martes, 16 de febrero de 2021

Estación de la Sagrera: tres miradas pictóricas

La estación de la Sagrera, en el barrio de Barcelona del mismo nombre, la construyó la compañía ferroviaria Madrid Zaragoza Alicante (MZA) en 1918 como estación central de mercancías, entonces fue denominada Barcelona-Clot (Sagrera). En los años 90 del siglo pasado, la estación dejó de tener esta función, aunque los trenes de cercanías y regionales seguían pasando por sus dominios sin detenerse y, a partir de 2013, la están atravesando también los trenes de alta velocidad de la línea de la frontera francesa. Actualmente la zona se encuentra en plena remodelación para convertirse en el nudo intermodal más importante del norte del área metropolitana; cuando terminen las obras, en él confluirán trenes de alta velocidad, media distancia, regionales y cercanías, tres líneas de metro y varias de autobuses.


 El óleo que encabeza esta entrada fue pintado por Àlex Prunés en 2006, dos años antes de que se iniciaran las obras, y nos muestra el aspecto que tenia la zona en aquel año, con parte de los tinglados y marquesinas ya desaparecidos. Al fondo a la izquierda puede observarse el edificio de administración de la estación que construyó MZA. Prunés es un artista que sabe leer la belleza de los edificios y espacios industriales. En este caso, para transmitirnos su mirada sobre ellos, los ha despojado de elementos superfluos de su contorno y nos los presenta dominando unos amplios espacios vacíos, de una perspectiva intachable, en los que unas tímidas trazas de las vías nos recuerdan su función.

Unos veinte años antes, en 1988, el mismo tema fue pintado por Ignasi Mundó. La estación de mercancías aun está en servicio, un tren de cercanías atraviesa la zona y los operarios de vías y obras trabajan en las infraestructuras. Al fondo a la izquierda, el edificio de administración.


Pero aun tenemos otra pintura de esta estación, la de Miquel Vilà de 1995, es decir, pintada entre las dos anteriores y en el momento en que la estación hacía sus últimas operaciones. Ahora el pintor se ha situado en el edificio de administración, de manera que nos da una visión casi simétrica a la de sus colegas.


Quedamos a la espera de que en el futuro alguien se deje fascinar por la nueva estación intermodal y plasme en un lienzo su manera de mirársela.

Las obras en 2019
Las obras en 2019, el edificio preservado al fondo a la izquierda


lunes, 1 de febrero de 2021

Unas curiosas aleluyas ferroviarias

Aleluyas de la Estación de Lavern

La estación de Lavern está en punto quilométrico 56,4 de la línea que sube por la costa mediterránea hasta la frontera hispano-francesa pasando por Tarragona, Barcelona y Gerona. Lavern es un pueblecito de 450 habitantes, situado en una zona vitivinícola, en el que no se puso estación cuando se construyó la línea en 1865.

El 27 de abril de 1946 un tren se detuvo en el PK donde ahora se encuentra la estación porque un ferroviario se casaba con una chica del pueblo. Allí nació la reivindicación y, después de muchas gestiones infructuosas ante la administración, Lavern tuvo estación en 1958.

Para celebrar la inauguración, se publicaron unas aleluyas (auca en catalán) en las que se relataban los esfuerzos para conseguirla y la satisfacción de tenerla. Son 48 pareados de una calidad más que dudosa, pues el autor o autora utilizó muchas rimas con tiempos verbales.

He aquí las primeras aleluyas (en traducción textual y sin rima):
1 Buscando mejorar
se preocupaba la gente

2 Y un día, algunos pensaron
que el tren podía parar

3 Los patricios ya hacía años
que tenían esta inquietud

4 Y entre todos se animaron
y pidieron la estación

5 Se desplazó a Madrid
una delegación muy reducida

6 Con el ministro hablaron
y su deseo expusieron

7 Pero como era cuesta arriba
la cosa se complicó

8 «No puede ser por ahora»
(y se marcharon)
Y así continua, contado la historia hasta que celebran orgullosos que ya tienen estación
47 Los vecinos firmes como rocas
harán todo lo que les corresponde

48 Para proteger, con más razón,
la esperada estación.




domingo, 17 de enero de 2021

Los trenes congelados de Philip D. Hawkins

 

Philip D. Hawkins nació en 1947 en la región de West Midland (Inglaterra), estudió bellas artes en Birmingham y su primer trabajo fue en la empresa de construcciones ferroviarias Metro-Cammell Ltd, donde, a partir de los planos constructivos, dibujaba representaciones de los productos finales para los catálogos. Paralelamente, desarrolló su afición por la fotografía y empezó a publicar en las revistas ferroviarias. Ambas actividades están en la base de su producción como artista profesional, actividad que inició en 1978. Fue presidente del Guild of Railway Artists del 1988 al 1998. A menudo, fabricantes y coleccionistas han acudido a él para que, a partir de fotografías y de documentación técnica, recree locomotoras desaparecidas. En 1998 publicó el libro Tracks on canvas (Vías sobre tela) y, en 2005, Steam on canvas (Vapor sobre tela) que recogen buena parte de su obra. En estos volúmenes, cada uno de los óleos reproducidos va acompañado de una completa descripción de su tema y del material rodante que aparece en él.

