sábado, 7 de marzo de 2026

La soledad del guardavía (y II)

 

Veintidós años después de que Dickens publicara The Signalman, el novelista y dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann editaba la novela corta Bahnwärter Thiel (1888, El guardavía Thiel). La obra narra la degradación mental de un guardavía, Thiel, que tiene su puesto en los bosques de Brandeburgo. Su bajada a los infiernos empieza en el momento en que su esposa muere de parto y, para no tener que dejar a su hijo Tobias al precario cuidado de una anciana de la vecindad, se casa con Lene, una vaquera del pueblo. Thiel adora secretamente en su garita a su primera esposa muerta, al tiempo que lidia con Lene, que resulta ser una mujer ardorosa y sexualmente dominante que maltrata a Tobías desde el momento que alumbra a su propio bebé. La muerte de Tobías, atropellado por una locomotora en un descuido de Lene, precipita el derrumbe psicológico de Thiel que, en un ataque de locura, mata a su esposa y a su hijo.

Si la narración de Dickens transita en el terreno de lo gótico, con fantasma incluido, la de Hauptmann lo hace por el naturalismo y por la psicología del inconsciente y pone todo su talento como narrador a la tarea de transmitir al lector lo esclavo y rutinario del trabajo de guardavía.

A continuación, la campana anunció, con tres agudos toques, que se repitieron, que un tren había partido de la estación próxima en dirección a Breslau. Sin dar la menor señal de prisa, Thiel siguió aún un buen rato dentro de la garita. Al fin salió despacio con la bandera y la cartuchera en la mano y se encaminó a pasos lentos y como contados por el estrecho sendero de arena hacia el paso a nivel, como a unos veinte pasos. Las barreras las cerraba y abría Thiel cuidadosamente antes y después de cada tren, si bien raramente pasaba alguien por aquel camino.

(…)

Para matar el tiempo, decidió Thiel inspeccionar la línea tan pronto como alborease. Con una barra en la mano izquierda y una larga llave inglesa en la derecha se puso a caminar pues sobre el dorso de un raíl, al filo del crepúsculo gris sucio. De cuando en cuando apretaba con la llave algún tornillo o golpeaba la juntura de hierro que unía los raíles entre sí.

El tren pasa siempre como una exhalación ante Thiel y, a cada nueva circulación, la descripción que Hauptmann hace de ella es más y más impresionista. En este primer fragmento pueden reconocerse ecos de Dumbey and Son (1848) de Dickens:

A ráfagas iba creciendo, acercándose por los aires un resoplido, un bramido. Luego, súbitamente, se rasgó el silencio. Un rabioso estrépito, un furioso estruendo llenó el espacio; los raíles cedían, la tierra temblaba, ­una potente corriente de aire, una nube de polvo, vapor y humareda... y el negro y jadeante monstruo había pasado.

Conforme avanza la narración, las descripciones hacen la función de correlato de la degradación mental del protagonista:

Fue haciéndose visible –se aproximaba ya– y la negra chimenea de la máquina lanzaba bocanadas de vapor en incontables y atropellados resoplidos. En esto brotaron uno, dos, tres chorros de vapor blanco lechoso, derechos como una vela, y al punto vibró en el aire el pitido de la máquina.

(...)

Una oscura humareda se estiraba a lo lejos sobre la línea, y el viento la empu­jaba hasta el suelo. A sus espaldas percibió el jadeo de una maquina que resonaba como la respiración fatigosa y vacilante de un gigante enfermo. Una fría penumbra se extendía sobre aquel paraje. Al poco rato, al esfumarse la humareda, reconoció Thiel al tren del balasto.

Esta novela corta suele estar incluida en las antologías literarias del XIX alemán y existen versiones para la pantalla y el escenario.

