobre la catenaria, en realidad, puede leerse como un homenaje a lo oculto, a lo maravillosamente discreto."

Pujolàs ha otorgado a las catenarias el papel de correlato de una percepción humana, la de la soledad, pero su obra va más allá porque su mirada fotográfica se centra en la factura de las piezas, en la belleza formal de las ruedas con rádios simétricos, de los cables tensos, de los aislantes traslúcidos. De nuevo, la mirada del fotógrafo sobre los mecanismos instalados es similar a la hubiera utilizado ante una obra de arte como, digamos, una escultura de Alfaro.

Mozas, Torres i Pujolàs, juntos, son una perfecta antología de la mirada artística actual sobre el ferrocarril, una mirada que incluye los aspectos, sociales, históricos y formales. Caminos de hierro 2014 ha acertado en su elección.

domingo, 2 de marzo de 2014

Luces de estación en la obscuridad

De noche, las estaciones de tren tienen un encanto particular, parecen templos adormecidos después de un culto frenético o teatros con las luces apagadas después de la función. Los discos coloreados de los semáforos y las luces tenues de los faroles son los que les proporcionan esa atmósfera misteriosa y reticentemente acogedora. En este fragmento de la novela Los siete locos (1929) del argentino Roberto Arlt, el protagonista, a pesar de sus tribulaciones, se fija en las luces de los semáforos.
Un trozo de andén de la estación de Témperley estaba débilmente iluminado por la luz que salía de una puerta de la oficina de los telegrafistas. Erdosain sentose en un banco junto a las palancas para los cambios de vías, en la oscuridad. Tenía frío y tal vez fiebre. Además experimentaba la impresión de que la idea criminosa era una continuidad de su cuerpo, como el hombre de tiniebla que pudiera arrojar en la luz. Un disco rojo brillaba al extremo del brazo invisible del semáforo: más allá otros círculos rojos y verdes estaban clavados en la oscuridad, y la curva del riel galvanoplastiado de esas luces sumergía en las tinieblas su redondez azulenca o carminosa. A veces la luz roja o verde, descendía. Luego todo permanecía quieto, dejando de rechinar las cadenas en las roldanas y cesando el roce de los alambres en las piedras.
El intelectual catalán Ferran Soldevila fue lector de español en la universidad de Liverpool entre 1926 y 1928. Las impresiones y experiencias de aquella estancia están recogidas en el volumen Hores angleses (1938, Horas inglesas). Hay diversas anotaciones sobre el tren en este dietario. Algunas son sencillos apuntes poéticos, como este recuerdo de su regreso a Inglaterra para empezar el nuevo curso en octubre de 1927:
Londres: – Niebla espesa: las luces de la estación suspendidas del firmamento.
Javier Marías también fue lector de español en Inglaterra, en su caso en Oxford. En los primeros compases de la novela Todas las almas (1989), ambientada en esta ciudad universitaria, hay una memorable escena en el andén de la estación de Didcot, donde el protagonista espera su enlace para Oxford. La iluminación nocturna de la estación conforma la atmósfera.
En Inglaterra los desconocidos no suelen hablarse, ni siquiera en los trenes ni durante las largas esperas, y el silencio nocturno de la estación de Didcot es uno de los más extensos que yo he conocido. (…) Unas pocas luces, separadas por decenas de metros para así evitar el despilfarro, alumbran temerosamente estos andenes aun no barridos que semejan el suelo dejado atrás por una fiesta callejera y pobre. Apenas si se distinguen los breves tramos de piedra y riel que cada una ilumina con parpadeos, y una de ellas ilumina también mi rostro que surge de un abrigo azul marino con el cuello subido y unos zapatos y tobillos de mujer cuya dueña queda en sombra.
Probablemente sea el pintor Lionel Walden qui más haya jugado con las luces de los semáforos y de las estaciones, como pude verse en estas dos obras de 1890 y 1894. Ambas pintadas en la zona portuaria de Cardiff, capital del País de Gales (GB) a la hora del crepúsculo, cuando la luz de los semáforos ya prevalece sobre la obscuridad que se acerca.


viernes, 21 de febrero de 2014

Erotismo y ferrocarril, una vínculo inagotable


Esta escena de Some Like it Hot  (1959, Con faldas y a lo loco) es de las más celebradas del cine clásico. Sobre ella escribió el escritor y cineasta Luís Alegre: “En ese instante sucede algo milagroso: al paso de la inmensa Marilyn, la máquina del tren pita y dispara un chorro de vapor sobre su cuerpo. El talento de Wilder y su coguionista Diamond provocó que un tren manifestara su opinión, se excitara, cobrara vida." Si esta escena la seguimos considerando antológica es porque ilustra un vínculo antiguo, constante y perdurable: el del ferrocarril con el erotismo.