Los trenes de Hawkins no son muy distintos de los de su compatriota Terence Cuneo (1907-1996), de los del canadiense Max Jacquiard (1934), del norteamericano Howard L. Fogg (1917-1996), de la argentina Ana Rozzi (1948) o del español Catalá Yuste (1959). Es una pintura con un estilo común e intemporal que pervive al margen de los sucesivos movimientos estéticos y pictóricos; son obras que, como dice el periodista y crítico Carles Gorini, «van por una vía diferente». Son trenes suspendidos en el tiempo, congelados para ser revisitados por la posterioridad.

He aquí una muestra de la obra de Philip D. Hawkins.

An ex-Great Western Railway 'King' class loco enters the station
An ex-Great Western Railway 'King' enters the station

Class 50 diesels - Plymouth, Laira shed in 1991

Crossing at Crediton - Crediton station in the 1950s

Footplate - Great Western 4-6-0 Manor class

Novelty at New Street

York during the 50s with A1 Pacific No.60156

Para más información sobre su vida y obra, puede visitarse su web.

viernes, 1 de enero de 2021

Diversiones en el cercanías

 

October Jones es el seudónimo del animador inglés Joe Butcher, nacido y criado en Birmingham. Estudió en la Universidad de Wolverhampton y se graduó en animación. Después de graduarse, Joe consiguió un trabajo en una pequeña empresa multimedia en Derby, donde hasta el día de hoy diseña software de aprendizaje para niños. Recientemente ha trabajado en proyectos de animación para la BBC y ha publicado libros ilustrados.

Este artista es un usuario habitual de los trenes de cercanías y le gusta distraerse durante el trayecto. En 2014 publicó una serie de fotografías tomadas en el interior del coche en las que jugaba a ponerles una cabeza de dibujo animado a los pasajeros que tenía a su alcance. Los personajes de ficción no eran dibujados a azar, sino que buscaba el que más se ajustaba al commuter fotografiado.













miércoles, 16 de diciembre de 2020

Los trenes de John Le Carré

Los espías de las novelas de John Le Carré no realizan grandes operaciones en trenes o estaciones, pero sí que viajan en ferrocarril atentos siempre a si están siendo seguidos por los espías del bando contrario.

Encontramos un ejemplo en la novela más conocida de John Le Carré, Tinker, Tailor, Soldier, Spy (1974, El topo), protagonizada per el maestro de espías George Smiley, de la que BBC hizo en 1979 una serie de siete episodios protagonizados por Alec Guinness y Tomas Alfredson dirigió una versión para la gran pantalla en 2011.