En 1900, Eduardo Zamacois, conocido entre la afición ferroviaria por sus Memorias de un vagón de ferrocarril, publicó una colección de relatos, De carne y hueso, en el que se incluía uno titulado La muerta. Narra el drama de Martina, una guardavía casada con Juan, maquinista del mismo ferrocarril, que la tiene muy abandonada. Está destinada en un emplazamiento que se parece mucho al del protagonista del relato de Dickens:

Aquella caseta de peones camineros fue puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da a los trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros fronteros...

El paso de los trenes contagia a la guardavía el deseo vivir una aventura erótica.

Aquel sempiterno trajín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.

Acabará teniendo una aventura con Pedro, el fogonero de su marido. Cuando el fuego de la pasión se acaba, arrepentida y enloquecida, se arroja a la vía cuando pasa el tren de su esposo.

Fue una tarde, a la puesta del sol. De pie, junto a la vía, con el banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornose sordo y como opaco, fue creciendo, más, más... hasta convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oír... y el tren pasó...

El poeta modernista Salvador Rueda incluyó en el volumen En tropel (1911) el poema El guarda-vía. En él aparecen de nuevo el tema del aislamiento y el del mundo desfilando ante el ferroviario, pero ahora, además, mientras sigue atento a la prestación del servicio, el guardavía vela a su esposa muerta.

Allá en lo más oscuro, más hondo de la noche,
donde las sombras tristes tejen su baile negro,
brilla una luz confusa, brilla una luz medrosa,
es la del centinela del progreso.

Entre los cuatro muros de su vivienda pobre,
rendido a su constante monologar eterno,
ante su esposa gime, su muda esposa muerta,
sin nadie que acompañe su velatorio tétrico.

Ninguna voz cercana consuela sus gemidos,
la muerte y él recorren los mundos del silencio;
el huracán tan solo arranca su himno bárbaro
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.

(…)

El tren suena a los ojos con su trajín furioso,
le aguarda el hombre inmóvil junto a su hogar desierto,
la humanidad desfila con su tropel alegre
de cantos y de risas, de amores y deseos.

El hombre viene a tierra, su obligación cumplida,
sobre la yerta forma que idolatró otro tiempo,
¡y el viento de la noche arranca un Dies irae
chocando en los vibrantes alambres del telégrafo.

El cine expresionista recurrió con frecuencia a los ferroviarios. Es el caso del director alemán Lupu Pick y su película Scherben (1921, Añicos). Narra la historia de un guardavía que recibe la inesperada visita de un inspector de la compañía ferroviaria en su casa aislada, donde vive junto a su mujer y a su hija. El inspector turba la tranquilidad del guardavía, seduciendo a su hija y rechazando después cualquier tipo de compromiso. La fuerza premonitoria del expresionismo se manifiesta en el hecho de que la hija caiga seducida simplemente por las botas del inspector, en la incapacidad del guardavía de enfrentarse a los abusos de la autoridad y en el final trágico.



Poca representación tienen los guardavías en la pintura, la ilustración y la fotografía si la comparamos con la de maquinistas, fogoneros, jefes de estación o guardagujas. En julio de 1931 la revista americana Railroad Man’s Magazine le dedicó la ilustración de portada con el título All Clear Ahead (Vía libre). 

En 1848, al inaugurase la línea entre Barcelona y Mataró, a raíz de verse por la noche a los guardavías recorriendo el carril con un saco al hombro para recoger carbón, corrió el bulo malintencionado de que la compañía de los ferrocarriles secuestraba a niños porque su grasa era la más adecuada para lubricar las locomotoras. La dirección del ferrocarril tuvo que publicar un desmentido en los periódicos. En 2019, el dibujante de viñetas Ferran Martín recreó la historia.

