lunes, 9 de febrero de 2026

La soledad del guardavía (I)


Si ha habido un oficio solitario en el mundo del ferrocarril, éste es el de guardavía, especialmente cuando se estaba destinado a una zona alejada de las poblaciones y los caminos. Era el empleado que estaba al cuidado de un tramo de la vía. Debía revisarlo, reparar los pequeños desperfectos si estaba en su mano, como apretar tirafondos o reponer balasto, y dar parte cuando se requería una intervención mayor. En el caso de que el desperfecto detectado pudiese dar lugar a un accidente, debía hacer la señal de alto a los convoyes que se acercaran con un banderín rojo o una lámpara con vidrio del mismo color. Con una señal verde indicaba a los maquinistas que no había novedad en la vía. En ocasiones la tarea de guardavía se compatibilizaba con la de guardabarrera o la de guardagujas.

Existían guardavías de día y guardavías de noche (llamados también guardanoches en algunas compañías), a estos últimos se les solía encargar, además de la revisión de la vía, y cundo no había circulaciones, la tarea de recoger en un saco los trozos de carbón que hubieran caído de las locomotoras.

La ilustración de 2018, que encabeza esta entrada, es una recreación expresa de un guardavía nocturno realizada por el dibujante y heraldista José Ramón de Travi, pero cuando se trata de revisar las pinturas y dibujos realizados en el siglo XIX y principios del veinte, la diversidad de denominaciones y el hecho de que en muchos casos estos ferroviarios realizaran varias funciones según su localización, lleva a una cierta confusión.


El magnífico óleo del danés Laurits Andersen Ring Banvakten (1884, El guardavía) representa a un ferroviario en funciones de guardavía como su título indica, pero la sombra de la barrera en el suelo nos hace pensar que se trata de un guardabarreras o que hace las dos funciones. Más allá de esta cuestión, el cuadro está considerado una excelente representación de la soledad de la profesión y del desarraigo de los campesinos que cambiaron su entorno por el mundo del ferrocarril.


En The Night Signal (c. 1880) del norteamericano Charles Felix Blauvelt, la función del ferroviario es mucho más evidente.

Esta profesión tan solitaria y, por ello, expuesta a padecimientos mentales, enseguida fue del interés de los escritores. El primero en dedicarle un relato fue Charles Dickens en The Signalman (1866, El guardavía), incluido en el libro Mugby Junction. Se trata de un relato de fantasmas la voz narrativa del cual es la de un viajero que, al pasar cerca de la trinchera del ferrocarril, ve al guardavía y siente curiosidad por él y su trabajo. Así describe su ubicación:

Su caseta estaba en el lugar más sombrío y solitario que yo hubiera visto en mi vida. A ambos lados, se elevaba un muro pedregoso y rezumante que bloqueaba cualquier vista salvo la de una angosta franja de cielo; la perspectiva por un lado era una prolongación distorsionada de aquel gran calabozo; el otro lado, más corto, terminaba en la tenebrosa luz roja situada sobre la entrada, aún más tenebrosa, a un negro túnel de cuya maciza estructura se desprendía un aspecto rudo, deprimente y amenazador. Era tan oscuro aquel lugar que el olor a tierra lo traspasaba todo, y circulaba un viento tan helado que su frío me penetró hasta lo más hondo, como si hubiera abandonado el mundo de lo real.
(…)
Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había referido.
El viajero baja a conversar con el guardavía y logra que le describa su trabajo, explicación que interrumpe cada vez que el servicio le requiere:
¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía suficiente responsabilidad sobre sus hombros; pero lo que más se requería de él era exactitud y vigilancia, más que trabajo propiamente dicho; trabajo manual no hacía prácticamente ninguno: cambiar alguna señal, vigilar las luces y dar la vuelta a una manivela de hierro de vez en cuando era todo cuanto tenía que hacer en ese sentido.
(…)
Varias veces fue interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor.

La trama sigue el curso característico de los relatos de su género: el guardavía cuenta al viajero que se le aparece una misteriosa figura espectral en la boca del túnel que le advierte de tragedias y accidentes que nunca tardan en ocurrir. Una vez leído el desenlace, el lector se da cuenta de que, detrás del relato gótico, hay una crítica de las condiciones de trabajo del ferroviario.


En 1976, la BBC hizo una adaptación de este relato dentro de la serie Ghost Story for Christmas, dirigida por Lawrence Gordon Clarke.