Jim es el espía que Control envía a Brno (Checoeslovaquia) para ponerse en contacto con una fuente que le ha de revelar quién es el topo, pero cae en una trampa tendida por Karla, el jefe de los servicios secretos rusos, para saber de quien sospecha Control. Vuela hasta Praga bajo una identidad falsa y toma un tren hasta Brno, donde empieza a sospechar que tendrá problemas.
Jim tenía que tomar el tren de las trece ocho que llegaba a Brno a las dieciséis veintisiete. Este tren fue cancelado por lo que Jim tomó un maravilloso tren tranvía, formado especialmente para el partido de fútbol, que se detenía en todas partes, y en cada detención Jim tenía la certeza de haber identificado a sus seguidores. Eran de diversas clases. En Chocen, lugarejo prácticamente desierto, Jim se apeó y compró un bocadillo de salchicha, lo que le permitió ver nada menos que a cinco sabuesos, todos ellos del sexo masculino, esparcidos por el minúsculo andén, con las manos en los bolsillos, fingiendo que charlaban, y poniéndose en ridículo.
—Si hay algo —dijo Jim— que permita distinguir el buen sabueso del malo, este algo es que el primero está dotado del noble arte de hacerlo todo de un modo verosímil.
En Svitavy dos hombres y una mujer subieron al vagón de Jim y se pusieron a hablar del partido. Al cabo de un rato, Jim intervino en la conversación. Antes se había enterado de los antecedentes en el periódico. Se trataba de un partido de vuelta, y todos andaban locos de expectación. Llegó a Brno sin que nada más hubiera ocurrido, por lo que Jim se apeó, entró y salió de diversas tiendas y anduvo por sitios atestados, a fin de que sus seguidores se vieran obligados a estar cerca de él para no perderle.
Las estaciones, con su constante movimiento de gente entre la que camuflarse, suelen ser lugares habituales para las citas entre agentes, pero también son lugares donde es fácil hacer seguimientos. En Smiley's People (1979, La gente de Smiley), la tercera y última novela de la trilogía de Karla, George Smiley viaja a Holanda en una de sus pesquisas. En el fragmento que reproducimos vemos las artimañas de Smiley para despistar a los espías enemigos en caso de que los hubiera siguiéndole:
Smiley regresó a la estación ferroviaria. La sala central era como la fantasía wagneriana de una corte gótica, con su techo abovedado y una enorme vidriera de colores que arrojaba una policromía de rayos de sol sobre el suelo de cerámica. Telefoneó desde una cabina al aeropuerto de Hamburgo y dijo que su nombre era «Standfast, inicial J», que era el que figuraba en el pasaporte que retiró del club londinense. El primer vuelo a Londres salía esa tarde a las seis, pero solo había pasajes en primera. Reservó una plaza y dijo que cuando llegara al aeropuerto compensaría la diferencia de su billete de clase turística. La telefonista le pidió que tuviera la amabilidad de llegar media hora antes del control de pasaportes. Smiley prometió que lo haría —quería impresionarla— pero… no, lamentablemente el señor Standfast no tenía un número telefónico al que pudiera llamarle en el ínterin. En el tono de la empleada no había nada que sugiriese que tenía a su lado a un oficial de seguridad con un telex en la mano y que le susurraba instrucciones al oído, pero Smiley supuso que dentro de un par de horas la reserva de plaza del señor Standfast haría sonar un montón de campanas, ya que era él quien había alquilado el Opel. Regresó a la sala y a los haces de luz policroma. Había dos taquillas y dos colas cortas. En la primera, le atendió una muchacha inteligente a la que compró un billete de ida en segunda clase hasta Hamburgo. Pero fue una adquisición deliberadamente difícil, cargada de indecisión y de nerviosismo, y al concluirla él insistió en apuntar los horarios de salida y de llegada y también en que la joven le prestara su bolígrafo y un papel.
En el lavabo de hombres, después de trasladar el contenido de los bolsillos —en primer lugar, la preciosa mitad de postal de la embarcación de Leipzig—, Smiley se puso la chaqueta de lino y el sombrero de paja; a continuación se dirigió a la segunda taquilla y, con la mayor discreción, adquirió un billete para el tren tranvía que paraba en la población de Kretzschmar. Evitó mirar al expendedor desde debajo del ala de su llamativo sombrero de paja y se concentró en el billete y en el cambio.
Pasan los años y los espías de Le Carré siguen usando trenes y tomando precauciones, como en The Secret Pilgrim (1990, El peregrino secreto):
Una hora después me hallaba en el expreso nocturno de Glasgow. Había seguido al pie de la letra el procedimiento para burlar la vigilancia y estaba seguro de que no me seguían. No obstante, en la Estación Central de Glasgow tomé la precaución de entrar en la cafetería, a tomar una taza de té, mientras buscaba con la mirada a posibles seguidores. Luego, como precaución, me hice llevar en coche a Helensburgh, al otro lado del Clyde, antes de tomar el autobús de Campbeltown hasta West Loch Yarbert.
Existe una gran tradición de novelas y películas de espías en las que aparecen trenes y la obra de John Le Carré no podía faltar en la lista.

[El fotograma que encabeza esta entrada corresponde a la versión de la BBC de El topo. En él vemos a un agente de Smiley, con gabardina blanca, bajando del tren en Dover para tomar el ferry que le llevará a su misión en Francia]

martes, 1 de diciembre de 2020

Los tigres del tren (2016)


Para los que añoren las películas ferroviarias con acción bélica que veian en su juventud, nada como la relativamente reciente Tie dao wei shi (2016, Los tigres del tren) del director chino Sheng Ding. La escena inicial de la película nos muestra a un niño que, durante la visita a un museo ferroviario contemporáneo, se despista del grupo, sube a la plataforma de conducción de una locomotora de vapor preservada y descubre el dibujo en tiza de un tigre con alas en las puertas del hogar. Las portezuelas del hogar se abren y empieza una historia ambientada en 1941 durante la ocupación japonesa de parte de China. 


Este arranque ya nos predispone a contemplar una fábula, una historia contada siguiendo los tópicos de las narraciones orales tradicionales y las formas del cine de aventuras del siglo pasado. Es en esta clave que los aficionados al ferrocarril disfrutarán de las inmensas locomotoras de vapor, de las circulaciones de trenes, de las operaciones de conducción al borde de lo imposible, de las heroicidades de los protagonistas dentro, encima y debajo de los convoyes, de los juegos estratégicos con los cambios de agujas y de las escenas de la lucha en las vías para poder volar un viaducto estratégico.