El ferrocarril se convirtió, justo en el momento de nacer, en una oportunidad para la aventura, la escapada, el encuentro clandestino, el flirteo inesperado. La literatura, el cine, la ilustración, la fotografía y el cómic han dejado abundantes testimonios de como el ferrocarril has sido, es y seguirá siendo un propiciador del romance, un facilitador de la aventura amorosa, un escenario excitante para el intercambio erótico. Más todavía, el ferrocarril mismo ha sido utilizado por cine y literatura como metáfora erótica.

Para ilustrar las afirmaciones anteriores basta recordar el éxito de El tren expreso (1871) de Ramón de Campoamor, que una de las primeras cintas de Edwin S. Porter  fue un episodio erótico en un tren en What Happened in the Tunnel (1903), que el pintor surrealista Paul Delvaux dedicó buena parte de su obr a representar mujeres con trenes, que de La bête humaine (1890) de Émile Zola se han hecho cinco versiones cinematográficas a cual más tórrida. Y si el paso del vapor al diesel i a la tracción eléctrica ha supuesto, para algunos, una pérdida de encanto, no parece que en cambio haya provocado un enfriamineto de la relación entre Eros y el ferrocarril, la prueba está en que las estaciones y los trenes siguen siendo el escenario escogido para contener historias de amor en novelas, películas, series, pinturas, fotografías y cómics que llevan firmas como las de Italo Calvino, Marguerite Duras, Luisgé Martín, Isabel Coixet, Lars von Triers, Emilio Pina, Don Anderson, Hugdebert o Matt Weber.

Si la escena del chorro de vapor de Some Like it Hot es antológica para ilustar el vínculo en el cine, para la literatura podría tomarse un pasaje de la novela Waterland (1983, El país del agua), de Graham Swift, en la que dos adolescentes descubren el amor y el despertar de la sexualidad en sus encuentros en el ferrocarril y, en ése despertar temprano, mucho tiene que ver el traqueteo del tren. 
De manera que fue en la pequeña composición de cuatro vagones que tenía parada en la estación de Hockwell (a tiro de piedra del paso a nivel y la garita de señales de Jack Parr) donde Mary y yo nos conocimos. Y donde, con el acompañamiento de las parloteantes ruedas del vagón y en una atmósfera llena de humo de la locomotora, empezaron a hacer su aparición ciertos irreprimibles síntomas, y adoptamos determinadas medidas, tácita o francamente, a fin de mitigarlos.
(…)
De modo que el Great Eastern Railway, que puso en contacto, dos veces al día. a estos jóvenes —ella con su uniforme rojo herrumbroso, y él de color negro azabache— debe ser responsabilizado de la desinhibición que, sin sus sacudidas y traqueteos, hubiese podido tardar mucho más en producirse, y de una fusión de dos destinos que, de otro modo, quizá no se habría producido.
El vínculo es inagotable y es cuestión de saborearlo poco a poco, relato a relato, película a película, ilustración a ilustración porque, tanto en lo viajes en tren como en el quehacer erótico, las prisas siempre son malas compañeras.


jueves, 13 de febrero de 2014

El costumbrismo ferroviario de Wang Fu Chun


Trabajador del ferrocarril reconvertido en fotógrafo, Wang Fu Chun (Harbin, 1943) ha sido, durante tres décadas, cronista gráfico de la evolución del ferrocarril chino, de las locomotoras de vapor hasta los trenes de alta velocidad.

En la década de 1970, el fotógrafo realizó una serie de imágenes de pasajeros en los trenes que captan al mismo tiempo el candor del modelo que se sabe retratado y la viveza de la instantánea costumbrista. Los viajes para reunirse con la familia para las celebraciones, las distintas generaciones viajando juntas, las pequeñas anécdotas de viajar con niños, los arrumacos de los amantes, las maneras de matar el tiempo en los largos viajes, nada escapa del objetivo de Wang. La serie ha sido publicada bajo el título Chinese On The Train y ha viajado por diversos países.









