miércoles, 1 de abril de 2020

Una serie ferroviaria japonesa muy muy friqui


La forma de criar a Tetsuko es el nombre con que se tradujo y se emitió en algunos países de Sudamérica la serie japonesa Tetsuko No Sodatekata (鉄子の育て方). La serie narra las aventuras y desventuras de una chica que aspira a ser presentadora de televisión y que, después de cuarenta y siete rechazos acaba encontrando trabajo en Tetsudo TV, un canal por cable dedicado a la pasión por los trenes, una pasión que raya el friquismo a la japonesa más extremo.


El título, a primera vista, parece que se refiera a criar o educar a una persona, pero no es así porque la traducción no es fiel al título original. Tetsu es la palabra japonesa para hierro, el ferrocarril se denomina tetsudo y la raíz tetsu se usa para formar palabras derivadas. La terminación ko se usa como forma de inclusión, también la de género, de manera que tetsuko significa “ferroaficionado/a”. La tradición textual correcta del título de la serie sería La manera de formar a una fan de los trenes.


Los cuatro componentes de la cadena televisiva son un propietario que siempre está encerrado en su despacho con sus fetiches ferroviarios, un director y cámara, un editor y productor y un encargado de sonido. Todos cuatro están perdidamente locos por los trenes: los recorren, imitan sus sonidos con la boca, los filman a la que los ven y entrevistan a curiosos aficionados y aficionadas que están tan pillados como ellos.

 

La pobre protagonista aprende sobre los trenes a base de voluntad, de verse superada por la presentadora de la competencia y del cariño de sus compañeros. A ella, claro está, no le apasionan los trenes.


La serie es de 12 capítulos y se produjo en 2014. Fue producida por Nagoya Televisión. Existe una versión doblada al español latino que puede encontrarse con cierta facilidad. También existe una versión en manga, pero solo en japonés. 

lunes, 16 de marzo de 2020

El puente de Casandra: trenes y virus.


Esta cinta se rodó en 1976 a rebufo de las películas de grandes catástrofes que se prodigaron durante los primeros setenta. Si Aeropuerto (1970) y La aventura del Poseidón (1972) eran catástrofes de aviones y barcos respectivamente, el film que revisitamos se refiere, naturalmente, a trenes... y virus.

La película fue dirigida por George Pan Cosmatos, que diez años después firmaría la serie de Rambo. Fue una coproducción de Italia, Gran Bretaña y Alemania Federal, en un intento de competir con las grandes producciones norteamericanas. Con este fin, contrataron una nómina de actores realmente espectacular: Richard Harris (Dr Jonathan Chamberlain), Burt Lancaster (Coronel Stephen MacKenzie), Sophia Loren (Jennifer Saint), Martin Sheen (Robbie Navarro), O.J. Simpson (agente Hayley), Ingrid Thulin (Dra Stradner) y Ava Gardner (Nicole Dressler)

El argumento no tiene desperdicio. Un comando terrorista irrumpe en la ficticia Organización Internacional de la Salud de Ginebra. Durante la refriega con los guardas, los terroristas entran en contacto con un virus que los americanos tienen en el laboratorio contraviniendo las ordenanzas del organismo internacional. Uno de los terroristas cae en manos de los médicos de la OIS mientras su compañero huye y logra subir al expreso Ginebra – Estocolmo. Ya tenemos así a unos mil pasajeros atrapados en un tren infectado por un virus mortal. El jefe de la legación americana en la OIS, el coronel Mackenzie, se hace cargo de la emergencia, pero en realidad intenta eliminar las pruebas de la existencia del virus, siempre bajo la mirada suspicaz de la doctora Stradner, que acabará mal como corresponde a una testigo incómoda. En el convoy, el afamado neurocirujano Jonathan Chamberlain se pone al mando de la situación y trata de localizar al terrorista portador y de contener la epidemia, pero acabará luchado más contra los soldados que custodian el tren que contra los virus. Bajo el pretexto de que ningún país europeo quiere acoger el tren, Mackenzie lo hace reconducir en dirección al puente de Casandra, donde espera que desaparezca bajo las aguas al ceder su destartalada estructura. Las evidencias que le presenta la doctora Stradner de que la investigación con el virus secreto.