Es difícil encontrar imágenes, películas o textos referidos a los guardavías más allá del primer tercio del siglo XX, a no ser que se trate de reelaboraciones de obras anteriores, lo cual se debe tanto a la modificación y desaparición de este perfil profesional como a cambios en los intereses de los creadores al atender el ferrocarril.

lunes, 9 de febrero de 2026

La soledad del guardavía (I)


Si ha habido un oficio solitario en el mundo del ferrocarril, éste es el de guardavía, especialmente cuando se estaba destinado a una zona alejada de las poblaciones y los caminos. Era el empleado que estaba al cuidado de un tramo de la vía. Debía revisarlo, reparar los pequeños desperfectos si estaba en su mano, como apretar tirafondos o reponer balasto, y dar parte cuando se requería una intervención mayor. En el caso de que el desperfecto detectado pudiese dar lugar a un accidente, debía hacer la señal de alto a los convoyes que se acercaran con un banderín rojo o una lámpara con vidrio del mismo color. Con una señal verde indicaba a los maquinistas que no había novedad en la vía. En ocasiones la tarea de guardavía se compatibilizaba con la de guardabarrera o la de guardagujas.

Existían guardavías de día y guardavías de noche (llamados también guardanoches en algunas compañías), a estos últimos se les solía encargar, además de la revisión de la vía, y cundo no había circulaciones, la tarea de recoger en un saco los trozos de carbón que hubieran caído de las locomotoras.

La ilustración de 2018, que encabeza esta entrada, es una recreación expresa de un guardavía nocturno realizada por el dibujante y heraldista José Ramón de Travi, pero cuando se trata de revisar las pinturas y dibujos realizados en el siglo XIX y principios del veinte, la diversidad de denominaciones y el hecho de que en muchos casos estos ferroviarios realizaran varias funciones según su localización, lleva a una cierta confusión.


El magnífico óleo del danés Laurits Andersen Ring Banvakten (1884, El guardavía) representa a un ferroviario en funciones de guardavía como su título indica, pero la sombra de la barrera en el suelo nos hace pensar que se trata de un guardabarreras o que hace las dos funciones. Más allá de esta cuestión, el cuadro está considerado una excelente representación de la soledad de la profesión y del desarraigo de los campesinos que cambiaron su entorno por el mundo del ferrocarril.


En The Night Signal (c. 1880) del norteamericano Charles Felix Blauvelt, la función del ferroviario es mucho más evidente.

Esta profesión tan solitaria y, por ello, expuesta a padecimientos mentales, enseguida fue del interés de los escritores. El primero en dedicarle un relato fue Charles Dickens en The Signalman (1866, El guardavía), incluido en el libro Mugby Junction. Se trata de un relato de fantasmas la voz narrativa del cual es la de un viajero que, al pasar cerca de la trinchera del ferrocarril, ve al guardavía y siente curiosidad por él y su trabajo. Así describe su ubicación:

Su caseta estaba en el lugar más sombrío y solitario que yo hubiera visto en mi vida. A ambos lados, se elevaba un muro pedregoso y rezumante que bloqueaba cualquier vista salvo la de una angosta franja de cielo; la perspectiva por un lado era una prolongación distorsionada de aquel gran calabozo; el otro lado, más corto, terminaba en la tenebrosa luz roja situada sobre la entrada, aún más tenebrosa, a un negro túnel de cuya maciza estructura se desprendía un aspecto rudo, deprimente y amenazador. Era tan oscuro aquel lugar que el olor a tierra lo traspasaba todo, y circulaba un viento tan helado que su frío me penetró hasta lo más hondo, como si hubiera abandonado el mundo de lo real.
(…)
Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había referido.
El viajero baja a conversar con el guardavía y logra que le describa su trabajo, explicación que interrumpe cada vez que el servicio le requiere:
¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía suficiente responsabilidad sobre sus hombros; pero lo que más se requería de él era exactitud y vigilancia, más que trabajo propiamente dicho; trabajo manual no hacía prácticamente ninguno: cambiar alguna señal, vigilar las luces y dar la vuelta a una manivela de hierro de vez en cuando era todo cuanto tenía que hacer en ese sentido.
(…)
Varias veces fue interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor.

La trama sigue el curso característico de los relatos de su género: el guardavía cuenta al viajero que se le aparece una misteriosa figura espectral en la boca del túnel que le advierte de tragedias y accidentes que nunca tardan en ocurrir. Una vez leído el desenlace, el lector se da cuenta de que, detrás del relato gótico, hay una crítica de las condiciones de trabajo del ferroviario.