Los protagonistas son una panda de resistentes desarrapados que, capitaneados por un empleado ferroviario, se mueven por la línea de Tianjin a Nanjing, en el este de China, robando comida de los transportes japoneses para dársela a los lugareños empobrecidos por culpa de la invasión. Emboscan a los soldados japoneses con todo tipo de artimañas, muchas de ellas propias del teatro popular y, algunas de ellas, auténticas jaimitadas. No tienen armas, pero se las apañan con enseres domésticos, tablones, cuerdas, martillos y cualquier cosa que les caiga en las manos, incluida una pipa metálica que el jefe siempre lleva consigo, aunque nunca la usa para fumar. 


Los pueblerinos llaman al grupo “tigres del ferrocarril” y le ofrecen su apoyo, incluso el venerable jefe de estación les encubre ante los temibles soldados japoneses. En una de sus acciones entran en contacto con un agente del ejército que tiene la misión de volar un viaducto estratégico para cortar el transporte de suministros de las fuerzas japonesas. El joven muere y el grupo de desarrapados asume como propia su misión. 


Terminada la epopeya, las portezuelas del hogar se cierran delante del niño como si fueran el telón de un teatro y el pequeño se reincorpora al grupo de su clase. 

Que mientras circulan los créditos veamos las tomas falsas en una ventana lateral contribuye a recordarnos que se ha utilizado el lenguaje fílmico de la parodia para explicarnos una historia con contexto histórico, aunque también podría ser una especie de disculpa por armar una película tan simplona. Simplona porque lo es tanto desde el punto de vista argumental, como de la profundidad de los personajes, y es una lástima porque trabaja con unos materiales ferroviarios que podrían dar mucho más de sí.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Los trenes de Carlos Regazzoni (Argentina)


En abril de este año de 2020 murió el artista argentino Carlos Alberto Regazzoni. Había nacido en 1943 y era conocido como pintor y escultor; en esta última faceta empleaba chatarra, sobre todo piezas recuperadas de ferrocarriles y aviones en desguace. Su estudio estaba en un almacén y en unos vagones que ocupaba en la estación bonaerense de Retiro. Su obra ha recibido un amplio reconocimiento en Argentina, en el continente americano y en Europa.

Se consideraba un pintor ferroviario desde que, a finales de los años setenta, como él mismo explicó en una entrevista en El Cronista, «vi el desastre que estaban haciendo los japoneses en las vías del ferrocarril Roca, que estaban transformando en eléctrico. Vivía a 50 metros de los rieles y me levanté una madrugada, como a las tres. Los tipos laburaban toda la noche. Vi semejante dantesco episodio, las máquinas... Parecía que les salía fuego por la boca. Había luces de colores mientras ellos levantaban los rieles y ponían nuevos. Ahí pensé: “Tengo que pintar este espectáculo”. Y así empecé con el arte ferroviario.»

Sus cuadros nos presentan un ferrocarril integrado en un paisaje urbano que ha perdido la placidez, que crece abigarrado, pero que le abre paso porque le necesita.






Su obra puede ponerse en paralelo con la del británico Leon Kossoff (Londres, 1926 - 2019) del que hablamos a principios de este año en esta entrada.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Mitre, una novela de amor en un tren

El escritor argentino Federico Jeanmaire ganó el Premio Municipal de Literatura "Ricardo Rojas" a la mejor novela publicada entre 1997 y 1999 por Mitre. Resumiendo mucho, podemos decir que la novela narra una historia de amor que nace, culmina y se desvanece en un trayecto de ida y vuelta por la línea Mitre entre las estaciones de José León Suárez y Retiro (Buenos Aires), historia rodeada de una galería de personajes a cual más singular. El protagonista es un hombre cargado de males y manías: «Lo de la tos, en cambio, había sido muy posterior al asunto de la renquera.» Ella, una mujer muy gorda y de lágrima fácil. 

La historia de amor se va desplegando en capítulos que llevan el nombre de las estaciones del trayecto, en un paseo por los alrededores de Retiro (Fragata Libertad, Torre de los Ingleses) y en el viaje de regreso. Mientras ellos dos van profundizando en su relación, que es la de dos almas inseguras, pueriles y faltas de destrezas sentimentales, a su alrededor pululan compañeros de viaje impertinentes, vendedores ambulantes, revisores y viajeros en general. 

Ya en los primeros párrafos nos damos cuenta que estamos ante un texto cuyos contornos entre la realidad y la fantasía se desdibujan.  

