miércoles, 7 de enero de 2026

Los pobres revisores

 

De los diversos oficios ferroviarios, el de revisor es probablemente el menos popular entre los usuarios. Su denominación formal ha variado con las épocas, las compañías y los países, y sus atribuciones también han ido cambiando. En España, MZA les llamaba “revisores de billetes”, Norte prefería “interventores en ruta”, ahora Renfe les encuadra en la denominación de “operadores comerciales” a bordo de los trenes. Vulgarmente se les ha llamado “los picas”. En Francia se les llama conducteurs, en Inglaterra, conductors y en Alemania, zuginspektors. En castellano, “conductor” designa al “jefe de tren”, aunque se use popularmente la expresión “conductor del tren” por “maquinista”. Esta aclaración sobre el nombre es relevante a la hora de ver como la literatura y las artes plásticas se han referido a estos profesionales.

Ilustración 2

El escritor alemán Thomas Mann sufrió un accidente ferroviario, y lo cuenta en su relato Das Eisenbahnglück (1908, Accidente ferroviario); el expreso fue desviado por error a la vía donde estaba estacionado un mercancías al que embistió. Mann empieza explicando sus sensaciones al viajar en tren y, después, nos muestra una galería de viajeros, sus manías y su relación con el zuginspektor, al que presenta como una especie de encarnación del poder.

Miren a ese revisor con bandolera de piel, frondoso mostacho de sargento de policía y mirada enfurruñada y alerta. Miren con qué brusquedad impone su autoridad a aquella anciana de mantilla negra y deshilachada, porque estaba a punto de subirse al vagón de segunda clase. Este hombre es el estado -nuestro padre- la autoridad y seguridad. No da gusto tener tratos con él, es severo, muy severo, muy áspero, pero puedes fiarte de él y tu maleta está tan segura con él como en el seno de Abraham.

Ilustración 3

Durante muchos años, los revisores se han jugado la vida al realizar su trabajo. Así se recoge en la obra Aucells de gàbia. Els carrilaires (1907, Pájaros de jaula. Los ferroviarios) de Eduard Coca “KOK”, que trabajó en el ferrocarril antes de hacer carrera como escritor.

Antes de salir de Barcelona hice la mayor revisión posible a fin de no exponerme a un resbalón pasando por los estribos de los coches para ir de un departamento y otro, cosa que está terminantemente prohibida por el reglamento con el único objetivo de evitarle problemas a la compañía si alguien se hace daño, pero que en la práctica es imprescindible si se quiere hacer la revisión tal y como debe hacerse en un país como éste en el que todo el mundo lleva en la sangre el instinto de la defraudación. Si no se hiciera así, las compañías podrían ahorrarse el gasto de los billetes: nadie los compraría.

A pesar de la vigilancia de los revisores, siempre se encuentran en los trenes niños de seis años que ya han entrado en quintas, los retretes llenos de viajeros que van de incógnito, y algún fulano repantigado en una primera blanda, llevando billete de la clase más dura.

Ilustración 4

También recoge esta peligrosa práctica el escritor valenciano Jordi Valor en su relato Una aventura en el tren (1953). El protagonista del relato toma, en 1930, el tren de Jaca a Huesca y Tardienta.

El vagón era antiguo. Cada compartimiento tenía puerta al exterior sin poder recorrerse el coche, es decir, que íbamos enjaulados como gallinas, y hasta el revisor tenía que salir por la portezuela y por el estribo y, agarrado a las ansas del subidor, pasar al compartimiento de al lado cuatro o cinco veces en cada coche.

Ilustración 5

En el terreno de las artes plástica, el revisor no tiene demasiada presencia, pero he aquí algunos ejemplos. El grabado impreso en Ámsterdam [Ilustración inicial] corresponde a un revisor francés de 1889. A principios del siglo XX, Paul Gustave Fischer pintó un revisor del tranvía de Copenhague [Ilustración 2]. Francesc Esteve, un fotógrafo que tocó a menudo el tema ferroviario, nos dejó Revisor de los Ferrocarriles Catalanes (1968) [Ilustración 3]. Ya en nuestro siglo, el norteamericano Lee Allen mantiene vivo el tema con su Conductors on the 310 [Ilustración 4].

Ilustración 6

Mucho más prolífica es la presencia de los revisores en las viñetas satíricas, en las que suelen ser presentados como un personal muy celoso de su cometido. Es el caso de las dos viñetas alemanas de 1895 y 1908 reproducidas en la prensa española de los años 40 del siglo XX [Ilustraciones 5 y 6].

Ilustración 7

Los intentos de burlar a los revisores se han producido siempre y en todas partas, así lo recoge la viñeta de The London Opinion de finales del XIX [Ilustración 7]:

–Ha de pagar el doble por su niño que está escondido bajo el asiento

–Déjelo. Ya lo castigaré yo en cuanto lleguemos a casa.

Ilustración 8

En la década de 1920, las revistas En Patufet y Virolet también se fijan en el rigor de estos ferroviarios. En la primera, el revisor le recuerda al pasajero mareado que se prohíbe echar objetos a la vía [Ilustración 8]; en la segunda, seguramente tomada de una revista extranjera, un revisor corto de vista la indica al hombre con el pie vendado que «el paquete debe ponerse en el portaequipajes» [Ilustración 9]. 