En 2004, Daniel Celaya y Andrea Trigo dirigieron la película El guardavias basada también en el cuento de Dickens. Ahora el protagonista es un profesor de literatura borracho y en paro, hijo de un guardavía que dice que ve fantasmas, y de una mujer fuerte y analfabeta. Al morir el padre, su madre le manda a la ciudad a estudiar y ya no regresa. Al morir la madre, y tras treinta cinco años de ausencia, el protagonista visita de nuevo el pueblo y se avivan las visiones y el miedo. El guardavias fue un proyecto de la escuela de cinematografía Orson the Kid y fue la primera película hecha casi íntegramente por niños y niñas de 10 a 16 años.


De especial soledad es el caso del personaje del monólogo Lo tren 50 (1896, El tren 50) de Salvador Badosa Rius. El guardavía protagonista es un hombre que, absolutamente alterado y desesperado, explica al público su desgraciada vida. El autor nos indica que «la acción es contemporánea y pasa en las afueras de un pueblo de la montaña en los que hay línea de Ferro-carril, durante la época actual».

La descripción de la escena y las primeras frases del texto nos dan a entender que nos encontramos ante un drama modernista: «La escena representa un bosque espeso, con varias rocas repartidas por la escena. A la derecha, la entrada de una caseta. A la izquierda, una garita, y a su lado representa que hay la línea del tren que, cuando se indique, debe simularse que pasa. Es una noche tormentosa, durante toda la obra se ven muchos rayos seguidos de truenos».

Al levantarse el telón, se producen un rayo y un trueno muy fuertes, aparece en la escena el Guardavía, con farola y bocina, y con desespero, dice:
¡Relámpago del cielo, ven a mí! ¿Por qué te detienes? Párteme aquí por la mitad como débil caña que así acabaré mis amarguras. (Escuchando.) ¡Aún siento sus llantos! ¡Oh, no me engaña!... ¿Veis su sangre?... ¡Pobres criaturas! ¡No te detengas! tu muerte espero. (Por el rayo.) ¡De mi cuerpo no ha de salir ni un ay! de queja...
El llanto y la sangre a las cuales se refiere son de sus hijos, a los que ha arrojado bajo las ruedas del tren 50 para no verles morir de hambre, como ha visto morir de miseria a su mujer. A pesar de su desespero y arrepentimiento, cumple sus obligaciones:
(Se oye el tren ya muy cerca y le van faltando las fuerzas.)
¡La máquina ya viene!
Sus resoplidos como gemidos infernales llegan aquí. (En el corazón.)
(Hace esfuerzos como si le fallara el aire y tose con tos pequeña y seca como de tísico, coge el farol y, tambaleándose, va hacia la vía; que el público lo vea.)
¡No respiro... quiero aire... ese ahogo de muerte es...
(Pone la farola a la vista del tren, toca la bocina y se oye como pasa. A medida que va pasando las fuerzas le fallan. Cuando figura que el tren ha pasado, queda pensativo, haciendo una pequeña pausa, deja la farola en el suelo y vuelve a delirar.)
No hace falta haber visto o leído muchos dramas modernistas para adivinar cómo acaba el monólogo:
¡Oh! La vista se me apaga, ¡y qué tormento! ¿Qué es lo que siento, oh, Dios omnipotente?Es la sangre que venganza viene a reclamarme.
(Se oye llegar el tren.)
¡Dios mío, sí, es el tren, el tren cincuenta!...
(Después de un rato de lucha, se levanta tambaleándose y aguantándose por doquier, coge la farola y la encara al tren, que va oyéndose más cerca.)
¡Es la hora de expiar el crimen, tengo tiempo todavía! ¡No, no, ese sufrimiento ya no me asusta! (Se oye más cerca.) ¡Hijos míos, ya voy! ¡Ya voy, esposa santa! Aquí arriba viviremos juntos... ¡¡Viene vuestro padre!!...
(Tira la farola en medio de la escena y figura que se tira debajo del tren que en ese momento pasa.)
TELÓN RÁPIDO

En los tiempos en que se escribió este drama, la profesión de ferroviario era muy buscada porque representaba una estabilidad laboral que la industria difícilmente garantizaba. Un ferroviario era, según las revistas frívolas, un buen partido, pero este monólogo no es la única obra literaria que aborda el tema de las grandes diferencias en las categorías y, sobre todo, en los sueldos.