Se animó a subir al tren gracias a la ayuda simpática de una piba que iba al colegio, y que, indudablemente, presumía de algún sentimiento de solidaridad perfectamente injustificable y que pretendía ignorar de cuajo el fluir tan poco solidario del mundo. Contagiado por la actitud de la muchacha, incluso llegó al extremo de sonreírle a la gorda que lo pasó literalmente por encima con el evidente y único propósito de conseguir el asiento más próximo a la ventanilla. Entonces. Con suma tranquilidad, estado de ánimo que atribuyó a la sana influencia de su reciente cojera, se sentó al lado de la mujer, le sonrió redundantemente por segunda vez y, casi de inmediato, dejó de toser y empezó a engordar de una manera tan precipitada que al poco tiempo no le quedó más remedio que, ante la evidente falta de espacio, sentarse diagonalmente enfrente de la señora, mirarla a los ojos, y atreverse a comunicarle con medias palabras que de esa manera estarían los dos mucho más cómodos, que cada vez hacían más angostos los asientos dobles de los trenes,
Al rato se sientan de frente y las rodillas de la pareja empiezan una relación de contactos y frotamientos que irá pasando a mayores, sobre todo cuando se tapan con una abrigo y empiezan a trabajar las manos y los pies.
Un montón de dedos aprisionan suavemente los pezones oscuros y gigantes de la mujer justo en el momento en el que se escucha un ruido. Entonces. Como el dueño de esos dedos no sabe si lo que está escuchando son los gritos gozosos de la mujer o el simple chirrido agudo de las ruedas del tren que parte de la estación, resuelve cerciorarse convenientemente del origen de los sonidos. Mira a la señora y, al mirarla, debe reconocer con masculina humildad que sus ojos siguen completamente cerrados, que sólo se ha incrementado un poco el rubor de las mejillas y que, desafortunadamente para su orgullo varonil, los ruidos provienen de las vías, nomás.
Nótese el divertido detalle ferroviario de este párrafo antes de pasar a la siguiente extremidad, los pies de la mujer que avanzan hacia la entrepierna del hombre.
Aunque, desafortunadamente, las yemas de los dedos de Mariela son un poco ásperas. Y Roberto percibe la aspereza. Claro que el hombre también percibe el fabuloso esfuerzo que realiza la mujer para hacer que sus inflexibles callos plantares parezcan, apenas, delicadas e inquietantes protuberancias. Por eso es que el hombre agradece de la única manera en que puede hacerlo: con una suave palmadita sobre el empeine del esforzado pie izquierdo de la señora. Una palmadita que queda disimulada detrás del cuidadoso arreglo del solidario saco gris.
Pero no se trata sólo de una pasión carnal, sino que ésta es la expresión de una sensibilidad sentimental temerosa y quebradiza. 
Pero, como el hombre no se anima a decir nada o no dice nada porque no tiene nada para decir, la mujer intenta ayudarlo con una pregunta:
–¿Se encuentra mal?
–No.
Contesta el hombre porque no se encuentra mal. En realidad, sólo tiene lástima de sí mismo y no sabe cómo puede hacer para contarle a esa mujer tan franca, la profunda lástima que siente de sí mismo.
–¿Seguro?
Insiste, Mariela, porque no lo ve bien.
–Yo tendría que haber sido marinero, señora, y no lo fui. Soy un fracasado y eso me hace sentir una profunda lástima de mí mismo.
–¡Menos mal!
–¿Menos mal?
–Sí. Menos mal. Yo había pensado que usted estaba mal por culpa de mi olor a transpiración.
–¡Ah!
Pero la mujer no entiende muy bien lo que el hombre quiere expresarle con su “Ah”. No sabe si eso quiere dar a entender que no se trata de su olor a transpiración o si, en cambio, la interjección masculina puede interpretarse como que, si bien el problema fundamental por el que está tan mal es su frustrada vocación marinera, no por eso puede ignorar que también le molesta, aunque de manera secundaria, su penetrante sudoración. Por eso es que, medio enojada, la mujer le pide que vamos, por favor, que tengo mucho hambre y ahí hay un carrito que vende panchos, que ya ha hecho suficiente deporte por ese día y que ya se va haciendo hora de comer algo.
Ni desvelaremos más detalles de la historia, ni haremos mayor mención de los personajes secundarios, ni mucho menos explicaremos como acaba, sirva lo transcrito hasta ahora para que la afición ferroviaria se interese por esta novela de entorno ferroviario llena de calidad literaria.

viernes, 16 de octubre de 2020

Sherlock Holmes viajaba en tren 2/2


En la entrega anterior hablábamos de la presencia del ferrocarril en las obras canónicas de Sherlock Holmes, es decir, en las que fueron escritas por sir Arthur Conan Doyle. Vimos que, aunque este medio de transporte fuera esencial para el detective, ninguno de sus casos se desarrolla realmente en un tren. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con las múltiples secuelas, sobre todo las cinematográficas, que fueron apareciendo a lo largo de los años.

