viernes, 21 de febrero de 2014

Erotismo y ferrocarril, una vínculo inagotable

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Esta escena de Some Like it Hot  (1959, Con faldas y a lo loco) es de las más celebradas del cine clásico. Sobre ella escribió el escritor y cineasta Luís Alegre: “En ese instante sucede algo milagroso: al paso de la inmensa Marilyn, la máquina del tren pita y dispara un chorro de vapor sobre su cuerpo. El talento de Wilder y su coguionista Diamond provocó que un tren manifestara su opinión, se excitara, cobrara vida." Si esta escena la seguimos considerando antológica es porque ilustra un vínculo antiguo, constante y perdurable: el del ferrocarril con el erotismo.

El ferrocarril se convirtió, justo en el momento de nacer, en una oportunidad para la aventura, la escapada, el encuentro clandestino, el flirteo inesperado. La literatura, el cine, la ilustración, la fotografía y el cómic han dejado abundantes testimonios de como el ferrocarril has sido, es y seguirá siendo un propiciador del romance, un facilitador de la aventura amorosa, un escenario excitante para el intercambio erótico. Más todavía, el ferrocarril mismo ha sido utilizado por cine y literatura como metáfora erótica.

Para ilustrar las afirmaciones anteriores basta recordar el éxito de El tren expreso (1871) de Ramón de Campoamor, que una de las primeras cintas de Edwin S. Porter  fue un episodio erótico en un tren en What Happened in the Tunnel (1903), que el pintor surrealista Paul Delvaux dedicó buena parte de su obr a representar mujeres con trenes, que de La bête humaine (1890) de Émile Zola se han hecho cinco versiones cinematográficas a cual más tórrida. Y si el paso del vapor al diesel i a la tracción eléctrica ha supuesto, para algunos, una pérdida de encanto, no parece que en cambio haya provocado un enfriamineto de la relación entre Eros y el ferrocarril, la prueba está en que las estaciones y los trenes siguen siendo el escenario escogido para contener historias de amor en novelas, películas, series, pinturas, fotografías y cómics que llevan firmas como las de Italo Calvino, Marguerite Duras, Luisgé Martín, Isabel Coixet, Lars von Triers, Emilio Pina, Don Anderson, Hugdebert o Matt Weber.

Si la escena del chorro de vapor de Some Like it Hot es antológica para ilustar el vínculo en el cine, para la literatura podría tomarse un pasaje de la novela Waterland (1983, El país del agua), de Graham Swift, en la que dos adolescentes descubren el amor y el despertar de la sexualidad en sus encuentros en el ferrocarril y, en ése despertar temprano, mucho tiene que ver el traqueteo del tren. 
De manera que fue en la pequeña composición de cuatro vagones que tenía parada en la estación de Hockwell (a tiro de piedra del paso a nivel y la garita de señales de Jack Parr) donde Mary y yo nos conocimos. Y donde, con el acompañamiento de las parloteantes ruedas del vagón y en una atmósfera llena de humo de la locomotora, empezaron a hacer su aparición ciertos irreprimibles síntomas, y adoptamos determinadas medidas, tácita o francamente, a fin de mitigarlos.
(…)
De modo que el Great Eastern Railway, que puso en contacto, dos veces al día. a estos jóvenes —ella con su uniforme rojo herrumbroso, y él de color negro azabache— debe ser responsabilizado de la desinhibición que, sin sus sacudidas y traqueteos, hubiese podido tardar mucho más en producirse, y de una fusión de dos destinos que, de otro modo, quizá no se habría producido.
El vínculo es inagotable y es cuestión de saborearlo poco a poco, relato a relato, película a película, ilustración a ilustración porque, tanto en lo viajes en tren como en el quehacer erótico, las prisas siempre son malas compañeras.


jueves, 13 de febrero de 2014

El costumbrismo ferroviario de Wang Fu Chun


Trabajador del ferrocarril reconvertido en fotógrafo, Wang Fu Chun (Harbin, 1943) ha sido, durante tres décadas, cronista gráfico de la evolución del ferrocarril chino, de las locomotoras de vapor hasta los trenes de alta velocidad.

En la década de 1970, el fotógrafo realizó una serie de imágenes de pasajeros en los trenes que captan al mismo tiempo el candor del modelo que se sabe retratado y la viveza de la instantánea costumbrista. Los viajes para reunirse con la familia para las celebraciones, las distintas generaciones viajando juntas, las pequeñas anécdotas de viajar con niños, los arrumacos de los amantes, las maneras de matar el tiempo en los largos viajes, nada escapa del objetivo de Wang. La serie ha sido publicada bajo el título Chinese On The Train y ha viajado por diversos países.