Para poder dar papel al lujoso reparto de actores secundarios, el guión está lleno de historias colaterales: la casual presencia en el tren de Jennifer, la exmujer del doctor Chamberlain, con las consiguientes escenas de reproches y reconciliaciones; la sospechosa figura de un cura que acaba siendo el agente Hayley de narcóticos; la presencia de un viejo pícaro que ha estado en el campo de concentración polaco al que conduce el puente de Casandra; un grupo de alegres hippis hijos de papá… En este juego de secundarios de lujo, destaca la siempre agradable presencia de Ava Gardner, que en su papel de esposa aburrida de un importante fabricante de armas, sube a bordo acompañada de su gigoló drogadicto, encarnado por Martin Sheen, y comenta a los soldados que intentan matarla que su esposo estaría orgulloso de saber que usan sus productos.

Cuestiones ferroviarias

La acción transcurre en un expreso de la SBB - CFF que cubre el trayecto de Ginebra a Estocolmo, vía Basilea, Paris, Bruselas y Ámsterdam. La composición, con coches de primera y segunda clase, restaurante y furgón de equipaje, es arrastrada por una locomotora Re 4/4 II. Estas maravillas de los ferrocarriles suizos son del tipo Bo-Bo, trabajan bajo una tensión de 15 kV, tienen un peso de 80 t, desarrollan una potencia de 4700 kW y alcanzan velocidades superiores a los 125 km/h. Son tremendamente versátiles, de modo que se las podía ver indistintamente al frente de expresos, regionales y mercancías.


En la estación de Ginebra podemos ver fugazmente una cocodrilo, una imagen del pupitre de control de circulaciones y una buena vista en picado de sus andenes cuando el expreso los abandona. Durante el trayecto disfrutaremos de imágenes de la composición tomadas desde todos los ángulos y de algunos cruces. Tiene especial dramatismo la entrada del convoy en Nuremberg, con los andenes iluminados por focos y tomados por militares ataviados con trajes anticontaminación. Allí se anuncia a los pasajeros que están en cuarentena, se sella el tren soldando chapas en las ventanas y los soldados suben a bordo. La Re 4/4 es substituida por una locomotora diesel.

Con un argumento que invita a la hilaridad, uno siempre puede dedicarse a encontrar gazapos, he aquí algunos gazapos ferroviarios:

En un momento de la epopeya, deciden recoger del tren a un perro para someterlo a observación en la sede central de la OIS; la operación se realiza bajando una cesta desde un helicóptero para que el doctor Chamberlain coloque el chucho en ella. Como es obvio, para realizar una operación de este tipo la catenaria es un gran inconveniente, pues no hay problema, mientras dura la recogida del perro, la catenaria y los postes, simplemente, desaparecen.

Cuando el tren sale de Nuremberg, la locomotora tracciona el tren en marcha atrás, en la escena siguiente ha girado milagrosamente sobre sí misma y el convoy ya circula con la locomotora de cara.

Al llegar al puente de Casandra, nuestros héroes consiguen desenganchar sus vagones de cola del resto del tren y salvar así sus vidas. Los frenos por aire comprimido de los trenes como el de la película actúan automáticamente si hay una pérdida de presión en el circuito. En nuestro film los vagones son detenidos a mano por el jefe de tren mediante el volante de frenado mecánico de los vagones.

El puente

El gran protagonista del film, el que interpreta el papel de puente de Casandra, es el viaducto de Garabit, que permite a la línea de Marvejols à Neussargues salvar el valle del Truyère, en la región francesa de Aubergne. La estructura es enteramente metálica y fue construida por la sociedad de Gustave Eiffel siguiendo el diseño del ingeniero Léon Boyer, que contaba treinta años cuando firmó el proyecto. Ante la imposibilidad de proyectar un puente colgante a causa del riesgo de oscilaciones y no siendo aconsejable levantar pilares de obra de más de 65 metros, Boyer se inspiró en el puente Maria Pia sobre el Duero, construido por un socio de Eiffel y acabado en 1877.