Terror by Night

En 1946, Roy William Neill rodó Terror by Night (Terror en la noche), una película escrita por Frank Gruber que retomaba los personajes de Doyle en un argumento más o menos inspirado en los relatos La desaparición de lady Frances Carfax y La aventura del carbunclo azul. Toda la acción transcurre en el expreso de las 19:30 que sale de Londres-Euston con destino a Edimburgo, con alguna escena ocasional en una funeraria y en los andenes de dos estaciones. Holmes es contratado por la familia propietaria de un valioso diamante y su cometido será evitar su robo y descubrir quien está detrás del frustrado intento anterior.

Se trata de un film rodado justo acabada la Segunda Guerra Mundial, de muy bajo presupuesto y con una duración inferior a los sesenta minutos. En realidad, su formato es más parecido a lo que posteriormente fueron los telefilmes que a una auténtica producción cinematográfica. Su calidad es más que mediocre, muy lejos, por ejemplo de Brief Encounter filmada sólo un año antes con la guerra aun en marcha. El hecho de que en el guión el perfil de los personajes sea mucho más bajo que el de los relatos originales de Doyle es uno de los muchos déficits de la cinta

Fue protagonizada por Basil Rathbone, uno de los actores británicos que mejor encarnó a Holmes, por Nigel Bruce en el papel de un tontorrón Watson y Dennos Hoey en el de un incompetente Lestrade. Estos mismos autores protagonizaron las anteriores entregas de esta serie que, en Terror by Night llegaba prácticamente a su agónico final

El bajo presupuesto disponible y la limitada pretensión artística de la cinta queda de manifiesto en la humildad de los decorados ferroviarios, que se limitan a dos andenes, al interior de un furgón de carga y al de un coche de pasajeros, cuyas ventanillas siempre tienen las cortinillas corridas para evitarse el tener que simular el paisaje exterior. Se utilizaron unas maquetas tan simples, que no hace falta ser aficionado al ferrocarril para darse cuenta que el convoy toma curvas de radio demasiado pequeño para ser reales. Los habituales planos del paso del tren que sirven para marcar los tiempos del film y la inevitable contemplación de las ruedas motrices poniéndose en marcha resultan poco interesantes para el aficionado ferroviario, que ni siquiera llega a disfrutar de un buen plano de la locomotora, aunque sí lo tiene de las manos del maquinista acelerando y frenando el convoy.


Se trata, pues, de un film en el que el ferrocarril es utilizado como mero contenedor y en el que está muy presente la alargada sombra de The Lady Vanishes (Alarma en el expreso) (1938) de Alfred Hitchcock. Una de las escenas iniciales merece ser destacada: una mujer encarga en Londres un ataúd para su difunta madre, a la que debe enterrar en Escocia; al despedirse le dice al carpintero: “Es una molestia tener que ir en tren, ¿no cree?” No nos extraña que una persona capaz de decir tamaña monstruosidad, resulte ser después una cómplice de Moriarty. 

The Seven-Per-Cent Solution

Si quisiéramos encontrar un ejemplo de como pueden llegarse a cambiar los títulos de los filmes al proyectarse en distintos países, éste sería un buen ejemplo. El título original de la película es The Seven-Per-Cent Solution (La disolución al siete por ciento). En francés se la tituló Sherlok Holmes attaque l’Orient-express (Sherlock Holmes ataca al Orient Express) y en español se la llamó Elemental, doctor Freud.

Esta película fue rodada en 1976, y es una adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre de Nicholas Meyer, autor de otros dos pastiches con los personajes de sir Doyle. El título se refiere a la adicción de Sherlock Holmes a la cocaína, la cual lleva a Watson a organizar un viaje a Viena para que el detective sea visitado por el doctor Sigmun Freud. Para arrastrarlo hasta Viena, Watson enreda a Sherlock, que cree que viaja tras la pista de su inefable enemigo, el doctor Moriarty. Una vez en la capital austríaca, el detective Holmes, el doctor Watson y el doctor Freud se lanzan a una trepidante aventura que se resolverá tras una espectacular persecución ferroviaria. La cinta fue protagonizada por Nicol Williamson (Holmes), Alan Arkin (Freud) y Robert Duvall (Watson), y cuenta con secundarios de lujo como Vanessa Redgrave (Lola Deveraux) y Laurence Olivier (Moriarty). Meyer fue nominado al Oscar por su guión.

