Veintidós años después de que Dickens
publicara The Signalman, el novelista y dramaturgo alemán Gerhart
Hauptmann editaba la novela corta Bahnwärter
Thiel (1888, El guardavía Thiel).
La obra narra la degradación mental de un guardavía, Thiel, que tiene su puesto
en los bosques de Brandeburgo. Su bajada a los infiernos empieza en el momento
en que su esposa muere de parto y, para no tener que dejar a su hijo Tobias al
precario cuidado de una anciana de la vecindad, se casa con Lene, una vaquera
del pueblo. Thiel adora secretamente en su garita a su primera esposa muerta, al
tiempo que lidia con Lene, que resulta ser una mujer ardorosa y sexualmente
dominante que maltrata a Tobías desde el momento que alumbra a su propio bebé.
La muerte de Tobías, atropellado por una locomotora en un descuido de Lene, precipita
el derrumbe psicológico de Thiel que, en un ataque de locura, mata a su esposa
y a su hijo.
Si la narración de Dickens transita en el
terreno de lo gótico, con fantasma incluido, la de Hauptmann lo hace por el
naturalismo y por la psicología del inconsciente y pone todo su talento como
narrador a la tarea de transmitir al lector lo esclavo y rutinario del trabajo
de guardavía.
A continuación, la campana anunció, con tres
agudos toques, que se repitieron, que un tren había partido de la estación
próxima en dirección a Breslau. Sin dar la menor señal de prisa, Thiel siguió
aún un buen rato dentro de la garita. Al fin salió despacio con la bandera y la
cartuchera en la mano y se encaminó a pasos lentos y como contados por el
estrecho sendero de arena hacia el paso a nivel, como a unos veinte pasos. Las
barreras las cerraba y abría Thiel cuidadosamente antes y después de cada tren,
si bien raramente pasaba alguien por aquel camino.
(…)
Para matar el tiempo, decidió Thiel inspeccionar la línea tan pronto como
alborease. Con una barra en la mano izquierda y una larga llave inglesa en la
derecha se puso a caminar pues sobre el dorso de un raíl, al filo del
crepúsculo gris sucio. De cuando en cuando apretaba con la llave algún tornillo
o golpeaba la juntura de hierro que unía los raíles entre sí.
El tren pasa siempre como una exhalación
ante Thiel y, a cada nueva circulación, la descripción que Hauptmann hace de ella
es más y más impresionista. En este primer fragmento pueden reconocerse ecos de
Dumbey and Son (1848) de Dickens:
A ráfagas iba creciendo, acercándose por los aires un
resoplido, un bramido. Luego, súbitamente, se rasgó el silencio. Un rabioso
estrépito, un furioso estruendo llenó el espacio; los raíles cedían, la tierra
temblaba, una potente corriente de aire, una nube de polvo, vapor y
humareda... y el negro y jadeante monstruo había pasado.
Conforme avanza la narración, las
descripciones hacen la función de correlato de la degradación mental del
protagonista:
Fue haciéndose visible –se
aproximaba ya– y la negra chimenea de la máquina lanzaba bocanadas de vapor en
incontables y atropellados resoplidos. En esto brotaron uno, dos, tres chorros
de vapor blanco lechoso, derechos como una vela, y al punto vibró en el aire el
pitido de la máquina.
(...)
Una oscura humareda se estiraba a lo lejos sobre la
línea, y el viento la empujaba hasta el suelo. A sus espaldas percibió el
jadeo de una maquina que resonaba como la respiración fatigosa y vacilante de
un gigante enfermo. Una fría penumbra se extendía sobre aquel paraje. Al poco
rato, al esfumarse la humareda, reconoció Thiel al tren del balasto.
Esta novela corta suele estar incluida en las antologías literarias del XIX alemán y existen versiones para la pantalla y el escenario.