Ilustración 9

La película Kontroll (2003) [Ilustración 10] del director húngaro Nimród Antal, narra las aventuras y desventuras de los revisores del metro de Budapest, sus enfrentamientos con los pasajeros incívicos, sus problemas laborales y la rivalidad entre ellos. Los revisores se encuentran atrapados entra la picaresca de los que pretenden viajar sin billete y las decisiones de unos jefes a los que nunca ven y que controlan el sistema desde sus pantallas. Además, el mundo subterráneo está poblado por personajes inquietantes. Más allá del argumento, que se sostiene bien, la película puede verse como una parábola de la tensión social en el país. 

Ilustración 10

Muy distinta es la británica Howl (2015, Aullido) de Paul Hyett, que combina trenes y terror. El protagonista es un revisor [Ilustración 11] que, al llegar con su servicio a la estación londinense de Waterloo, recibe dos malas noticias: que le han denegado un ascenso y que debe doblar turno en un tren nocturno a Innsbruck. La protagonista femenina es una amiga suya: la encargada del carrito de los refrescos en el tren. Es noche de luna llena, el tren se detiene porque ha atropellado un venado, el maquinista baja a hacer una inspección ocular y desaparece, no hay cobertura telefónica en la zona, unos extraños seres aúllan alrededor del tren y el revisor debe tomar el mando.

Ilustración 11

En la rica tradición de la literatura erótica de contexto ferroviario, los revisores y las revisoras salen siempre muy bien parados.

En 1984 Lonnie Barbach publicó Pleasures (1989, Placeres), una antología de relatos escritos por mujeres en los que se recrean fantasías eróticas. Uno de ellos, sin firma, lleva por título Cómo pasé mis vacaciones de verano y es un compendio de lances, ensueños y fantasías echas realidad aprovechando los viajes estivales.

El ocaso lanzaba saetas de luz gris y rosa en la gran estación al aire libre. Paseé arriba y abajo junto a la vía, mirando a los viajeros y consultando los indicadores. Un revisor advirtió mi inseguridad y me preguntó cuál era mi destino. Sí, ese tren llegaría de un momento a otro por aquella vía.
Así fue. Y, cuando reunía mis bolsas y cestas para subir al vagón, el mismo revisor se me acercó por detrás para ayudarme.
A droite –dijo.
Todos los demás pasajeros se dirigían hacia la izquierda. Yo le seguí hacia la derecha, para entrar en un compartimiento vacío. Dejó mis bolsas en la red y me encendió la lamparilla de lectura.
Bon soir –dijo, y se fue.

No hace falta decir que revisor y viajera saben encontrar su momento y que lo disfrutan al ritmo del traqueteo del tren.

Álvaro Labrador ganó la edición de 1986 de los Premios del Tren con el relato Un tren de verano. El protagonista es un revisor de Renfe que contempla las jóvenes nórdicas que viajan de vacaciones durmiendo en los trenes nocturnos, las admira, las estudia y las compara con su novia casta y tradicional. Les pide el billete esperando que tengan que medio desnudarse para acceder a la bolsa oculta del dinero y la documentación, les da complicadas explicaciones sobre trayectos para estar cerca de ellas, fabula con hacerles el amor. En su imaginación obsesiva, acaba descubriendo una simbiosis entre las chicas y el tren. 

Eran así las noches en los trenes de verano, noches calientes también de sexo, noches acuñadas por estas ardientes mujeres del norte, mujeres de frío y pasión, mujeres que hacían una simbiosis de amor con el tren. Éste les daba su velocidad, su movimiento, sus pasillos, compartimentos, sus ventanas abiertas al campo, sus noches de viaje y estrellas, y a cambio ellas transformaban su cara fuliginosa y tubular haciendo de él un tren apasionado y sexual.

Ilustración 12

La editorial francesa La Musardine, especializada en literatura y cómics eróticos, editó en 2012 un conjunto de relatos bajo el título Oséz... 20 histoires érotiques dans un train [Ilustración 12]. Uno de los relatos es Intrusion de Clarissa Rivière. En él sorprende tanto el realismo con que se describe la inexperiencia de la parejita protagonista, como el inesperado giro que aporta al relato la entrada del revisor del tren en su compartimento. La historia ocurre en un tren convencional con coches-cama y que avanza con un traqueteo que favorece que la protagonista se dedique de lleno a gozar con el revisor: «Olvidado Adrien, los movimientos del tren, monótonos, regulares, repetitivos, adormecen su consciencia, ella sólo se preocupa de buscar su placer».

El volumen incluye también el relato Sur la rute, de Miss Kat, pseudónimo de Octavia Delvaux. Coralie, una chica con pocos recursos va a un congreso de literatura erótica para que la Delvaux le firme ejemplares. Se cuela en el metro y en el tren. Mientras está leyendo la literatura erótica de su autora favorita, entra en su compartimiento Mylène, una mujer también lectora de Delvaux. Hablan y comparten intimidades. Cuando los revisores entran a pedirles los billetes, las dos mujeres se besan para ahuyentarlos, aunque los dos hombres acaban quedándose y montando una orgía a cuatro. Al final…

Apenas recuperada de sus emociones, Coralie mira a Mylène y a los dos revisores. Algo se le hace ahora evidente:
–¿Os conocíais?
Los otros tres estallan en risas. Mylène deja una insignia de revisora sobre la mesita:
–Te vi subir al tren en París. Tenías un comportamiento tan sospechoso que llevabas la palabra "defraudadora" en la frente. Entonces vi tu libro. Yo quería jugar... Y no me arrepiento –dijo con una sonrisa codiciosa–. Franck y Roger –añadió señalando a los otros dos revisores–, unos compañeros de profesión con los que suelo jugar de vez en cuando.

La aficionada a la literatura erótica se ahorra así el billete y, de paso, se confabula para el viaje de vuelta con los apasionados revisores ferroviarios.