Las escenas ferroviarias fueron rodadas en el famoso, y cinematográfico donde los haya, ferrocarril preservado de Severn Valley en el condado inglés de Shropshire. Este ferrocarril es el que acumula más realizaciones cinematográficas y televisivas después del de Nene Valley de Peterborough. El Severn Valley Railway es famoso como atracción turística y es uno de los lugares de peregrinaje de los aficionados a los trenes antiguos. Fue construido en 1862, en 1870 fue absorbido por el Great Western Railway y en 1965, al cerrarse sus ramales principales, se iniciaron los planes de preservación. 

Holmes y Watson viajan a Viena en tren: parten de la estación Victoria de Londres y llegan a la estación del Oeste de Viena. Locomotoras, coches, estaciones y paisaje ferroviario son tratados con primor y merecen el interés del aficionado. Sin embargo, la escena más interesante es la de la persecución ferroviaria. El pachá, que ha secuestrado a Lola, la paciente de Freud, se dirige a Istambul en su tren especial. Los tres protagonistas se lanzan a su persecución después de abordar un tren de cercanías. “¿A donde se dirige este tren?” pregunta Watson. El jefe de estación responde: “Es el local de Dresde.” Watson saca su pistola y concluye: “Pues ahora es el Orient Express.”

Durante el recorrido se acaba el carbón y los tres héroes emulan a los hermanos Marx en el oeste alimentando el hogar de la locomotora con la madera de los vagones. Para completar la emoción ferroviaria, Holmes se cuelga de los coches cuando se cruzan con otros convoyes, suelta vagones de mercancías para atacar al otro tren, salta en marcha de su tren al de su enemigo, sortea portales de túneles y mantiene una lucha a sable correteando por los techos de los coches. Todo ello con todo lujo de detalles ferroviarios. ¿Qué más se puede pedir?


Una curiosidad final

La afición por Sherlock Holmes, por el mundo ferroviario y la filatelia no tienen límites, de manera que, en al menos una ocasión las tres se han unido. Se trata de un sello de 6 dólares del Caribe Oriental emitido por la Mancomunidad de Dominica, la inscripción de cuya hojita reza: “Sherlock Holmes y el doctor Watson contemplando el tren de Brunigline (construido en 1888) descendiendo de Brunig hacia Meiringen”. La referencia es canónica, pues en el relato Problema final el detective pasa la noche en Meiringen el día antes del encuentro supuestamente mortal con Moriarty en las cataratas de Reichenbach.




jueves, 1 de octubre de 2020

Sherlock Holmes viajaba en tren 1/2

 

El médico y escritor escocés Arthur Conan Doyle publicó los primeros relatos de su inmortal personaje Sherlock Holmes en 1887 y los últimos, en 1903, con una postrera aparición en 1914. Durante ese periodo de tiempo el detective que se distinguia por aplicar el método científico, protagonizó cuatro novelas y más de cincuenta relatos, casi todos ellos publicados en The Strand Magazine. Su éxito fue inmediato y absoluto, hasta el punto de que, como ocurriera con las obras por entregas de Charles Dickens, era habitual que en tabernas y lugares de trabajo fueran leídas en voz alta por los que podían hacerlo en beneficio de los analfabetos.

Los años de las aventuras de Holmes se corresponden con los del esplendor del ferrocarril británico. El tren era el medio de transporte habitual para los pasajeros y las mercancías en distancias medias y largas. Era más potente, rápido y versátil que la navegación por canales que había sido el método rey hasta la revolución industrial, y los tiempos de la competencia del transporte por carretera aun tardarían en llegar. Como no podía ser de otra manera, Sherlock Holmes, para sus desplazamientos entre Londres y las ciudades y pueblos donde se reclamaban sus servicios, tomaba el tren.

Entre los relatos escritos por sir Doyle no hay ninguno que tenga como escenario el tren. Es decir, ningún caso transcurre en el interior de un convoy en marcha, y sólo en unos pocos el ferrocarril tiene un papel que vaya más allá de ser el medio de transporte de Holmes y Watson. A menudo ambos personajes aprovechan los viajes a través del país para ponerse al día del estado de la investigación en curso, siendo éste un recurso literario que también han usado otros autores. Pero no podemos seguir hablando de la relación entre Sherlock Holmes y el ferrocarril sin hablar antes de la policía ferroviaria británica.

La Policía Británica del Transporte

En la Gran Bretaña existe un cuerpo policial específico para la vigilancia de los ferrocarriles: la British Transport Police (BTP). La BTP es la fuerza pública nacional de ferrocarriles y presta servicio de policía a los operadores ferroviarios, a su personal y a los pasajeros a todo lo largo y ancho de Inglaterra, País de Gales y Escocia. También es responsable de la vigilancia del sistema de metro de Londres, del tren ligero de los Docklands, del MetroTram del centro de Inglaterra y del Croydon Tramlink.