miércoles, 5 de febrero de 2014

El tiempo entre costuras... vía Delicias

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Esta escena corresponde al capítulo undécimo de la serie El tiempo entre costuras, una producción de Boomerang TV para Antena3 que acabó de emitirse el mes pasado con gran éxito de audiencia. En la novela (2009) de María Dueñas en la cual se basa la serie, Sira, la protagonista, también se dispone a tomar el Lusitania Express, pero se lee:
No observé ningún cambio en su actitud hacia mí, ni mostró la menor señal de suspicacia: estuvo como siempre, atento, ameno y seductor, como si todo su mundo girara alrededor de aquellos rollos de hermosas sedas de Macao que me mostró en su despacho y nada tuviera que ver con la obscena negrura de las minas de wolframio. Recorrimos por última vez la Estrada Marginal y atravesamos veloces las calles de Lisboa haciendo volver las cabezas de los viandantes. Entramos en el andén veinte minutos antes de la salida, él insistió en subir conmigo al tren y acompañarme hasta el compartimento. Recorrimos el pasillo lateral, yo delante, él detrás, apenas a un paso de mi espalda, cargando aún mi pequeño maletín en el que las pruebas de su sucia deslealtad se mezclaban con inocentes productos de aseo, cosméticos y lencería. —Número ocho, creo que hemos llegado —anuncié.
 La puerta abierta mostraba un compartimento elegante e impoluto. Paredes forradas de madera, cortinas descorridas, el asiento en su sitio y la cama aún sin preparar.
 —Bueno, mi querida Arish, ha llegado la hora de la despedida —dijo mientras dejaba el maletín en el suelo—. Ha sido un verdadero placer conocerte, no me va a resultar nada fácil acostumbrarme a no tenerte cerca.
El tren parte y, durante el trayecto, es atacada por los hombres de Da Silva y ayudada por Marcus. En la serie, los dos secuaces la acorralan en el andén y Marcus la ayuda a escurrirse a través de las vías hasta su coche, con el que emprenden la huida.

La escena de la serie se filmó en la estación de Delicias de Madrid maquillada con un cartel sobre la puerta que rezaba "Estaçäo Lisboa Santa Apolónia". La estación acoje el Museo de Ferrocarril de la Fundación de los Ferrocarriles españoles, y los cámaras tuvieron que hacer auténticas maravillas para destacar la locomotora humeante del tren que se supone que toma la protagonista y disimular el resto de material expuesto. No siempre lo logran: en un momento dado, vemos los colores verde y amarillo de la 4020, que no se fabricaría hasta veinte años largos despues de la acción.


En la secuencia siguiente, nos podemos recrear con el material pendiente de restauración de la playa de vías trasera y, cuando alcanzan el automóvil de Marcus, admirar la arquitectura siempre agradable de los edificios de la estación. El resultado global es satisfactorio y es muy probable que el espectador medio, atrapado por la historia, ya no recuerde que, capítulos atrás, ya se vió a la misma estación de Delicias hacer a la vez de estación madrileña y de estación lisboeta con toda naturalidad.

Volvamos al texto de la novela. El fragmento que se reproduce a continuación es el que corresponde al tema de la pérdida y recuperación, durante la huida, de los cuadernos con los patrones en los que está encriptada la información sobre el wolframio. Es la misma escena que hemos visto trasladada al andén de Santa Apolonia. María Dueñas consigue una buena recreación del ambiente ferroviario jugando con la descripción de la acción y las referencias a los sonidos.
Y entonces, en medio de aquel caos de apremios, ánimos alterados y voces superpuestas, oímos el chillido afilado del tren al frenar.
Todo en el andén quedó de repente callado e inmóvil, como cubierto por una sábana de quietud mientras las ruedas rechinaban sobre los raíles con un sonido agudo y prolongado.
Marcus fue el primero en hablar.
—Han accionado la alarma. —Su voz se hizo más grave, más imperiosa—. Se han dado cuenta de que hemos saltado. Vamos, Sira, hay que salir de aquí ahora mismo.
Automáticamente, el grupo entero se puso de nuevo en acción. Volvieron los bramidos, las órdenes, los pasos sin destino y los gestos iracundos.
—No podemos irnos —repliqué dando vueltas sobre mí misma a la vez que barría el suelo con la mirada—. No encuentro mi cuaderno.
—¡Olvídate del maldito cuaderno, por Dios! —gritó furioso—. ¡Vienen a por ti, Sira, tienen orden de matarte!
Noté que me agarraba el brazo y tiraba de mí, dispuesto a sacarme de allí aunque fuera a rastras.
—No lo entiendes, Marcus: tengo que encontrarlo como sea, no podemos dejarlo atrás —insistí mientras seguía buscando. Hasta que distinguí algo—. ¡Está ahí! ¡Ahí! —grité intentando zafarme mientras señalaba algo en medio de la oscuridad—. ¡Ahí, en la vía!
El sonido chirriante de los frenos se fue debilitando y el tren quedó por fin parado con las ventanillas llenas de cabezas asomadas. Las voces y los gritos de los pasajeros se sumaron a la bronca incesante de los ferroviarios. Y entonces los vimos. Dos sombras caídas de un vagón corriendo hacia nosotros.