El puente se levantó entre 1882 y 1884, pero no entró en servicio ferroviario hasta 1888. El tablero tiene una longitud de 564,85 metros y está sostenido por siete pilares de altura variable, de los cuales dos están situados encima de un arco de 165 metros de cuerda y 53 metros de flecha. Los pilares más altos alcanzan los 80 metros. En los dos extremos de la estructura metálica hay sendos viaductos de obra de 46 y 71 metros. Inicialmente la altura del puente sobre el lecho del río era de 122 metros, la posterior construcción de una presa, rebajó esta altura a poco más de 90 metros.


Sobre la construcción del viaducto, el mismo Eiffel escribió: “Este montaje requería una gran precisión en los cálculos, la fabricación y la implementación sobre el terreno; era imprescindible que las dos mitades del arco se correspondieran exactamente para permitir el remachado final. Lo conseguimos con una precisión casi matemática”.

Lástima que la maqueta utilizada para la escena del colapso del puente y la caída del tren al agua estuviera a años luz de las consecuciones del genial ingeniero y arquitecto francés.

domingo, 1 de marzo de 2020

Asesinato en el andén

   
En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, el escritor francés Léo Malet (1909-1996) publicó la novela 120, Rue de la Gare (Calle de la Estación, 120). El protagonista es su gran creación, el detective privado Nestor Burma, un personaje que tiene un perfil parecido al de los protagonista de la novela negra norteamericana. En 1988 el dibujante de cómics francés Jacques Tardi (1946-) hizo un magnífica adaptación de la novela.

La historia arranca con Burma en un campo de prisioneros alemán, donde conoce a un hombre en estado de shock que sólo es capaz de pronunciar una frase: "calle de la estación, 120". Burma es liberado y regresa en tren a París. Allí le espera su ayudante Bob Colomer, pero en el momento del reencuentro le disparan por la espalda y sólo es capaz de pronunciar una frase: "calle de la estación, 120". A partir de aquí arranca una magnífica narración de la investigación y las aventuras consiguientes.

El capítulo que describe el viaje, la llegada a la estación y la muerte de Bob Colomer es de un ambiente ferroviario perfectamente descrito, uno casi puede oler el carbón, oír los chirridos del frenado y encontrase en el andén donde coinciden las chicas de la Cruz Roja, la banda de música y una misteriosa joven. 

La adaptación en cómic es fiel a la narración literaria, y ahí va la propuesta de esta entrega: leer el primer capítulo dos veces, la primera según la traducción que Luisa Feliu hizo para Libros del Asteroide [3a edición de 2011] y la segunda, según la adaptación de Jacques Tardi publicada por la Editorial Norma en 1989. Es una ocasión para observar cómo los lenguajes literario y gráfico se complementan, cómo cada uno de ellos es capaz de resaltar determinados matices de la historia y, finalmente, cómo los dos aportan inestimables placeres a la lectura. Es, en definitiva, una invitación a que lean completas las dos obras.