William Owen Gay, que fue jefe de la British Transport Police entre 1963 y 1974, unió a su reconocida labor policial un amplio trabajo en el terreno del derecho y de las artes. Durante algunos años fue el editor del BTP Journal, el boletín del cuerpo. Es evidente que Gay fue un lector entusiasta de las novelas de Doyle, pues escribió un artículo que puede catalogarse de definitivo sobre la relación de Sherlock Holmes con el ferrocarril. Lo publicó en la sección "Murder in Transit" (asesinato en tránsito) del boletín y se titulaba The detective went by train, a contribution to Holmesiana (El detective iba en tren, una contribución a la holmesiana). El artículo entero puede encontrarse en el interesante sitio web de la BTP. Está escrito con fino sentido del humor y hace constantes comparaciones entre el funcionamiento del ferrocarril en tiempos de Holmes y el que él conoció como jefe de la policía ferroviaria. En su artículo, Gay prueba que es un muy buen conocedor de la saga holmesiana, como lo demuestra el hecho de aportar abundantes ejemplos de cada una de sus consideraciones. Veamos algunas de ellas:

Parece ser que Sherlock Holmes tenía una amplia cultura ferroviaria, hasta el punto de que en el caso Black Peter, cuando el comisario se estruja el cerebro para comprender qué pueden significar las iniciales CPR, Holmes le sugiere de inmediato que pruebe si Canadian Pacific Railway encaja con la investigación… y así es.

El doctor Watson se muestra siempre como un perfecto conocedor de los horarios de los trenes, hasta el punto de que cuando Holmes le pide que consulte los servicios para Little Purlington, cerca de Frinton, que según Gay es una destinación remota en una ramal local, Watson le contesta inmediatamente a qué hora tienen tren sin que, aparentemente, necesite consultar los horarios.

El articulista compara los trenes y horarios citados por Doyle, que solían ser rigurosamente reales, con los de su época, de manera que pude opinar sobre la eficacia de los trenes de cada momento y, en un caso, llega a la conclusión que Doyle hace que se retrase un tren para que a Holmes le cuadren sus horarios.

Según Gay, el detective no era un modelo de urbanidad: estruja los periódicos y los tira debajo del asiento a medida que los va leyendo durante sus viajes. Viajes que, gracias a los buenos oficios de Watson, la pareja suele hacer casi siempre ocupando en solitario un compartimiento.

Finalmente, en una nueva muestra de su humor inglés, Gay, que probablemente no tendría muy buen recuerdo de sus comidas en las cantinas (los refreshement rooms) de las estaciones, se sorprende de que ni Holmes ni Watson se quejen nunca de la calidad de la comida y del te que toman en sus viajes por ferrocarril.
Los planos del Bruce-Partington 

Éste es el caso en que el ferrocarril tiene un mayor papel, fue publicado en 1908 y arranca con la inesperada visita de Mycroft Holmes, el hermano de Sherlock que ocupa un lugar discreto pero clave en el gobierno de su majestad. El cuerpo del funcionario Cadogan West ha sido encontrado junto a la vía en la estación de metro de Aldgate. El joven trabaja en el arsenal de Woolwich y llevaba encima planos del submarino secreto Bruce-Partington cuando se encontró su cadáver. Holmes se pone en marcha: deduce que el cuerpo ha de haber caído de un tren y de que la caída se ha producido en un lugar en el que el convoy ha sufrido el traqueteo causado por el paso por unos cambios de agujas sucesivos. West no lleva billete y Holmes considera que este dato es muy relevante porque “en mi experiencia, no es posible alcanzar el andén del metro sin mostrar el billete.” 

No desvelaremos la trama y el desenlace del relato, pero sí que indicaremos que acaba conduciendo a Holmes y a la policía a un apartamento situado junto a las vías del metropolitano, a la salida de un túnel y justo en el lugar donde los convoyes suelen detenerse ante un semáforo. Los cristales de la ventana trasera bajo la que suelen pararse los convoyes del metro están permanentemente sucios por la condensación grasienta del humo de las locomotoras, toda la fachada está tiznada y encuentran la prueba de que un cuerpo ha sido sacado por la ventana porque el hollín que se ha depositado en la repisa muestra su rastro. La conclusión final es que el cuerpo del desgraciado West fue dejado, después de muerto, sobre el techo de un coche del metro y que no cayó de él hasta que las agujas de la estación de Aldgate lo hicieron resbalar.

El supuesto domicilio de Sherlock Holmes es el mítico 221b de Baker Street junto a la parada de metro del mismo nombre. El detective de ficción tiene una estatua a la salida de la estación y, además, la empresa del metropolitano de Londres rindió homenaje al detective diseñando una decoración alusiva para esta estación en la que se cruzan las líneas Jubilee, Metropolitan, Bakerloo y Circle.