En 1976, la BBC hizo una adaptación de este relato dentro de la serie Ghost Story for Christmas, dirigida por Lawrence Gordon Clarke.


En 2004, Daniel Celaya y Andrea Trigo dirigieron la película El guardavias basada también en el cuento de Dickens. Ahora el protagonista es un profesor de literatura borracho y en paro, hijo de un guardavía que dice que ve fantasmas, y de una mujer fuerte y analfabeta. Al morir el padre, su madre le manda a la ciudad a estudiar y ya no regresa. Al morir la madre, y tras treinta cinco años de ausencia, el protagonista visita de nuevo el pueblo y se avivan las visiones y el miedo. El guardavias fue un proyecto de la escuela de cinematografía Orson the Kid y fue la primera película hecha casi íntegramente por niños y niñas de 10 a 16 años.


De especial soledad es el caso del personaje del monólogo Lo tren 50 (1896, El tren 50) de Salvador Badosa Rius. El guardavía protagonista es un hombre que, absolutamente alterado y desesperado, explica al público su desgraciada vida. El autor nos indica que «la acción es contemporánea y pasa en las afueras de un pueblo de la montaña en los que hay línea de Ferro-carril, durante la época actual».

La descripción de la escena y las primeras frases del texto nos dan a entender que nos encontramos ante un drama modernista: «La escena representa un bosque espeso, con varias rocas repartidas por la escena. A la derecha, la entrada de una caseta. A la izquierda, una garita, y a su lado representa que hay la línea del tren que, cuando se indique, debe simularse que pasa. Es una noche tormentosa, durante toda la obra se ven muchos rayos seguidos de truenos».

Al levantarse el telón, se producen un rayo y un trueno muy fuertes, aparece en la escena el Guardavía, con farola y bocina, y con desespero, dice:
¡Relámpago del cielo, ven a mí! ¿Por qué te detienes? Párteme aquí por la mitad como débil caña que así acabaré mis amarguras. (Escuchando.) ¡Aún siento sus llantos! ¡Oh, no me engaña!... ¿Veis su sangre?... ¡Pobres criaturas! ¡No te detengas! tu muerte espero. (Por el rayo.) ¡De mi cuerpo no ha de salir ni un ay! de queja...
El llanto y la sangre a las cuales se refiere son de sus hijos, a los que ha arrojado bajo las ruedas del tren 50 para no verles morir de hambre, como ha visto morir de miseria a su mujer. A pesar de su desespero y arrepentimiento, cumple sus obligaciones:
(Se oye el tren ya muy cerca y le van faltando las fuerzas.)
¡La máquina ya viene!
Sus resoplidos como gemidos infernales llegan aquí. (En el corazón.)
(Hace esfuerzos como si le fallara el aire y tose con tos pequeña y seca como de tísico, coge el farol y, tambaleándose, va hacia la vía; que el público lo vea.)
¡No respiro... quiero aire... ese ahogo de muerte es...
(Pone la farola a la vista del tren, toca la bocina y se oye como pasa. A medida que va pasando las fuerzas le fallan. Cuando figura que el tren ha pasado, queda pensativo, haciendo una pequeña pausa, deja la farola en el suelo y vuelve a delirar.)
No hace falta haber visto o leído muchos dramas modernistas para adivinar cómo acaba el monólogo:
¡Oh! La vista se me apaga, ¡y qué tormento! ¿Qué es lo que siento, oh, Dios omnipotente?Es la sangre que venganza viene a reclamarme.
(Se oye llegar el tren.)
¡Dios mío, sí, es el tren, el tren cincuenta!...
(Después de un rato de lucha, se levanta tambaleándose y aguantándose por doquier, coge la farola y la encara al tren, que va oyéndose más cerca.)
¡Es la hora de expiar el crimen, tengo tiempo todavía! ¡No, no, ese sufrimiento ya no me asusta! (Se oye más cerca.) ¡Hijos míos, ya voy! ¡Ya voy, esposa santa! Aquí arriba viviremos juntos... ¡¡Viene vuestro padre!!...
(Tira la farola en medio de la escena y figura que se tira debajo del tren que en ese momento pasa.)
TELÓN RÁPIDO