La luz azulada de la tenue bombilla proyectaba una claridad difusa sobre los soñolientos KGF.Entre vaivenes y oscilaciones, serpenteando a través de ciudades y pueblos dormidos, el tren ciego, con las oscuras cortinillas de la defensa pasiva corridas ante las portezuelas, corría y gruñía en la noche negra despertando ecos a su paso por los puentes metálicos, mientras la chimenea de la locomotora escupía chispas sobre la blancura algodonosa del balasto.Desde las doce del mediodía, hora a la que habíamos salido de Constanza, viajábamos a través de la nevada Suiza.Ocupaba un compartimiento de vagón de primera con otros cinco liberados. Cuatro dormitaban con la cabeza desmadejada sobre el pecho. El quinto, sentado frente a mí, un pelirrojo llamado Édouard, fumaba en silencio.En la mesilla lateral que habíamos desplegado, entre mendrugos de pan, restos de las numerosas meriendas que habíamos compartido durante el viaje, había dos paquetes de tabaco de los que me iba sirviendo indistintamente.Corríamos a buen ritmo hacia Neuchátel, última parada antes de la frontera.Una música militar, que pareció restallar en nuestro propio compartimiento, me sacudió la modorra. Cuatro de mis compañeros se agitaban ante las portezuelas que daban al corredor. Édouard bostezaba. El tren seguía su marcha, aunque ahora despacio. Hubo humo, vapor, chasquidos y gritos. Un bache me medio despertó. Intenté levantarme de la banqueta: un segundo bache me precipitó contra el pelirrojo —a quien di un buen cabezazo— y me devolvió plenamente los sentidos. El vagón había dejado de moverse.La estación, inmensa, olía agradablemente a carbón. En el andén, entre la numerosa asistencia, las muchachas de la Cruz Roja iban y venían apresuradas. Bajo una luz mortecina vi el brillo de las bayonetas de un retén de soldados que nos presentaban armas. Un poco más allá, la fanfarria tocaba La Marsellesa.Estábamos en Lyon, mi reloj indicaba las dos y tenía la boca pastosa. El tabaco de Zúrich, el chocolate, las salchichas y el café con leche de Neuchátel, el espumoso de Belgrado y las frutas de cualquier parte formaban un puzle de alimentos cuya solución se situaba, sin lugar a dudas, fuera de mi estómago.
—Chiquilla, ¿cuánto dura la parada aquí?Una amable señorita, con la nariz demasiado afilada para mi gusto, apuntaba en una libreta las direcciones que le comunicaban los liberados, ansiosos por dar buenas noticias a sus allegados.—Una hora —contestó.Édouard encendió otro cigarrillo.—Conozco Perrache como la palma de mi mano —dijo con un guiño.Le vi bajar al andén y perderse en dirección a la consigna.Aquel pelirrojo era más listo que el hambre. Volvió media hora después con dos botellas de vino en los bolsillos del capote. No le faltaban compinches por aquellos andurriales, me aseguró.El vino no estaba mal. Le encontré cierto regusto, bastante similar al del célebre tabaco polaco, pero quizá fuera debido a que había perdido la costumbre de beber todo lo que no fueran tisanas. Solo que, con el espumoso de Bellegarde empezaba a ser mucho y sentimos de pronto una ternura exagerada hacia el elemento femenino que poblaba el andén.Alta y esbelta, con la cabeza descubierta y envuelta en una gabardina de color crudo en cuyos bolsillos enfundaba las manos, parecía singularmente solitaria en medio de aquella muchedumbre, perdida, sin duda, en un sueño interior. Estaba de pie en la esquina del quiosco de los periódicos, bajo la parpadeante farola de gas. Su rostro, pálido y soñador, de óvalo perfecto, resultaba turbador. Sus ojos claros, como lavados por las lágrimas, reflejaban una nostalgia indecible. El viento agrio de noviembre jugaba con su cabello.Aparentaba unos veinte años y representaba admirablemente el prototipo de esas mujeres misteriosas que no se encuentran más que en las estaciones, fantasmas nocturnos solo visibles para el ánimo cansado del viajero y que desaparecen con la noche que les dio vida.El pelirrojo y yo la vimos al mismo tiempo.