miércoles, 5 de febrero de 2014

El tiempo entre costuras... vía Delicias


Esta escena corresponde al capítulo undécimo de la serie El tiempo entre costuras, una producción de Boomerang TV para Antena3 que acabó de emitirse el mes pasado con gran éxito de audiencia. En la novela (2009) de María Dueñas en la cual se basa la serie, Sira, la protagonista, también se dispone a tomar el Lusitania Express, pero se lee:
No observé ningún cambio en su actitud hacia mí, ni mostró la menor señal de suspicacia: estuvo como siempre, atento, ameno y seductor, como si todo su mundo girara alrededor de aquellos rollos de hermosas sedas de Macao que me mostró en su despacho y nada tuviera que ver con la obscena negrura de las minas de wolframio. Recorrimos por última vez la Estrada Marginal y atravesamos veloces las calles de Lisboa haciendo volver las cabezas de los viandantes. Entramos en el andén veinte minutos antes de la salida, él insistió en subir conmigo al tren y acompañarme hasta el compartimento. Recorrimos el pasillo lateral, yo delante, él detrás, apenas a un paso de mi espalda, cargando aún mi pequeño maletín en el que las pruebas de su sucia deslealtad se mezclaban con inocentes productos de aseo, cosméticos y lencería. —Número ocho, creo que hemos llegado —anuncié.
 La puerta abierta mostraba un compartimento elegante e impoluto. Paredes forradas de madera, cortinas descorridas, el asiento en su sitio y la cama aún sin preparar.
 —Bueno, mi querida Arish, ha llegado la hora de la despedida —dijo mientras dejaba el maletín en el suelo—. Ha sido un verdadero placer conocerte, no me va a resultar nada fácil acostumbrarme a no tenerte cerca.
El tren parte y, durante el trayecto, es atacada por los hombres de Da Silva y ayudada por Marcus. En la serie, los dos secuaces la acorralan en el andén y Marcus la ayuda a escurrirse a través de las vías hasta su coche, con el que emprenden la huida.

La escena de la serie se filmó en la estación de Delicias de Madrid maquillada con un cartel sobre la puerta que rezaba "Estaçäo Lisboa Santa Apolónia". La estación acoje el Museo de Ferrocarril de la Fundación de los Ferrocarriles españoles, y los cámaras tuvieron que hacer auténticas maravillas para destacar la locomotora humeante del tren que se supone que toma la protagonista y disimular el resto de material expuesto. No siempre lo logran: en un momento dado, vemos los colores verde y amarillo de la 4020, que no se fabricaría hasta veinte años largos despues de la acción.


En la secuencia siguiente, nos podemos recrear con el material pendiente de restauración de la playa de vías trasera y, cuando alcanzan el automóvil de Marcus, admirar la arquitectura siempre agradable de los edificios de la estación. El resultado global es satisfactorio y es muy probable que el espectador medio, atrapado por la historia, ya no recuerde que, capítulos atrás, ya se vió a la misma estación de Delicias hacer a la vez de estación madrileña y de estación lisboeta con toda naturalidad.

Volvamos al texto de la novela. El fragmento que se reproduce a continuación es el que corresponde al tema de la pérdida y recuperación, durante la huida, de los cuadernos con los patrones en los que está encriptada la información sobre el wolframio. Es la misma escena que hemos visto trasladada al andén de Santa Apolonia. María Dueñas consigue una buena recreación del ambiente ferroviario jugando con la descripción de la acción y las referencias a los sonidos.
Y entonces, en medio de aquel caos de apremios, ánimos alterados y voces superpuestas, oímos el chillido afilado del tren al frenar.
Todo en el andén quedó de repente callado e inmóvil, como cubierto por una sábana de quietud mientras las ruedas rechinaban sobre los raíles con un sonido agudo y prolongado.
Marcus fue el primero en hablar.
—Han accionado la alarma. —Su voz se hizo más grave, más imperiosa—. Se han dado cuenta de que hemos saltado. Vamos, Sira, hay que salir de aquí ahora mismo.
Automáticamente, el grupo entero se puso de nuevo en acción. Volvieron los bramidos, las órdenes, los pasos sin destino y los gestos iracundos.
—No podemos irnos —repliqué dando vueltas sobre mí misma a la vez que barría el suelo con la mirada—. No encuentro mi cuaderno.
—¡Olvídate del maldito cuaderno, por Dios! —gritó furioso—. ¡Vienen a por ti, Sira, tienen orden de matarte!
Noté que me agarraba el brazo y tiraba de mí, dispuesto a sacarme de allí aunque fuera a rastras.
—No lo entiendes, Marcus: tengo que encontrarlo como sea, no podemos dejarlo atrás —insistí mientras seguía buscando. Hasta que distinguí algo—. ¡Está ahí! ¡Ahí! —grité intentando zafarme mientras señalaba algo en medio de la oscuridad—. ¡Ahí, en la vía!
El sonido chirriante de los frenos se fue debilitando y el tren quedó por fin parado con las ventanillas llenas de cabezas asomadas. Las voces y los gritos de los pasajeros se sumaron a la bronca incesante de los ferroviarios. Y entonces los vimos. Dos sombras caídas de un vagón corriendo hacia nosotros.