En los tiempos en que se escribió este drama, la profesión de ferroviario era muy buscada porque representaba una estabilidad laboral que la industria difícilmente garantizaba. Un ferroviario era, según las revistas frívolas, un buen partido, pero este monólogo no es la única obra literaria que aborda el tema de las grandes diferencias en las categorías y, sobre todo, en los sueldos.

miércoles, 7 de enero de 2026

Los pobres revisores

 

De los diversos oficios ferroviarios, el de revisor es probablemente el menos popular entre los usuarios. Su denominación formal ha variado con las épocas, las compañías y los países, y sus atribuciones también han ido cambiando. En España, MZA les llamaba “revisores de billetes”, Norte prefería “interventores en ruta”, ahora Renfe les encuadra en la denominación de “operadores comerciales” a bordo de los trenes. Vulgarmente se les ha llamado “los picas”. En Francia se les llama conducteurs, en Inglaterra, conductors y en Alemania, zuginspektors. En castellano, “conductor” designa al “jefe de tren”, aunque se use popularmente la expresión “conductor del tren” por “maquinista”. Esta aclaración sobre el nombre es relevante a la hora de ver como la literatura y las artes plásticas se han referido a estos profesionales.

Ilustración 2

El escritor alemán Thomas Mann sufrió un accidente ferroviario, y lo cuenta en su relato Das Eisenbahnglück (1908, Accidente ferroviario); el expreso fue desviado por error a la vía donde estaba estacionado un mercancías al que embistió. Mann empieza explicando sus sensaciones al viajar en tren y, después, nos muestra una galería de viajeros, sus manías y su relación con el zuginspektor, al que presenta como una especie de encarnación del poder.

Miren a ese revisor con bandolera de piel, frondoso mostacho de sargento de policía y mirada enfurruñada y alerta. Miren con qué brusquedad impone su autoridad a aquella anciana de mantilla negra y deshilachada, porque estaba a punto de subirse al vagón de segunda clase. Este hombre es el estado -nuestro padre- la autoridad y seguridad. No da gusto tener tratos con él, es severo, muy severo, muy áspero, pero puedes fiarte de él y tu maleta está tan segura con él como en el seno de Abraham.

Ilustración 3

Durante muchos años, los revisores se han jugado la vida al realizar su trabajo. Así se recoge en la obra Aucells de gàbia. Els carrilaires (1907, Pájaros de jaula. Los ferroviarios) de Eduard Coca “KOK”, que trabajó en el ferrocarril antes de hacer carrera como escritor.

Antes de salir de Barcelona hice la mayor revisión posible a fin de no exponerme a un resbalón pasando por los estribos de los coches para ir de un departamento y otro, cosa que está terminantemente prohibida por el reglamento con el único objetivo de evitarle problemas a la compañía si alguien se hace daño, pero que en la práctica es imprescindible si se quiere hacer la revisión tal y como debe hacerse en un país como éste en el que todo el mundo lleva en la sangre el instinto de la defraudación. Si no se hiciera así, las compañías podrían ahorrarse el gasto de los billetes: nadie los compraría.

A pesar de la vigilancia de los revisores, siempre se encuentran en los trenes niños de seis años que ya han entrado en quintas, los retretes llenos de viajeros que van de incógnito, y algún fulano repantigado en una primera blanda, llevando billete de la clase más dura.

Ilustración 4

También recoge esta peligrosa práctica el escritor valenciano Jordi Valor en su relato Una aventura en el tren (1953). El protagonista del relato toma, en 1930, el tren de Jaca a Huesca y Tardienta.