—¡Córcholis! ¡Menuda belleza! —silbó admirativo mi compañero. Se rio—: Qué idiotez, ¿verdad? Me parece que la he visto en alguna parte...No era tal idiotez. También yo experimentaba una extraña sensación. Aquella muchacha no me resultaba del todo desconocida.Frunciendo el entrecejo y con la frente arrugada bajo una pelambrera que ningún peine había visitado durante aquellos cuatro días, Édouard reflexionaba intensamente. De pronto, me dio un codazo en el tórax. Los ojos le brillaban de alegría.—Ya sé —exclamó—. Sabía que había visto a esa mujer en alguna parte. ¡Toma, en el cine! ¿No la reconoces? Es una estrella, Michéle Hogan...Por supuesto, la solitaria muchacha de la gabardina tenía cierto parecido con la intérprete de Tempéte. Seguramente no era ella, pero eso explicaba que durante unos instantes hubiese creído haberla visto en otra parte.—Voy a pedirle un autógrafo —soltó Édouard, que no se achantaba con nadie—. No le va a negar eso a un prisionero...Se fue por el corredor y se disponía a apearse. El jefe de vagón se lo impidió. El tren arrancaba ya.Entonces vi llegar al andén a un personaje al que hubiese reconocido entre mil. Llevaba una gorra clara de deportista y un abrigo de piel de camello y andaba deprisa, como si fuera a encararse con algún obstáculo, con un hombro dispuesto a embestir. Sin lugar a dudas, se trataba deRobert Colomer, mi Bob de la agencia Fiat Lux según el diminutivo con el que le habían bautizado en los bares de los Campos Elíseos.Bajé rápidamente el cristal de la ventanilla y me puse a gritar, haciendo gestos:—Colo... ¡Eh! Colo...Volvió hacia mí su cara ligeramente patibularia.No pareció verme ni reconocerme. ¿Tanto habría cambiado?—Bob —seguí—. Colomer... ¿Ya no te acuerdas de los amigos...? Soy Burma, Néstor Bur- ma... de vuelta de vacaciones...Estaba junto a una señora de la Cruz Roja. Soltó un sonoro taco y le dio un empellón.—Burma... Burma —dijo sin aliento—. ¡Qué sorpresa...! Apéese, venga, apéese... he encontrado una cosa fantástica...El tren se ponía en marcha. En las ventanillas, los liberados agitaban los quepis. En la estación retumbaban mil ruidos que quedaron cubiertos por una estentórea Marsellesa. Colomer se había encaramado al estribo y se agarraba a la ventanilla con las dos manos. De pronto, se le contrajeron las facciones como por efecto de un insoportable dolor.—Jefe —chilló—. Jefe... calle de la Estación, número 120...Soltó la ventanilla y cayó rodando al andén.De un brinco me planté en el extremo del vagón, aparté de un puñetazo al comandante que me cortaba el paso, abrí la portezuela y salté. La portezuela se cerró reteniendo un pliegue del capote. Me vi abocado a morir bajo las ruedas. Me dolió todo el cuerpo. Fui arrastrado. Oí como en sueños gritos de mujeres horrorizadas. Un soldado de la guardia de honor se precipitó hacia mí y me liberó rasgando el tejido de un golpe de bayoneta. Permanecí quieto, con la vista fija en la bóveda metálica de la estación negra de hollín, incapaz de levantarme.—Está borracho, joroba —gruñó un hombre uniformado.Me encontraba en el centro de un círculo de gente que murmuraba. Lo recorrí con la mirada, en la medida en que tal inspección me era posible, no porque estuviese buscando a alguien, sino para cerciorarme de que mis ojos seguían viendo con cordura, de que un momento antes no habían sido presa de una ilusión.Porque, cuando Colomer se desplomó de bruces, había visto con toda nitidez la espalda de su abrigo rasgada por el plomo... y justo enfrente, en la esquina del quiosco de prensa, una extraña muchacha con gabardina que aferraba en su mano sin guante un objeto de acero bruñido que brillaba a la escasa luz parpadeante de la farola de gas.









