lunes, 18 de abril de 2016

Terror en las líneas de metro


Kontroll (2003), del director húngaro Nimród Antal y que obtuvo premios en los certámenes de Cannes y Chicago, narra las aventuras y desventuras de los revisores del metro de Budapest, sus enfrentamientos con los pasajeros incívicos, sus problemas laborales y la rivalidad entre ellos. Los revisores se encuentran atrapados entra la picaresca de los que pretenden viajar sin billete y las decisiones de unos jefes a los que nunca ven y que controlan el sistema desde sus pantallas. Además, el mundo subterráneo está poblado por personajes inquietantes, como un demente que rocía con spray a los revisores en nombre de la Sociedad de Liberación de los Pasajeros, una mujer que viaja disfrazada de oso, un asesino y tipos similares. Más allá del argumento, que se sostiene por sí mismo, la película puede verse como una parábola de la tensión social en el país. 

Antes que en Kontroll, este uso ya se vio, por ejemplo, en The Warriors (1979, Los amos de la noche), pero mientras en estas dos películas existe una clara intención de analizar un contexto social determinado, en muchas otras los túneles del metro son puro escenario para películas de terror sangriento o directamente tipificables como gore. Algunos críticos quieren ver en este tipo de cintas un reflejo del malestar de las nuevas generaciones, sea eso o sea pura casquería, estas películas, que pasaron con discreción por la gran pantalla, se han convertido en cintas de culto en ciertos grupos de afición.


Death Line (1972, Sub-humanos - Raw Meat) tiene un argumento tan sabroso como el siguiente: en los recovecos de los túneles del metro londinense vive un grupo de caníbales que son descendientes de los obreros victorianos que quedaron enterrados vivos durante su construcción. Un inspector trata de descubrir el origen de esta gente y poner freno a su forma de vida.



La canadiense End of the Line (2007), de Maurice Devereux tiene como único argumento la acción de un grupo de miembros de una secta cristiana que, para salvar a los ciudadanos del inmediato apocalipsis, les asesinan con sus puñales en forma de cruz para que su alma se salve y no sea capturada por los demonios. Toda la cinta trascurre en el metro: coches, cabinas de conducción, espacios de trabajo de los ferroviarios, salas de control, túneles de maniobra. Todo con un punto de inverosimilitud.


Más inverosímil todavía es Midnight Meat Train (El vagón de la muerte) del estadounidense Ryuhei Kitamur. Un fotógrafo que intenta captar el lado oscuro del ser humano sigue la pista de un supuesto asesino en serie cuyas víctimas suelen viajar en el último metro. Para evitar el expolio, diremos solamente que el último convoy de la jornada está equipado con un coche-matadero, matadero humano, claro, y que todo está organizado, con conocimineto de las autoridades, para servir a una secreta finalidad.


Visto lo visto, quizás fuera hora de que alguna película reflejara la comodidad, la luminosidad, el espacio y la eficiencia de los metros que, en las grandes ciudades del mundo, resuelven con eficiencia los retos del transporte de viajeros.