El vagón era antiguo. Cada compartimiento tenía puerta al exterior sin poder recorrerse el coche, es decir, que íbamos enjaulados como gallinas, y hasta el revisor tenía que salir por la portezuela y por el estribo y, agarrado a las ansas del subidor, pasar al compartimiento de al lado cuatro o cinco veces en cada coche.

Ilustración 5

En el terreno de las artes plástica, el revisor no tiene demasiada presencia, pero he aquí algunos ejemplos. El grabado impreso en Ámsterdam [Ilustración inicial] corresponde a un revisor francés de 1889. A principios del siglo XX, Paul Gustave Fischer pintó un revisor del tranvía de Copenhague [Ilustración 2]. Francesc Esteve, un fotógrafo que tocó a menudo el tema ferroviario, nos dejó Revisor de los Ferrocarriles Catalanes (1968) [Ilustración 3]. Ya en nuestro siglo, el norteamericano Lee Allen mantiene vivo el tema con su Conductors on the 310 [Ilustración 4].

Ilustración 6

Mucho más prolífica es la presencia de los revisores en las viñetas satíricas, en las que suelen ser presentados como un personal muy celoso de su cometido. Es el caso de las dos viñetas alemanas de 1895 y 1908 reproducidas en la prensa española de los años 40 del siglo XX [Ilustraciones 5 y 6].

Ilustración 7

Los intentos de burlar a los revisores se han producido siempre y en todas partas, así lo recoge la viñeta de The London Opinion de finales del XIX [Ilustración 7]:

–Ha de pagar el doble por su niño que está escondido bajo el asiento

–Déjelo. Ya lo castigaré yo en cuanto lleguemos a casa.

Ilustración 8

En la década de 1920, las revistas En Patufet y Virolet también se fijan en el rigor de estos ferroviarios. En la primera, el revisor le recuerda al pasajero mareado que se prohíbe echar objetos a la vía [Ilustración 8]; en la segunda, seguramente tomada de una revista extranjera, un revisor corto de vista la indica al hombre con el pie vendado que «el paquete debe ponerse en el portaequipajes» [Ilustración 9]. 

Ilustración 9

La película Kontroll (2003) [Ilustración 10] del director húngaro Nimród Antal, narra las aventuras y desventuras de los revisores del metro de Budapest, sus enfrentamientos con los pasajeros incívicos, sus problemas laborales y la rivalidad entre ellos. Los revisores se encuentran atrapados entra la picaresca de los que pretenden viajar sin billete y las decisiones de unos jefes a los que nunca ven y que controlan el sistema desde sus pantallas. Además, el mundo subterráneo está poblado por personajes inquietantes. Más allá del argumento, que se sostiene bien, la película puede verse como una parábola de la tensión social en el país. 

Ilustración 10

Muy distinta es la británica Howl (2015, Aullido) de Paul Hyett, que combina trenes y terror. El protagonista es un revisor [Ilustración 11] que, al llegar con su servicio a la estación londinense de Waterloo, recibe dos malas noticias: que le han denegado un ascenso y que debe doblar turno en un tren nocturno a Innsbruck. La protagonista femenina es una amiga suya: la encargada del carrito de los refrescos en el tren. Es noche de luna llena, el tren se detiene porque ha atropellado un venado, el maquinista baja a hacer una inspección ocular y desaparece, no hay cobertura telefónica en la zona, unos extraños seres aúllan alrededor del tren y el revisor debe tomar el mando.

Ilustración 11

En la rica tradición de la literatura erótica de contexto ferroviario, los revisores y las revisoras salen siempre muy bien parados.

En 1984 Lonnie Barbach publicó Pleasures (1989, Placeres), una antología de relatos escritos por mujeres en los que se recrean fantasías eróticas. Uno de ellos, sin firma, lleva por título Cómo pasé mis vacaciones de verano y es un compendio de lances, ensueños y fantasías echas realidad aprovechando los viajes estivales.