domingo, 16 de febrero de 2020

Adiós a Bargalló, la imagen de Ibertren


Ha fallecido el pintor e ilustrador Lluís Bargalló (Barcelona, España, 1932). Se formó con ilustradores de la época y a los 20 años de edad ya trabajaba en el equipo del escenógrafo Mestres Cabanes en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona.

Los aficionados ferroviarios lo conocen porqué a él se deben las ilustraciones de las cajas de Ibertren de los años dorados de este fabricante de miniaturas ferroviarias durante el siglo pasado. Las cajas con las ilustraciones y sus originales se han convertido en valiosas piezas de coleccionista.

Según informa el canal de noticias 3/24 al dar la noticia de su muerte, su casa se había convertido en un lugar de peregrinaje para los coleccionistas. En una entrevista hizo la siguiente declaración: "Que la gente venga de Alemania por el mero hecho de conocerme es un gran cumplido. Me han venido a ver hombres de 50 años que me han abrazado con lágrimas en los ojos. Esto es increíble."

Su obra puede inscribirse en el mismo estilo ferroviario atemporal que han practicado también pintores como el inglés Terence Cuneo (1907-1996).

Más información sobre su obra, que también incluye la imaginería de Scalextric, Madelman y Tente en la página del artista

Disfruten de su obra... y de sus recuerdos.











domingo, 2 de febrero de 2020

Trenes mineros en Valle de Trápaga


Larreineta es un barrio del municipio de Valle de Trápaga, en la zona minera de la provincia de Vizcaya, en Euskadi (España). A Larreineta se puede llegar con un funicular que es una joya preservada y, desde allí, dando un agradable paseo se llega hasta el núcleo de La Arboleda. Toda esta zona vivió una intensa actividad minera que ha dejado un paisaje singular en la superficie. Algunos pozos de extracción a suelo abierto se han convertido en estanques. Ahora ya no se oye el traqueteo de las vagonetas de mineral, ni tiembla el suelo con el avance de las locomotoras diésel, ni, mucho menos aún, la vista puede reconocer los penachos de humo de las pequeñas locomotoras de vapor.

Un esforzado museo municipal en Gallarta, las publicaciones del departamento de cultura del gobierno y un centro de interpretación recuerdan este pasado. A su lado, algunos artistas han plasmado en imágenes estos recuerdos.

La imagen que abre esta entrada corresponde a un fragmento del mural que puede verse en la carretera de Larreineta a La Arboleda. Locomotoras y vagonetas mineras comparten espacio con la actividad de los mineros y otras imágenes características de la zona.



En el mural no podía faltar el primitivo coche del funicular.


Quien se acerque a la iglesia de Larreineta podrá ver un mural (1995) con el mismo tema, obra de Ismael Idalgo y Ángel Aja.


Los modelos pueden verse preservados en el citado museo de Gallarta, que bien merece una visita.







jueves, 16 de enero de 2020

Leon Kossoff y su particular pintura ferroviaria


Leon Kossoff (Londres, 1926 - 2019) fue un pintor británico inscrito en la Escuela de Londres, una corriente figurativa que compartió con Francis Bacon, Lucien Freud y Frank Auerback. Sus temas fueron el retrato, el desnudo y la ciudad de Londres, y es este último apartado el que ahora nos interesa por la especial dedicación que el artista tuvo por los entornos ferroviarios. La suya es una pintura carnosa, con muchas capas de material y que busca más la percepción del conjunto que los perfiles de los elementos, de manera que su representación del ferrocarril difiere en mucho de la manera como lo han hecho la mayoría de los pintores que han ido pasando por este blog.

Uno de los temas ferroviarios de Kossoff fue la estación de Kings Cross, que pinto en varios momentos del año. Le interesó la fachada y también el ambiente a su alrededor, tanto el de los pasajeros y viandantes como la circulación rodada, una combinación que expresa la estabilidad de la red ferroviaria en contraste con la volubilidad de petones y coches.

King’s Cross, March Afternoon (1998)
Kings Cross Spring II (1998)

Cuando en 1961 trasladó su estudio a Willesden, captó su atención el empalme ferroviario de dicho barrio, con las vías transcurriendo entre edificios industriales, de manera que pinto Willesden Juction también en diferentes estaciones del año. Es especialmente remarcable cómo en el cuadro de 1971 percibimos la trama de vías, postes, señales y catenarias del empalme como un conjunto tecnológico reconocible al momento.

Willesden Junction (1971)
Early Morning Willesden Juction 2 (1962)

En algunas de las telas de esta serie destaca el colorido de los testeros de los convoyes de British Railways en contraste con los tonos apagados de los laterales del corredor ferroviario. Entre Kilburn i Willesden Green en una tarde de invierno (1992) es la obra que encabeza esta entrada, y el tema fue tocado en muchas otras ocasiones. Existen, por ejemplo, diversas versiones de Here Comes the Diesel. 

Here Comes the Diesel (1987)
From Willesden Green num 3 (1991)

El metro de Londres fue otro de sus temas, en este caso centrado en la estación de Kilburn y su entorno.

Booking Hall Kilburn Underground (1976)
Outside Kilburn Underground Station (1984)
Booking Hall Kilburn Underground (1987)

De entrada, Kossoff no parece un pintor fácil, pero al dedicarle unos minutos de contemplación, uno se da cuenta de que es uno de los pintores que mejor ha sabido captar el ambiente de los entornos ferroviarios más allá de la simple representación figurativa de andenes, estaciones y material móvil.