En 1900,
Eduardo Zamacois, conocido entre la afición ferroviaria por sus Memorias
de un vagón de ferrocarril, publicó una colección
de relatos, De carne y hueso,
en el que se incluía uno titulado La muerta. Narra el drama de
Martina, una guardavía casada con Juan, maquinista del mismo ferrocarril, que
la tiene muy abandonada. Está destinada en un emplazamiento que se parece mucho
al del protagonista del relato de Dickens:
Aquella caseta de peones
camineros fue puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco,
especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica
entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes
colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los
jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol,
las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las
resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja
y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el
cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del
viento no llegaban...
Allí vivía Martina, la mujer de
Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da a los
trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes
de los dos cerros fronteros...
El
paso de los trenes contagia a la guardavía el deseo vivir una aventura erótica.
Aquel sempiterno trajín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.
Acabará
teniendo una aventura con Pedro, el fogonero de su marido. Cuando el fuego de
la pasión se acaba, arrepentida y enloquecida, se arroja a la vía cuando pasa
el tren de su esposo.
Fue una tarde, a la puesta del
sol. De pie, junto a la vía, con el banderín verde en la mano, la joven
escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien
todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del
cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al
principio tornose sordo y como opaco, fue creciendo, más, más... hasta
convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una
sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra
sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan,
según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al
cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los
rieles, tapándose los oídos para no oír... y el tren pasó...
El poeta modernista Salvador Rueda incluyó en el volumen En tropel (1911) el poema El guarda-vía. En él aparecen de nuevo el tema del aislamiento y el del mundo desfilando ante el ferroviario, pero ahora, además, mientras sigue atento a la prestación del servicio, el guardavía vela a su esposa muerta.
Allá en lo más oscuro, más hondo de la noche,
donde las sombras tristes tejen su baile negro,
brilla una luz confusa, brilla una luz medrosa,
es la del centinela del progreso.
Entre los cuatro muros de su vivienda pobre,
rendido a su constante monologar eterno,
ante su esposa gime, su muda esposa muerta,
sin nadie que acompañe su velatorio tétrico.
Ninguna voz cercana consuela sus gemidos,
la muerte y él recorren los mundos del silencio;
el huracán tan solo arranca su himno bárbaro
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.
(…)
El tren suena a los ojos con su trajín furioso,
le aguarda el hombre inmóvil junto a su hogar desierto,
la humanidad desfila con su tropel alegre
de cantos y de risas, de amores y deseos.
El hombre viene a tierra, su obligación cumplida,
sobre la yerta forma que idolatró otro tiempo,
¡y el viento de la noche arranca un Dies irae
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.
El cine expresionista recurrió con frecuencia a los ferroviarios. Es el caso del director alemán Lupu Pick y su película Scherben (1921, Añicos). Narra la historia de un guardavía que recibe la inesperada visita de un inspector de la compañía ferroviaria en su casa aislada, donde vive junto a su mujer y a su hija. El inspector turba la tranquilidad del guardavía, seduciendo a su hija y rechazando después cualquier tipo de compromiso. La fuerza premonitoria del expresionismo se manifiesta en el hecho de que la hija caiga seducida simplemente por las botas del inspector, en la incapacidad del guardavía de enfrentarse a los abusos de la autoridad y en el final trágico.
Poca representación tienen los guardavías en la pintura, la ilustración y la fotografía si la comparamos con la de maquinistas, fogoneros, jefes de estación o guardagujas. En julio de 1931 la revista americana Railroad Man’s Magazine le dedicó la ilustración de portada con el título All Clear Ahead (Vía libre).
En 1848, al inaugurase la línea entre Barcelona y Mataró, a raíz de verse por la noche a los guardavías recorriendo el carril con un saco al hombro para recoger carbón, corrió el bulo malintencionado de que la compañía de los ferrocarriles secuestraba a niños porque su grasa era la más adecuada para lubricar las locomotoras. La dirección del ferrocarril tuvo que publicar un desmentido en los periódicos. En 2019, el dibujante de viñetas Ferran Martín recreó la historia.
Es difícil encontrar imágenes, películas o textos referidos a los guardavías más allá del primer tercio del siglo XX, a no ser que se trate de reelaboraciones de obras anteriores, lo cual se debe tanto a la modificación y desaparición de este perfil profesional como a cambios en los intereses de los creadores al atender el ferrocarril.