El ocaso lanzaba saetas de luz gris y rosa en la gran estación al aire libre. Paseé arriba y abajo junto a la vía, mirando a los viajeros y consultando los indicadores. Un revisor advirtió mi inseguridad y me preguntó cuál era mi destino. Sí, ese tren llegaría de un momento a otro por aquella vía.
Así fue. Y, cuando reunía mis bolsas y cestas para subir al vagón, el mismo revisor se me acercó por detrás para ayudarme.
A droite –dijo.
Todos los demás pasajeros se dirigían hacia la izquierda. Yo le seguí hacia la derecha, para entrar en un compartimiento vacío. Dejó mis bolsas en la red y me encendió la lamparilla de lectura.
Bon soir –dijo, y se fue.

No hace falta decir que revisor y viajera saben encontrar su momento y que lo disfrutan al ritmo del traqueteo del tren.

Álvaro Labrador ganó la edición de 1986 de los Premios del Tren con el relato Un tren de verano. El protagonista es un revisor de Renfe que contempla las jóvenes nórdicas que viajan de vacaciones durmiendo en los trenes nocturnos, las admira, las estudia y las compara con su novia casta y tradicional. Les pide el billete esperando que tengan que medio desnudarse para acceder a la bolsa oculta del dinero y la documentación, les da complicadas explicaciones sobre trayectos para estar cerca de ellas, fabula con hacerles el amor. En su imaginación obsesiva, acaba descubriendo una simbiosis entre las chicas y el tren. 

Eran así las noches en los trenes de verano, noches calientes también de sexo, noches acuñadas por estas ardientes mujeres del norte, mujeres de frío y pasión, mujeres que hacían una simbiosis de amor con el tren. Éste les daba su velocidad, su movimiento, sus pasillos, compartimentos, sus ventanas abiertas al campo, sus noches de viaje y estrellas, y a cambio ellas transformaban su cara fuliginosa y tubular haciendo de él un tren apasionado y sexual.

Ilustración 12

La editorial francesa La Musardine, especializada en literatura y cómics eróticos, editó en 2012 un conjunto de relatos bajo el título Oséz... 20 histoires érotiques dans un train [Ilustración 12]. Uno de los relatos es Intrusion de Clarissa Rivière. En él sorprende tanto el realismo con que se describe la inexperiencia de la parejita protagonista, como el inesperado giro que aporta al relato la entrada del revisor del tren en su compartimento. La historia ocurre en un tren convencional con coches-cama y que avanza con un traqueteo que favorece que la protagonista se dedique de lleno a gozar con el revisor: «Olvidado Adrien, los movimientos del tren, monótonos, regulares, repetitivos, adormecen su consciencia, ella sólo se preocupa de buscar su placer».

El volumen incluye también el relato Sur la rute, de Miss Kat, pseudónimo de Octavia Delvaux. Coralie, una chica con pocos recursos va a un congreso de literatura erótica para que la Delvaux le firme ejemplares. Se cuela en el metro y en el tren. Mientras está leyendo la literatura erótica de su autora favorita, entra en su compartimiento Mylène, una mujer también lectora de Delvaux. Hablan y comparten intimidades. Cuando los revisores entran a pedirles los billetes, las dos mujeres se besan para ahuyentarlos, aunque los dos hombres acaban quedándose y montando una orgía a cuatro. Al final…

Apenas recuperada de sus emociones, Coralie mira a Mylène y a los dos revisores. Algo se le hace ahora evidente:
–¿Os conocíais?
Los otros tres estallan en risas. Mylène deja una insignia de revisora sobre la mesita:
–Te vi subir al tren en París. Tenías un comportamiento tan sospechoso que llevabas la palabra "defraudadora" en la frente. Entonces vi tu libro. Yo quería jugar... Y no me arrepiento –dijo con una sonrisa codiciosa–. Franck y Roger –añadió señalando a los otros dos revisores–, unos compañeros de profesión con los que suelo jugar de vez en cuando.

La aficionada a la literatura erótica se ahorra así el billete y, de paso, se confabula para el viaje de vuelta con los apasionados revisores ferroviarios.